Le arrebate el pico de la mano con mala gana y anadi:

– Si tiene que servir para que pueda librarme de usted antes de esta noche, lo hare yo mismo.

Hundi la punta del pico en el cesped como si estuviera clavandola en la cabeza del americano.

– Nadie le ha dado vela en este entierro, Gunther.

– No, pero nos tocara celebrar uno a menos que sea yo quien se ocupe de esto.

– Gracias, companero -musito Wolf, que fue a sentarse debajo del arbol, se recosto y entrecerro los ojos.

– Hay que ver estos cabezas cuadradas… -El americano sonrio-. Siempre unidos, ?eh?

– Esto no tiene nada que ver con ser aleman -respondi-. Es probable que hubiera hecho lo mismo por alguien que no me cayera demasiado bien, incluso por usted.

Estuve trabajando durante una hora con el pico y despues con la pala hasta que, aproximadamente a un metro de profundidad, di con algo duro. Sono como si hubiera golpeado un ataud. El americano corrio al borde delagujero y miro en su interior con ojos avidos. Segui cavando y por fin encontre una caja del tamano de una maleta pequena que levante y coloque sobre la hierba, junto a sus pies. Era pesada. Cuando alce la vista me di cuenta de que el americano tenia una treinta y ocho en la mano. Canon corto, pistola de policia.

– Nada personal -comento-, pero un hombre que cava para encontrar un tesoro puede llegar a pensar que le corresponde una parte. Sobre todo un hombre lo bastante noble como para rechazar cien marcos.

– Lo que pienso es que la idea de destrozarle la cabeza con la pala me resulta muy atractiva -respondi.

El americano levanto la pistola.

– Entonces sera mejor que se deshaga de ella, solo por si acaso.

Me agache, recogi la pala y la lance en el parterre. Meti la mano en el bolsillo y, viendo que se tensaba, solte una carcajada.

– Vaya, el tipo duro se pone nervioso, ?no? -Saque un paquete de Lucky y encendi un cigarrillo-. Supongo que esos cabezas cuadradas que aun estan recogiendo las piezas que les saltaron de la boca no cuidaban mucho su dentadura. Eso o es usted un cuentista.

– Bien, quiero que haga lo siguiente. Salga del hoyo, agarre la caja y llevela al coche.

– Usted y su manicura.

– Eso es, yo y mi manicura -respondio.

Sali del agujero, lo mire a los ojos y despues baje la vista a la caja, en el suelo.

– Es un cabron, eso esta claro. Pero en mi epoca conoci a muchos cabrones, a algunos de los mayores cabrones, mucho mas cabrones que usted, y se de que estoy hablando. Hay muchas razones para disparar a un tipo a sangre fria, pero negarse a cargar con una caja hasta un coche no es una de ellas. Asi que voy a entrar en casa a lavarme, a beber cerveza, y usted puede irse al infierno.

Di media vuelta y camine hacia la casa. No apreto el gatillo.

Transcurridos unos cinco minutos, eche un vistazo por la ventana del bano y vi a Wolf caminando despaciohacia el Buick con la caja en brazos. Aun con la pistola en la mano y mirando las ventanas del hotel con expresion nerviosa, como si temiera que estuviera apuntandole con un rifle, el americano abrio el maletero y Wolf solto la caja. Despues ambos subieron al Buick y partieron a toda prisa. Regrese al piso de abajo, me dirigi al bar a por una cerveza y cerre la puerta de entrada con llave. El americano tenia razon en uno de sus comentarios. Era un pesimo encargado de hotel y ya iba siendo hora de admitirlo y hacer algo al respecto. Agarre un pedazo de papel y escribi «cerrado hasta nuevo aviso» en grandes letras rojas. Lo pegue en el cristal de la puerta y regrese al bar.

Dos horas y el doble de cervezas mas tarde tome uno de los nuevos trenes electricos con destino a la estacion central de Munich. Una vez alli recorri las calles del centro, danadas por el impacto de las bombas, y segui hasta la esquina con Ludwigstrasse donde, frente a los restos chamuscados del Leuchtenberg Palais y del Odeon, en su dia las dos mejores salas de conciertos de la ciudad, tome un tranvia hacia el norte, rumbo a Schwabing. Alli casi todos los edificios me recordaban a mi; la fachada era lo unico que permanecia en pie, de modo que aunque la imagen de la calle no se veia afectada, en realidad todo estaba danado y no quedaban sino cenizas. Habia llegado el momento de reconstruir, aunque no sabia como si seguia haciendo lo que llevaba haciendo hasta entonces. Habiendo trabajado como detective para los Adlon a principios de los treinta, algo sabia sobre el funcionamiento de un gran hotel, pero de poco me sirvio para hacerme cargo de uno pequeno. El americano tenia razon. Debia retomar lo que mejor se me daba. Iba a decirle a Kirsten que pretendia poner el hotel en venta y dedicarme de nuevo a la investigacion privada. Por supuesto, una cosa era decirselo y otra muy distinta esperar que ella diera la menor senal de haberlo comprendido. Pues aunque yo al menos conservaba la fachada, Kirsten no era mas que una ruina de lo que alguna vez fue.

En el extremo norte de Schwabing se encontraba el hospital estatal mas importante de la ciudad. Los americanos lo utilizaban como hospital militar, por lo que los alemanes tenian que ir a otro lugar. Todos salvo los locos, que eran enviados al Instituto de Psiquiatria Max Planck, a la vuelta de la esquina del edificio principal, en Kraepelinstrasse. La visitaba tan a menudo como me era posible habida cuenta de que debia hacerme cargo del hotel, por lo que en los ultimos tiempos habia ido hasta alli en contadas ocasiones.

La habitacion de Kirsten ofrecia una vista sobre el Prinz Luitpold Park y se extendia hasta el sureste de la ciudad pero no por ello era confortable. Las ventanas estaban aseguradas con barrotes y las tres mujeres con las que compartia habitacion padecian trastornos severos. El lugar apestaba a orina y, de vez en cuando, una de las mujeres gritaba a todo pulmon, soltaba una carcajada histerica o me dirigia improperios indescifrables. Ademas, las camas estaban infestadas de chinches. Kirsten tenia senales en los brazos y en los muslos y una vez a mi tambien me picaron. No era facil reconocer en Kirsten a la mujer con la que me habia casado. En los diez meses que habian pasado desde que salimos de Berlin, habia envejecido diez anos. Tenia el pelo largo, canoso y sucio. Los ojos parecian dos bombillas fundidas. Se sentaba en el borde del armazon metalico de la cama y se quedaba mirando el suelo verde de linoleo como si no hubiera visto nada tan fascinante en toda su vida. Parecia un pobre animal disecado de la coleccion antropologica que habia en el museo de Richard-Wagner-Strasse.

Tras la muerte de su padre, Kirsten habia caido en un estado de depresion generalizada y comenzado a beber mucho y a hablar sola. Al principio crei que daba por hecho que yo la estaba escuchando, pero pronto me di cuenta, no sin pesar, de que ese no era el caso. Asi que cuando dejo de hacerlo me senti aliviado. El problema entonces fue que dejo de hablar por completo, y cuando ya era evidente que se habia encerrado en si misma,llame al medico y este recomendo su hospitalizacion.

– Sufre esquizofrenia catatonica aguda -me habia dicho el doctor Bublitz, el psiquiatra que trataba a Kirsten, a la semana de su ingreso en el hospital-. No es tan raro. Despues de lo sucedido en Alemania, ?a quien le extrana? Diria que una quinta parte de nuestros pacientes padecen algun tipo de catatonia. Nijinski, el bailarin y coreografo, sufrio la misma enfermedad que frau Handloser.

Como su medico de familia llevaba tratandola desde que era nina, la habia ingresado en el Max Planck con su nombre de soltera. (Por mucho que me fastidiara, no daba la impresion de que pudiera hacer nada por rectificar el error, asi que deje de corregir al medico cada vez que la llamaba frau Handloser.)

– ?Se pondra mejor? -le habia preguntado al doctor Bublitz.

– Es dificil de saber.

– Bueno, ?como esta Nijinski ahora?

– Corria el rumor de que habia muerto. Pero era falso. Sigue vivo, aunque en tratamiento psiquiatrico.

– Supongo que eso responde a mi pregunta.

– ?Sobre Nijinski?

– Sobre mi mujer.

Ya apenas veia al doctor Bublitz. Me limitaba a sentarme junto a Kirsten y a cepillarle la melena o a encenderle un cigarrillo que le colocaba en la comisura de los labios, donde permanecia hasta consumirse, sin que hubiera dado ni una sola calada. A veces el humo la obligaba a pestanear, la unica senal de que seguia con vida y la unica razon por la que yo seguia haciendolo. En ocasiones le leia el periodico o un libro y una o dos veces, como tenia un aliento tan apestoso, le lave los dientes. En aquella ocasion en particular decidi contarle lo que planeaba hacer con el hotel y con mi vida.

– Tengo que hacer algo. No puedo quedarme en el hotel mas tiempo. Si no lo hago, yo tambien terminare aqui. Hoy mismo, cuando me vaya, ire a ver a tu abogado y pondre el hotel en venta. Despues ire a ver a herr Kohl, en el Wechselbank, y le pedire un anticipo para poder montar una pequena empresa. Como detectiveprivado, claro. No valgo para hacerme cargo de un hotel. El trabajo policial es lo unico que se me da

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