Pense en Britta Warzok y en que no tenia ningun sentido contratarme si sabia que el padre Gotovina formaba parte de la Com pania. A menos que siempre lo hubiera sabido y yo fuera demasiado estupido para ver lo que se proponia. Y por supuesto lo era. El detective estupido. Sonaba bien, como si pudiera ser cierto.

25

Al dia siguiente Henry Henkell aparecio para pasar el fin de semana y anuncio que iba directo al laboratorio. Gruen no se encontraba muy bien y se habia quedado en la cama, asi que Henkell me ofrecio ir con el.

– Ademas -anadio, como aliciente adicional para acompanarle-, en realidad no has visto Garmisch- Partenkirchen, ?verdad, Bernie?

– No, todavia no.

– Bueno, entonces tienes que venir y echar un vistazo. Te ira bien salir de aqui un rato.

Descendimos lentamente la montana, lo que daba igual, porque, en una curva, nos encontramos con un pequeno rebano de ganado que cruzaba la carretera que iba paralela a la via del tren. Un poco mas adelante, Henkell me explico lo importante que era la via para Garmisch-Partenkirchen.

– La linea de ferrocarril proporciona la division mas clara entre dos ciudades antiguas -dijo-. Garmisch, a la izquierda y al este de la via, es un poco mas moderna. Sobre todo porque ahi esta el estadio olimpico de esqui. Partenkirchen, al oeste de la via, parece mucho mas antigua. Tambien es donde se instalan la mayoria de americanos.

Mientras ibamos hacia Banhofstrasse por Zugspitzstrasse, senalaba las fachadas de las casas decoradas con las llamadas «pinturas al aire». Algunas se parecian a las elaboradas iglesias rococo de Munich. Garmisch- Partenkirchen no podria parecer mas catolica si el Papa tuviera un chale de esqui ahi. Pero tambien parecia una ciudad prospera, y era facil deducir por que. Habia americanos por todas partes, como si acabara de terminar la guerra. La mayoria de vehiculos en la carretera eran todoterrenos y camiones del ejercito de Estados Unidos, y en cada edificio colgaba la bandera de las barras y estrellas. Costaba creer que estabamos en Alemania.

– Dios, mira -exclame-. Lo proximo sera pintar frescos de Mickey Mouse en los edificios que han confiscado.

– Bueno, no esta tan mal -dijo Henkell-. Y ya sabes, tienen buena intencion.

– Igual que la San ta Inquisicion -replique-. Para en el estanco, necesito comprar Lucky.

– ?No te dije que no fumaras? -dijo, pero se detuvo de todas formas.

– ?Con todo este aire puro a mi alrededor? -pregunte-. ?Que dano puede hacerme?

Sali del coche y fui al estanco. Compre cigarrillos y luego di varias vueltas a la tienda, disfrutando de la sensacion de volver a comportarme como una persona normal. El estanquero me miraba suspicaz.

– ?Desea algo mas? -pregunto, al tiempo que me senalaba con la boquilla de la pipa.

– No, solo miraba -conteste.

Se volvio a colocar la pipa en su petulante boquita y se balanceo con sus zapatos decorados con edelweiss, hojas de roble y cintas bavaras azules y blancas. Solo les faltaba una Blue Max o una cruz de hierro para ser los zapatos mas alemanes que hubiera visto jamas. Dijo:

– Esto es una tienda, no un museo.

– Pues no lo parece -conteste, y sali presuroso, con la campanita de la tienda sonando por detras.

– Seguro que este lugar es muy acogedor en invierno -le dije a Henkell cuando volvi al coche-. La gente de aqui es tan afable como una horca fria.

– En realidad son bastante simpaticos cuando los conoces -dijo.

– Es curioso. Es lo mismo que dice la gente cuando te ha mordido su perro.

Seguimos hacia el sudoeste de Partenkirchen, hacia el pie del Zugspitze, pasado el Post Hotel, el Club de Oficiales Americanos, el hotel General Patton, la oficina central del Comando de la Zo na Sudeste del ejercito estadounidense y el pabellon de esqui Green Arrow. Podria estar en Denver, Colorado. Nunca he estado alli, pero me imaginaba que probablemente se parecia mucho a Partenkirchen. Patriotico, afectado, excesivamente decorado, desagradable de un modo agradable y, en ultima estancia, mas que un pequeno absurdo.

Henkell paso por una calle de viejas casas tipicas de los Alpes y se dirigio a la entrada de una mansion de dos plantas con un estucado blanco, un balcon de madera cruzado y un tejado que sobresalia tan grande como lacubierta de un portaaviones. En la pared habia un fresco de un esquiador olimpico aleman. Sabia que era aleman porque parecia que queria coger algo con el brazo derecho, pero no habia manera de decir que podia ser porque alguien habia pintado sobre la mano y la muneca. Y tal vez solo un aleman se hubiera dado cuenta de por que la mano derecha del esquiador estaba levantada. Todo en Garmisch-Partenkirchen parecia tan comprometido con el tio Sam y su bienestar que costaba creer que el tio Adolf hubiera estado ahi alguna vez.

Sali del Mercedes y alce la vista hacia el Zugspitze que se cernia sobre las casas como una ola petrificada de grises aguas marinas. Era geologia en estado puro.

Al oir los disparos me estremeci, probablemente incluso me agache un poco, y luego mire hacia atras. Henkell se rio.

– Los americanos tienen un campo de tiro al plato al otro lado del rio -dijo, y fue hacia la puerta delantera -. Todo lo que ves a tu alrededor fue requisado por ellos. Me dejan utilizar este lugar para mi trabajo, pero antes de la guerra era el laboratorio cientifico del hospital local, en Maximilianstrasse.

– ?El hospital ya no necesita laboratorio?

– Despues de la guerra, el hospital se convirtio en la enfermeria de la carcel -contesto, mientras buscaba su llave de la puerta-. Para los prisioneros de guerra alemanes con enfermedades incurables.

– ?Que les pasaba?

– Casos psiquiatricos la mayoria, pobres diablos -respondio-. Neurosis de guerra, ese tipo de cosas. En realidad no era mi linea. La mayor parte moria despues de un ataque de meningitis viral. Al resto los trasladaron a un hospital en Munich, hace unos seis meses. Ahora estan convirtiendo el hospital en una zona de descanso y ocio para el personal americano.

Abrio la puerta y entro. Yo me quede donde estaba, mirando un coche aparcado al otro lado de la calle. Lo habia visto antes, un bonito Buick Roadmaster de dos puertas. Verde brillante, con neumaticos de banda blancaun trasero grande como una ladera alpina y una calandra delantera como el paciente estrella de un dentista.

Segui a Henkell y entre en un estrecho pasillo que estaba muy caliente. En las paredes habia muchas fotografias de campeones olimpicos de invierno: Maxi Herber, Ernst Baier, Willy Bognor haciendo el juramento olimpico, y un par de esquiadores de saltos que debieron pensar que podian llegar hasta Valhalla. En la casa el ambiente tenia un punto quimico, algo asi como descompuesto y botanico, como un par de guantes de jardineria.

– Cierra la puerta -grito Henkell-. Tenemos que mantener el calor aqui dentro.

Al volverme para cerrar la puerta oi voces, y cuando me di la vuelta encontre el pasillo bloqueado por un conocido. Era el americano que le habia convencido para que cavara en el jardin trasero de Dachau.

– Bueno, pero si es el cabezacuadrada con principios -dijo.

– Viniendo de usted, no es un gran cumplido -dije-. ?Ha robado oro judio ultimamente?

Sonrio.

– Ultimamente no. En los ultimos tiempos no hay mucho. ?Y usted? ?Como va el negocio del hotel? -No espero mi respuesta y, sin apartar la vista, inclino la cabeza por encima del hombro y grito-: Eh, Heinrich. ?Donde has encontrado a este cabezacuadrada? ?Y que demonios hace aqui?

– Te lo dije. -Henkell retrocedio un paso en el pasillo-. Es el hombre que conoci en el hospital.

– ?Quieres decir que es el detective del que hablabas?

– Si -contesto Henkell-. ?Os conoceis?

El americano llevaba un abrigo deportivo diferente. Este era cachemir gris. Llevaba una camisa gris, una corbata de lana gris, pantalones de franela grises y un par de zapatos negros con puntera. Tambien llevaba unas gafas distintas, de concha. Pero todavia parecia el empollon de la clase.

– Solo en mi vida anterior -comente yo-. Cuando regentaba un hotel.

– ?Tenias un hotel?

Parecia que Henkell encontraba la idea muy absurda. Que lo era, por supuesto.

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