– Adivina donde estaba -dijo el americano, con un desprecio burlon-. En Dachau. A medio kilometro del viejo campo. -Solto una sonora carcajada-. Jesus, es como abrir un balneario en un salon funerario.

– A usted y a su amigo les parecia bien -comente-. El dentista aficionado.

Henkell se rio.

– ?Se refiere a Wolfram Romberg? -pregunto al americano.

– Se refiere a Wolfram Romberg -contesto el.

Henkell se acerco por el pasillo y me puso una mano en el hombro.

– El comandante Jacobs trabaja para la Agen cia Central de Inteligencia -explico, y me llevo a la siguiente habitacion.

– No se por que no me lo imaginaba como un capellan militar -dije yo.

– Es un buen amigo mio y de Eric. Muy buen amigo. La CIA aporta este edificio y algo de dinero para nuestra investigacion.

– Pero parece que nunca es suficiente -insinuo Jacobs.

– La investigacion medica puede ser cara -dijo Henkell.

Entramos en una oficina con aspecto medico pulcro y profesional. Habia un gran archivador en el suelo. Una libreria Biedermeier con docenas de textos medicos dentro, y una calavera humana encima. Un botiquin de primeros auxilios en la pared, junto a una fotografia del presidente Truman. Un mueble bar de art deco con una amplia seleccion de botellas de licor y refrescos. Un escritorio rococo de nogal enterrado bajo varios centimetros de papeles y libretas, con otra calavera humana como pisapapeles. Cuatro o cinco sillas de madera de cerezo, y una figura de bronce de una cabeza humana con una plaquita que decia que era un retrato de Alexander Fleming. Henkell senalo dos juegos de puertas de cristal deslizantes y un laboratorio muy bien equipado.

– Microscopios, centrifugadores, espectrometros, aspiradores -enumero-. Todo cuesta dinero. A veces el comandante ha tenido que encontrar varias fuentes de ingresos no autorizadas para mantenernos. Incluido el Oberscharfuhrer Romberg y sus ahorrillos de Dachau.

– Exacto -gruno Jacobs. Retiro los visillos y miro con recelo el jardin trasero de la mansion por la ventana de la oficina. Una pareja de pajaros habian iniciado una ruidosa pelea. La manera en que se comporta la naturaleza da para mucho. No me hubiera importado darle un punetazo a Jacobs. Sonrei. -Seguro que no es asunto mio lo que el comandante hizo con las pertenencias robadas de aquella pobre gente.

– Tienes razon -dijo Jacobs-. Cabezacuadrada.

– ?En que estas trabajando exactamente, Heinrich? -pregunte.

Jacobs miro a Henkell.

– Por el amor de Dios, no se lo digas -le rogo.

– ?Por que no? -dijo Henkell.

– No sabes nada de este tio -dijo el-. ?Y te has olvidado de que tu y Eric trabajais para el gobierno estadounidense? Utilizaria la palabra «secreto», pero no creo que sepais ni deletrearla.

– Se aloja en mi casa -dijo Henkell-. Confio en Bernie.

– Todavia me pregunto por que -replico Jacobs-. ?O solo es cuestion de las SS? Antiguos companeros. ?Que?

Yo mismo todavia me lo preguntaba un poco.

– Ya te dije por que -contesto Henkell-. A veces Eric se siente un poco solo. Es probable que incluso tenga instintos suicidas.

– Dios, me gustaria estar tan solo como Eric -bufo Jacobs-. Esa tia que le cuida, Engelbertina, o como se llame. No entiendo como uno se puede sentir solo con ella cerca.

– En parte tiene razon -dije.

– ?Ves? Hasta el cabezacuadrada esta de acuerdo conmigo -aseguro Jacobs.

– Me gustaria que no usaras esa palabra -dijo Henkell.

– ?Cabezacuadrada? ?Que tiene de malo?

– Es como si yo te llamara judio de mierda -dijo Henkell-. O puto judio.

– Si, bueno, estoy acostumbrado, tio -dijo Jacobs-. Ahora los putos judios mandan. Y vosotros los cabezacuadradas tendreis que hacer lo que os digan.

Henkell me miro y, de forma deliberada, como para irritar al comandante, dijo:

– Estamos trabajando para encontrar una cura para la malaria.

Jacobs solto un sonoro suspiro.

– Pensaba que ya existia una cura -dije.

– No -dijo Henkell-. Hay muchos tratamientos, algunos mas eficaces que otros. Quinina. Cloroquinina. Atebrina. Proguanil. Algunos tienen efectos secundarios muy desagradables. Y, por supuesto, con el tiempo, la enfermedad resistira a esos medicamentos. No, cuando digo una cura me refiero a algo mas a que eso.

– ?Por que no le das las llaves de la caja fuerte, de paso?

Henkell continuo, sin dejarse disuadir por el enfado del yanqui.

– Estamos trabajando en una vacuna. Sera algo que realmente vale la pena, ?no crees, Bernie?

– Supongo que si.

– Ven a echar un vistazo.

Henkell me indico que pasara por la primera puerta de cristal. Jacobs nos siguio.

– Tenemos dos puertas de cristal para mantener un calor adicional en el laboratorio. Puede que tengas que quitarte la chaqueta. -Cerro la primera puerta de cristal antes de abrir la segunda-. Si estoy aqui dentro mucho tiempo, normalmente llevo una camisa tropical. Realmente esto parece el tropico, es como un invernadero.

En cuanto se abrio la segunda puerta, me sorprendio el calor. Henkell no exageraba, era como entrar en una selva de Sudamerica. Jacobs ya empezaba a sudar. Me quite la chaqueta y me arremangue la camisa.

– Cada ano mueren casi un millon de personas de malaria, Bernie -dijo Henkell-. Un millon. -Senalo a Jacobs con la cabeza-. El solo quiere una vacuna para ponersela a los soldados americanos antes de que vayan a la parte del mundo que pretendan ocupar a continuacion. El sudeste asiatico, puede ser. Centroamerica, seguro.

– ?Por que no escribes un articulo para los periodicos? -dijo Jacobs-. Cuentale a todo el maldito mundo lo que hacemos aqui.

– Eric y yo queremos salvar vidas -dijo Henkell, sin hacer caso a Jacobs-. Es un trabajo tan suyo como mio. - Se quito la chaqueta y se desabrocho el cuello de la camisa-. Piensalo, Bernie. La idea de que Alemaniapueda hacer algo que salve un millon de vidas al ano. Seria un gran avance para compensar en los libros lo que Alemania hizo durante la guerra. ?No crees?

– Podria ser -admiti.

– Un millon de vidas salvadas al ano -dijo Henkell-. Bueno, en seis anos hasta los judios podrian perdonarnos. Y en veinte, tal vez tambien los rusos.

– Quiere darsela a los rusos -murmuro Jacobs-. Que bonito.

– Eso es lo que nos mueve, Bernie.

– Por no hablar del dinero que ganaran si logran sintetizar una vacuna -dijo Jacobs-. Millones de dolares.

Henkell sacudio la cabeza.

– No tiene ni idea de lo que realmente nos impulsa -dijo-. Es un poco cinico. ?Verdad, Jonathan?

– Si tu lo dices, cabezacuadrada.

Mire alrededor del laboratorio-invernadero. Habia dos bancos de trabajo, uno a cada lado de la sala. Uno alojaba una variedad de equipamiento cientifico, incluidos muchos microscopios. En el otro habia alineada una docena de recipientes de cristal calientes. Bajo una ventana que daba a otra parte del prolijo jardin habia tres piletas. Pero lo que me llamo la atencion fueron los recipientes de vidrio. Dos de ellos estaban repletos de insectos. Incluso a traves del cristal se oia el zumbido de la multitud de mosquitos, como diminutos cantantes de opera que intentaban mantener una nota aguda. Se me ponia la piel de gallina solo de verlos.

– Esos son nuestros VIP -dijo Henkell-. Culex pipen. Una variedad de mosquito de aguas estancadas y, por lo tanto, la mas peligrosa, ya que es portadora de la enfermedad. Intentamos criar los nuestros en el laboratorio, pero de vez en cuando necesitamos que nos envien nuevos especimenes desde Florida. Los huevos y larvas son sorprendentemente fuertes a las bajas temperaturas del transporte aereo de larga distancia. Son fascinantes, ?verdad? Que algo tan pequeno pueda ser tan letal. Eso es la malaria, desde luego. Para la mayoria de la gente, en cualquier caso. Algunos estudios que he repasado demuestran que casi siempre es mortal en los ninos. Pero las mujeres son mas resistentes que los hombres, nadie sabe por que.

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