El tren subio por el valle del Wurm y recorrio algunos de los parajes campestres mas hermosos de Baviera antes de llegar a Starnberg, media hora mas tarde. Acostumbrado a respirar el polvo de Munich, aquello supuso un cambio agradable. Starnberg era un pueblecito de casas que se levantaban sobre un bancal, al extremo norte del Wurmsee, un lago de veinte kilometros de largo y uno y medio de ancho. Las aguas azul zafiro estaban salpicadas de veleros que resplandecian como diamantes bajo el sol matinal. El antiguo castillo de los duques de Baviera dominaba la vista desde lo alto. La palabra «panoramica» apenas alcanzaba para describirla. Despues de un minuto contemplando la estampa de Starnberg, me vinieron ganas de levantar la tapa y comerme el cremoso helado de fresa.
En la estacion me esperaba un viejo Maybach Zeppelin. El chofer tuvo la delicadeza de meterme en el asiento trasero y no en el maletero, probablemente el lugar en el que se sentia inclinado a meter a cualquiera que bajara de un tren. Al fin y al cabo, alli detras habia plata suficiente como para abastecer de balas al Llanero Solitario durante los proximos cien anos.
La casa se encontraba al oeste, a unos cinco minutos en coche desde la estacion. La placa de metal que habia en uno de los pilares de la entrada en forma de obelisco rezaba que era una «villa», supongo que porque les daba un poco de verguenza utilizar la palabra «palacio». Tarde un minuto en subir por las escaleras que conducian a la puerta principal, donde un tipo vestido como para marcarse el Cheek to cheek con Ginger Rogers esperaba mi llegada para sostenerme el sombrero y guiarme por las llanuras de marmol que se extendian frente a mi. Me acompano hasta la biblioteca, despues dio media vuelta, se retiro en silencio y emprendio el regreso para llegar a casa antes del anochecer.
En la biblioteca me esperaba un hombre bastante alto, algo que descubri cuando me acerque lo suficiente para escuchar que me ofrecia un trago de aguardiente. Acepte y me fije en el mientras manipulaba una licorera gigantesca de cristal y oro, tan grande que parecia que hubieran de custodiarla siete enanitos. Llevaba gafas y lucia una barba blanca algo excentrica que me hizo pensar que me serviria el licor en un tubo de ensayo.
– La vieja parroquia de nuestro pueblo -dijo, como si tuviera media tonelada de arena apilada en la laringe -, tiene un altar de estilo rococo tardio que fue construido por un tal Ignaz Gunther. ?Un pariente suyo, tal vez?
– Ignaz era la oveja negra de la familia, herr baron -respondi con naturalidad-. Preferimos no hablar de el en las reuniones sociales.
El baron sufrio un acceso de tos que solo ceso cuando hubo encendido un cigarrillo. En el intervalo, aun no se como, se las ingenio para estrecharme la mano con la punta de los dedos, ofrecerme un pitillo de la caja de oro del tamano de un diccionario que habia sobre la mesa, brindar conmigo, dar un trago a su aguardiente y desviar mi atencion hacia la fotografia de un joven con cara de nino que debia rozar la treintena. Parecia mas una estrella de cine que un Sturmbannfuhrer de las SS. Tenia una sonrisa de porcelana fina. El marco era de plata maciza, lo cual, junto con la cigarrera de oro, me hizo pensar que en aquella casa habia alguien que se tomaba las finanzas muy en serio.
– Mi hijo, Vincenz -me informo el baron-. Vestido con ese uniforme cualquiera podria pensar que el es la oveja negra de esta familia. Pero es todo lo contrario, herr Gunther. Todo lo contrario. Vincenz fue siempre un chico estupendo. Estaba en el coro de la escuela. De nino tenia tantas mascotas que sus habitaciones parecian un zoo.
Me gusto oir aquello de «sus habitaciones». Decia mucho de la infancia de Vincenz von Starnberg. Como tambien me gusto el aleman del baron; el aleman que hablaba todo el mundo antes de empezar a utilizar palabras como «Lucky Strike», «Coca-Cola», «OK», «jitterbug», «chicle» y, la peor de todas, «socio».
– ?Tiene hijos, herr Gunther?
– No, senor.
– Bueno, ?que puedo decirle de mi unico hijo? Supongo que esto lo resume: diriamos que no es tan malo como lo pintan. Estoy seguro de que usted mejor que nadie comprendera lo que le digo, herr Gunther. Usted tambien pertenecio a las SS, ?no es asi?
– Era policia, herr baron -respondi, con una leve sonrisa-. Estuve en la KRI PO hasta 1939 cuando, a fin de incrementar la eficacia, o al menos eso fue lo que nos dijeron, nos mezclaron con la Ges tapo y el SD paraformar una nueva oficina de las SS llamada RSHA, la Ofi cina Central de Seguridad del Reich. Lo cierto es que no nos dieron eleccion.
– No, claro. A Hitler no se le daba demasiado bien eso de dar eleccion. Es posible que todos tuvieramos que hacer cosas que no nos interesaban. Tambien mi hijo. Era abogado. Un abogado prometedor. Se incorporo a las SS en 1936. A diferencia de usted, el si lo eligio. Le aconseje que tuviera cuidado, pero ningun hijo hace caso de los consejos de su padre hasta que ya es demasiado tarde. Y eso lo sabemos los padres, por esa razon envejecemos y nos salen canas. En 1941 fue nombrado segundo de un equipo movil de matanza en Lituania. Ni mas ni menos. Eso es lo que era. Aunque ellos le daban otro nombre, algo como Grupos de Accion, o alguna tonteria por el estilo. Pero lo acusaron de asesinato de masas. En circunstancias normales, Vincenz no habria tenido nada que ver con algo tan horrible, pero al igual que muchos otros, se sintio obligado por el juramento que le habia hecho al Fuhrer como maximo representante del Estado aleman. Debe comprender que hizo lo que hizo por lealtad a ese juramento y al Estado, aunque en lo mas hondo de su ser estuviera en contra.
– Me esta diciendo que solo obedecio ordenes.
– Eso es -respondio el baron, sin hacer caso, o tal vez sin darse cuenta del tono sarcastico que tenia mi voz -. Una orden es una orden. Y es ineludible. Las personas como mi hijo son las victimas de los juicios de valor historicos, herr Gunther. Y no hay nada que ensucie mas el honor de Alemania que los prisioneros de Landsberg, entre los que se encuentra mi hijo. Esos camisas pardas, como los llaman los periodicos, presentan el mayor obstaculo para la restauracion de nuestra soberania nacional, la cual es imprescindible si alguna vez pensamos contribuir, como quieren los americanos, a la causa de la defensa de Occidente. Me estoy refiriendo, esta claro, a la guerra contra el comunismo que esta por llegar.
Asenti con cortesia. Aquella era la segunda leccion que recibia en las ultimas dos semanas. Pero aquella era facil de entender. Al baron Von Starnberg no le gustaban los comunistas, algo que ya delataba el entorno. De vivir alli, a mi tampoco me gustarian los comunistas. Y no es que me gustaran, pero habida cuenta de lo escaso de mis pertenencias, tenia mas en comun con ellos que con el baron, que tenia de todo, y que no se llevaria la mano al bolsillo para contribuir a la victoria de los americanos en la guerra contra el comunismo mientras Estados Unidos siguiera tratando a su hijo como a un vulgar delincuente.
– ?Ya ha sido juzgado? -pregunte.
– Si -dijo el baron-. Fue condenado a muerte en abril de 1948. Pero tras presentar una peticion al general Clay, le conmutaron la sentencia a cadena perpetua.
– Entonces no veo que puedo hacer yo -dije con educacion y callandome que, desde mi punto de vista, la «oveja negra» del baron habia tenido mas suerte de la que cabia imaginar-. Ademas, el no niega las acusaciones, ?verdad?
– No, en absoluto. Como ya le he explicado, su defensa se baso en una fuerza mayor. En el hecho de que no podia haber actuado de ningun otro modo. Lo que ahora pretendemos es que el gobernador se de cuenta de que Vincenz no tenia nada personal en contra de los judios.
»Vera, despues de licenciarse paso a ser profesor adjunto de derecho en la Uni versidad de Heidelberg. Y en 1934 hizo cuanto estuvo en su mano para que la Ges tapo cesara en la persecucion de un estudiante que habia escondido judios en su casa. Se llamaba Wolfgang Stumpff, y quiero que lo encuentre, herr Gunther. Debeencontrarlo para que testifique con relacion a aquel episodio contra los judios y podamos pedir la liberacion de Vincenz. -El baron suspiro-. Mi hijo tiene solo treinta y siete anos, herr Gunther. Tiene toda la vida por delante.
Me servi otra copa del excelente aguardiente del baron para quitarme el mal sabor de boca. Aunque tambien sirvio para evitar que aparcara el tacto y comentara que al menos Vincenz tenia una vida por delante, no como los muchos judios lituanos cuyas muertes habia autorizado, aunque fuera por lealtad al juramento hecho a un oficial de las SS. Llegados a aquel punto, no me cabia ninguna duda de que Erich Kaufmann habia propiciado nuestro encuentro.
– ?Dice que sucedio en 1934, baron? -inquiri. El baron asintio-. Ha llovido mucho desde entonces. ?Como sabe que ese chico, Stumpff, sigue vivo?
– Porque hace un par de semanas mi hija, Helene Elisabeth, vio a Wolfgang Stumpff en un tranvia, en Munich.
Trate de disimular la sorpresa y pregunte:
