Me estremeci y me aparte del recipiente de cristal.

– No le importan tus amiguitos, Heinrich -dijo Jacobs-. Y no puedo culparle. Odio a esos pequenos cabrones, tengo pesadillas con que uno de ellos saldra y me mordera.

– Estoy seguro de que tienen mejor gusto -dije.

– Por eso necesitamos mas dinero. Para tener mejores salas de aislamiento y un equipo para manipularlos. Un microscopio de electrones. Recipientes para los especimenes. Nuevos sistemas de tinte transparente. -Todo eso iba dirigido al comandante Jacobs-. Para evitar que ocurra un accidente de ese tipo.

– Estamos trabajando en ello -dijo Jacobs y bostezo ostentosamente, como si ya lo hubiera oido muchas veces. Saco un paquete de cigarrillos y luego parecio que se lo pensaba mejor al ver la mirada de reproche de Henkell-. No se fuma en el laboratorio -murmuro, mientras se volvia a meter el paquete de tabaco en el bolsillo-. De acuerdo.

– Te has acordado -comento Henkell, sonriente-. Vamos progresando.

– Eso espero -dijo Jacobs-. Me gustaria que te acordaras de mantener todo esto oculto. -Me miro de reojo al decirlo-. Como acordamos. Se supone que este proyecto es secreto.

El y Henkell empezaron a discutir de nuevo.

Yo les di la espalda y me incline sobre un numero antiguo de la revista Life que habia en el banco, junto a un microscopio. Hojee las paginas para ejercitar un poco mi ingles. Los americanos parecen tan sanos… Como otra raza dominante. Empece a leer un articulo titulado La cara maltrecha de Alemania. Era una serie de fotografias aereas del aspecto de los pueblos y ciudades alemanes despues de que terminaran las fuerzas aereas britanicas y la 8? seccion de las fuerzas aereas de Estados Unidos. Mainz parecia un pueblo de ladrillos de barro de Abisinia. Julich, como si alguien hubiera estado experimentando con una primera bomba atomica. Era suficiente pararecordar las dimensiones de nuestra aniquilacion.

– No importaria tanto -decia Jacobs- si no dejaras papeles y documentos por todas partes. Cosas que son delicadas y secretas.

Y al decirlo me quito la revista y volvio por la doble puerta de vidrio a la oficina.

Yo le segui, lleno de curiosidad, igual que Henkell.

Enfrente del escritorio, Jacobs saco un llavero del bolsillo del pantalon, abrio un maletin y metio la revista. Luego volvio a cerrarlo. Me pregunte que habia en la revista, seguro que nada secreto. Todas las semanas la revista Life se vendia en todo el mundo, con una tirada de millones. A menos que utilizaran Life como un libro de codigos. Habia oido que asi se hacian esas cosas hoy en dia.

Henkell cerro las puertas de vidrio con cuidado tras el y solto una carcajada.

– Ahora cree que estas loco -dijo-. Probablemente yo tambien.

– Me importa un bledo lo que piense -repuso Jacobs.

– Caballeros -dije yo-. Ha sido interesante, pero creo que tengo que marcharme. Hace buen dia y podria hacer algo de ejercicio. Asi que, si no te importa, Heinrich, intentare volver caminando a la casa.

– Son seis kilometros, Bernie -afirmo Henkell-. ?Estas seguro de que puedes hacerlo?

– Creo que si. Me gustaria intentarlo.

– ?Por que no te llevas mi coche? El comandante Jacobs me puede llevar cuando hayamos acabado aqui.

– No, de verdad -dije yo-. Estare bien.

– Siento que el haya sido tan maleducado -comento Henkell.

– No te preocupes -le dijo Jacobs-. No es personal. Me sorprendio que apareciera aqui de nuevo, nada mas. No me gustan las sorpresas en mi negocio. La proxima vez nos veremos en la casa, tomaremos una copa. Asi sera mas distendido. ?De acuerdo, Gunther?

– Claro -conteste-. Tomaremos una copa y luego iremos a cavar al jardin. Como en los viejos tiempos.

– Un aleman con sentido del humor -dijo Jacobs-. Me gusta.

26

Cuando te convierten en policia te ponen a tono. Te hacen andar para que tengas tiempo suficiente para darte cuenta de las cosas. No se observa mucho desde el interior de un vagon de rayas a cincuenta kilometros por hora. Cuando llevas botas con tachuelas te vienen a la cabeza palabras como «pasma» o «sabueso». Si me hubiera ido del laboratorio de Henkell en el Mercedes, nunca hubiera mirado por la ventana del Buick del comandante Jacobs ni hubiera visto que se lo habia dejado abierto. No hubiera vuelto a mirar la mansion y recordado que era imposible ver la carretera y el coche desde la ventana de la oficina. No me gustaba el comandante Jacobs, pese a su pseudodisculpa. No era razon para registrar su coche, por supuesto. Pero bueno, la palabra «fisgon» tambien me va muy bien para mi profesion. Soy un rastreador profesional, un metomentodo, un cotilla, y sentia mucha curiosidad por un hombre que habia cavado en mi jardin trasero en busca de oro judio y que era lo bastante reservado, por no decir paranoico, para quitar un numero antiguo de la revista Life con tal de que dejara de mirarla.

Me gustaba su Buick. El asiento delantero era grande como una litera de un coche cama pullman, con un volante del tamano de una rueda de bicicleta y una radio que parecia prestada de una maquina de discos de cafeteria. El velocimetro decia que alcanzaba los ciento ochenta kilometros por hora, y con su ocho en linea y la transmision Dynaflow, pense que era bueno por lo menos para ir a cien. A un metro del velocimetro, en la parte soleada del salpicadero, habia un reloj, para que supieras cuando habia que ir a comprar mas gasolina. Debajo del reloj habia una guantera para un hombre con manos mas grandes que las de Jacobs. En realidad parecia una guantera para la diosa Kali con espacio para unas cuantas guirnaldas y calaveras.

Me estire en el asiento, lo abri con el dedo y revolvi un momento. Habia una Smith and Wesson corta delcalibre treinta y ocho, con el armazon en forma de J y el mango revestido de caucho. Con ella me habia apuntado en Dachau. Un mapa de carreteras Michelin de Alemania. Una tarjeta conmemorativa para celebrar el segundo centenario del aniversario de Goethe. Una edicion americana de los Diarios de Goebbels. Una Guia Azul del norte de Italia. Dentro, en las paginas de Milan, habia un recibo de una joyeria. El nombre del joyero era Primo Ottolenghi, y era un recibo de diez mil dolares. Parecia logico deducir que Jacobs habia vendido en Milan la caja de objetos de valor judios que saco de mi jardin trasero, sobre todo porque el recibo tenia fecha mas o menos de una semana despues de su estancia con nosotros. Habia una carta del Rochester Strong Memorial Hospital, en el estado de Nueva York, con una lista de equipamiento medico entregado a Garmisch-Partenkirchen, via la base aerea de Rhein-Main. Habia un bloc de notas. La primera pagina estaba en blanco, pero podia deducir por las marcas lo que habia escrito en la pagina anterior. Arranque las primeras paginas con la esperanza de que mas tarde pudiera desentranar lo que Jacobs habia escrito.

Devolvi todo lo demas a la guantera, la cerre, y luego mire por encima del hombro el asiento de atras. Habia copias de la edicion parisina del Herald y del Suddeutsche Zeitung, y un paraguas plegable. Nada mas. No era mucho, pero sabia un poco mas de Jacobs que antes. Sabia que se tomaba en serio las pistolas. Sabia donde era probable que vendiera las reliquias familiares. Y sabia que le interesaba el adversario Joey, incluso ese cabezacuadrada de Goethe, en sus dias buenos. A veces saber solo un poco es el prologo a saber mucho.

Sali del coche, cerre la puerta despacio y, con el rio Loisach siempre a la derecha, camine hacia el noreste, en direccion a Sonnenbichl, y tome un atajo por las bases de lo que antes era el hospital y ahora se estabaconvirtiendo en un centro de ocio para los funcionarios americanos.

Empece a pensar en volver a Munich para retomar el hilo de mi negocio. Decidi que, a falta de nuevos clientes, veria si podia encontrar el rastro de la ultima. Tal vez volveria a la iglesia del Espiritu Santo para ver si aparecia, o hablaria con el pobre Felix Klingerhoefer en la Ame rican Overseas Airlines. Quiza recordara algo mas de Britta Warzok aparte de que era de Viena.

El paseo hasta Monch fue mas largo de lo que esperaba. Habia olvidado que gran parte de la caminata, de hecho la mayoria, era en subida, e incluso sin una mochila en la espalda era del todo un caminante feliz cuando llegue a la casa, me arrastre hasta la cama, me quite los zapatos y cerre los ojos. Pasaron varios minutos hasta que Engelbertina se dio cuenta de que habia vuelto y vino a mi encuentro. Por su cara vi enseguida que algo iba mal.

– Eric ha recibido un telegrama -explico-. De Viena. Su madre ha muerto, esta bastante afectado.

– ?De verdad? Pensaba que se odiaban.

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