americano desaparecido. Y si no era el fonografo, seguro que la unica grabacion que parecia tener. Era una balada mas bien melancolica, del musical Blue Paradise de Sigmund Romberg, y en su version cantada por Lale Andersen. Engelbertina la ponia una y otra vez, y pronto hizo que me subiera por las paredes.

Luego estaba la devocion a Dios de Engelbertina. Todas las noches, incluso cuando habia hecho el amor conmigo, salia de la cama y, arrodillada al lado, con las manos juntas con la misma fuerza con que cerraba los ojos, oraba en voz alta, como si se entregara a la clemencia de un juez prusiano. Y mientras rezaba, a veces, las noches en que yo estaba demasiado cansado para levantarme e irme de su habitacion, la oia y me impresionaba descubrir que las esperanzas y aspiraciones de Engelbertina para si misma y el mundo eran tan banales que habrian dejado a un panda disecado anonadado del aburrimiento. Despues de la oracion, siempre abria la Bib lia y literalmente hojeaba las paginas en busca de la respuesta de su Dios. La mayoria de las veces su eleccion aleatoria del capitulo y el verso le permitia llegar a la conclusion improbable de que en efecto habia obtenido una respuesta.

Pero lo mas extrano e irritante de Engelbertina era su idea de que poseia el don de las manos curativas. A pesar de su formacion medica, que era real, a veces se ponia una toalla con te en la cabeza, con bastante naturalidad, y colocaba las manos sobre su victima/paciente y a continuacion entraba en una especie de trance que la hacia respirar de forma llamativa por la nariz y sufrir violentas convulsiones, como alguien que esta en una silla electrica. Una vez lo hizo conmigo, me coloco las manos en el pecho y entro en su rutina de madame Blavatsky, y de lo unico de lo que logro convencerme es de que era una loca de remate.

Por entonces el unico momento en que disfrutaba de su compania era cuando estaba arrodillada delante de mi, con las manos agarradas a la sabana como si esperara que todo acabara pronto. Y normalmente asi era. Queria alejarme de Engelbertina del mismo modo que un gato quiere escapar de los pegajosos tentaculos de un nino carinoso pero torpe. Y lo antes posible.

28

Alce la vista hacia el plomizo cielo austriaco del cual caia ahora nieve sobre el tejado del vehiculo de la Pat rul la In ternacional, que iba a la deriva como una capa de nata batida. De los cuatro elefantes de dentro del vehiculo, probablemente solo el cabo ruso sentia nostalgia al ver la nieve. Los otros tres solamente parecian tener frio y estar hartos. Incluso los diamantes de una joyeria colindante parecian un poco frios. Me subi el cuello del abrigo, me coloque el sombrero sobre las orejas y camine rapido por el Graben, pasando por el monumento barroco erigido en memoria de los cien mil vieneses fallecidos con la plaga de 1679. A pesar de la nieve, o tal vez incluso gracias a ella, en el Cafe Graben habia mucho ajetreo. Mujeres bien vestidas y fornidas se apresuraban a atravesar la puerta giratoria con sus compras. Como tenia media hora libre antes de mi reunion con los abogados de la familia Gruen, corri tras ellas.

En la sala de atras habia un escenario preparado para una pequena orquesta, y unas cuantas mesas donde algunos peces muertos disfrazados de hombres jugaban al domino, sostenian tazas de cafe vacias en la mano o leian el periodico. Cuando encontre una mesa vacia junto a la ventana, me sente, me desabroche el abrigo, mire a una morena guapa y luego pedi un cafe negro en un vaso alto con solo un centimetro de crema encima. Tambien pedi un conac largo por el frio, o eso me dije, en cualquier caso. Pero sabia que tenia mas que ver con el primer encuentro con los abogados de los Gruen. Los abogados me incomodan, como la idea de contraer la sifilis. Me bebi el conac, pero solo la mitad del cafe. Tenia que pensar en mi salud. Luego volvi a salir.

Ubicada en la parte mas alta de Graben, Kohlmarkt era una tipica calle vienesa, con una galeria de arte en un extremo y un pastelero de lujo en el otro. Kampfner y Asociados ocupaban tres plantas del numero 56, entre una tienda que vendia productos de piel y otra relicarios antiguos. Cuando atravese la puerta, casi senti la tentacion de comprarme un par de rosarios, por aquello de la suerte.

Tras el mostrador de recepcion de la primera planta habia una pelirroja sentada con todos los adornos. Le dije que iba a ver al doctor Bekemeier. Me pidio que tomara asiento en la sala de espera. Camine hacia una silla, no le hice caso y me quede mirando la nieve por la ventana, igual que cuando te preguntas si tus zapatos estan preparados para eso. Habia un buen par de botas en Breschneider que mis gastos y yo estabamos pensando en adquirir. Siempre que las cosas salieran bien con el abogado. Observe la nieve hasta la ventana de la tienda de bordados de enfrente, donde Fanny Skolmann, segun el nombre que estaba pintado en la ventana, y sus muchos empleados daban puntadas con una luz que prometia volverles ciegos en muy poco tiempo.

Oi un discreto carraspeo por detras y me di la vuelta para encontrar a un hombre que llevaba un prolijo traje gris con un cuello de camisa de esmoquin que parecia confeccionado por Pitagoras. Debajo de las polainas blancas, sus zapatos negros brillaban como el metal de una bicicleta nueva. O tal vez solo era mas crema encima de mas cafe negro. Era un hombre bajo, y, cuanto mas bajo, mas empeno parece que pones en su atuendo. Este estaba sacado de un escaparate. Me lanzo una mirada intensa. No media mas de metro y medio y aun asi tenia la mirada de una criatura que mataba ratas con los dientes. Era como si su madre hubiera rezado para tener un cachorro de terrier y hubiera cambiado de opinion en el ultimo momento.

– ?Doctor Gruen? -pregunto.

Por un instante tuve que recordar que me hablaba a mi. Asenti. Me hizo un gesto de cortesia con la cabeza.

– Soy el doctor Bekemeier -dijo. Me hizo entrar en el despacho tras el y siguio hablando con una voz que chirriaba como la puerta de un castillo de Transilvania-. Por favor, doctor, pase por aqui.

Entre en su despacho, donde ardia un fuego comedido tranquilamente, como siempre son los fuegos en un despacho de abogados por miedo a que los extingan.

– ?Le cuelgo el abrigo?

Se lo entregue con un gesto de resignacion y vi que lo colgaba en un sombrerero de caoba. Luego nossentamos frente a frente en un escritorio de socio, yo en una silla acolchada de cuero que era la hermana pequena de la que el ocupaba.

– Antes de empezar -dijo-, me perdonara que le moleste para comprobar su identidad, doctor. Me temo que la sola envergadura de las propiedades de su difunta madre requiere una precaucion extra. Dadas las circunstancias, poco habituales, estoy seguro de que entendera que me corresponde estar seguro de su identidad. ?Me deja ver su pasaporte, por favor?

Ya estaba buscando el pasaporte de Gruen. Los abogados, bajo esa piel blanca de libreria, son todos iguales. No proyectan sombras y duermen en ataudes. Se lo entregue sin decir palabra.

Abrio el pasaporte y lo examino, paso todas las paginas antes de volver a la fotografia y la descripcion de su titular. Deje que me observara el rostro y luego la fotografia sin mediar palabra. De haber dicho algo hubiera levantado sospechas. La gente siempre se pone habladora cuando intenta jugarsela a alguien y pierde los nervios. Contuve la respiracion, disfrute de los aromas del conac todavia dentro de mi cuerpo, y espere. Al final asintio y me devolvio el pasaporte.

– ?Ya esta? -pregunte-. ?Y la identificacion formal del cuerpo y todo eso?

– No del todo. -Abrio un archivador en el escritorio, consulto algo mecanografiado en el folio de encima y volvio a cerrar el archivador-. Segun mi informacion, Eric Gruen sufrio un accidente en la mano izquierda en 1938. Perdio las dos falanges superiores del menique. ?Puedo ver su mano izquierda, doctor?

Me incline hacia delante y coloque la mano izquierda encima de su carpeta. Tenia una sonrisa en el rostro cuando, tal vez, deberia haber una arruga, ya que ahora me parecia extrano que la herida en la mano de Gruen se hubiera producido hacia tanto tiempo, y que no le hubiera dado mas importancia para el procedimiento de mi identificacion por el. De algun modo me habia dado la impresion, ahora al parecer equivocada, de que habia perdido el menique durante la guerra, cuando perdio el bazo y la sensibilidad en las piernas. Tambien estaba hecho de que el abogado, el doctor Bekemeier, fuera tan preciso con la herida del menique de Gruen. Y ahora se me ocurria que si no fuera por ese detalle, no me podrian haber identificado como Eric Gruen.

En otras palabras, mi dedo, o su ausencia, era mas importante de lo que suponia.

– Todo parece estar en orden -dijo, sonriente por fin. Fue cuando note por primera vez que no tenia cejas, y que el pelo de la cabeza parecia una peluca-. Por supuesto, tiene que firmar algunos papeles, como familiar, herr Gruen. Y tambien para que pueda establecer la linea de credito con el banco hasta que se administre el testamento. No es que espere que haya ningun problema, yo mismo lo redacte. Como sabra, su madre trabajo

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