con el banco Spaengler toda la vida, y por supuesto esperan que vaya y se ocupe de retirar fondos tal y como usted especifico en su telegrama. Encontrara al director, herr Trenner, de lo mas servicial.
– Estoy seguro -dije.
– ?Es cierto que se aloja en el Erzherzog Rainer, doctor?
– Si. Habitacion 325.
– Una sabia eleccion, si me lo permite. El director, herr Bentheim, es amigo mio. Haganoslo saber si podemos hacer algo para hacer que su estancia en Viena sea mas agradable.
– Gracias.
– El funeral se celebrara manana a las once en punto, en Karlskirche. Esta a solo unas manzanas al noreste de su hotel, al otro extremo de Gusshausstrasse. Y el entierro justo despues en el panteon familiar del Cementerio Central, en el sector frances.
– Se donde esta el Cementerio Central, doctor Bekemeier -dije-. Y ahora que lo recuerdo, gracias por encargarse de todo. Como sabe, mi madre y yo no nos llevabamos bien, precisamente.
– Ha sido un honor y un privilegio hacerlo -dijo-. Fui abogado de su madre durante veinte anos.
– Supongo que se habia distanciado de todos los demas -dije, con frialdad.
– Era una anciana -contesto el, como si esa fuera explicacion suficiente para lo que habia entre Eric Gruen y su madre-. Aun asi, en cierto modo su muerte fue inesperada. Pensaba que todavia viviria muchos anos.
– Entonces no sufrio en absoluto -afirme.
– En absoluto. De hecho, yo la vi el dia anterior a su muerte. En el Hospital General de Viena, en Garnisongasse. Parecia bastante sana. Postrada en cama, pero bastante animada, de verdad. Muy curioso.
– ?El que?
– La manera en que llega la muerte a veces, cuando no la esperamos. ?Asistira al funeral, doctor Gruen?
– Por supuesto -respondi.
– ?De verdad?
Parecia un poco sorprendido.
– Lo pasado, pasado esta, digo yo.
– Si, bueno, es un sentimiento admirable -dijo el, como si no se lo creyera mucho.
Saque una pipa y empece a llenarla. Habia empezado a fumar en pipa en un esfuerzo por parecerme y sentirme mas como Eric Gruen. No me gustaban mucho las pipas, ni toda la parafernalia que las acompanaba, pero no se me ocurria una manera mejor de convencerme de que yo era Eric Gruen, aparte de comprar una silla de ruedas.
– ?Viene alguien mas al funeral que yo conozca? -pregunte, inocente.
– Vienen uno o dos antiguos criados -contesto-. No estoy seguro de si les conoce o no. Habra otros, claro. El apellido Gruen todavia resuena en Viena, es logico. Supongo que no querra ir al frente del cortejo funebre, herr doctor Gruen.
– No, eso seria demasiado -dije-. Yo deberia permanecer en el fondo durante la ceremonia.
– Si, si, probablemente eso seria lo mejor -admitio-. Teniendo en cuenta las circunstancias. -Se reclino en la silla y, con los codos en los apoyabrazos, unio las puntas de los dedos como si fueran tentaculos-. En su telegrama decia que tenia la intencion de liquidar su participacion en Azucares Gruen.
– Si.
– ?Puedo sugerirle que retrase ese anuncio hasta que se haya ido de la ciudad? -dijo, con cuidado-. Es que una venta asi seria un gran revuelo. Y como usted es un hombre reservado, por fuerza esa atencion podria resultarle desagradable. Viena es una ciudad pequena, la gente habla. El mero hecho de su presencia aqui ocasionara tal vez ciertos comentarios. Me atrevo a decir que incluso cierta mala reputacion.
– De acuerdo -dije yo-. No me importa retrasar el anuncio unos dias, como usted dice.
Junto los dedos, nervioso, como si mi presencia en el despacho lo alterara.
– ?Puedo preguntarle si tiene intencion de quedarse en Viena mucho tiempo?
– No mucho -conteste-. Tengo un asunto privado que solucionar, nada que le incumba. Despues probablemente volvere a Garmisch.
Sonrio de una manera que me hizo pensar en un pequeno Buda de piedra.
– Ah, Garmisch -dijo-. Es una ciudad antigua preciosa. Mi esposa y yo fuimos a los juegos olimpicos de invierno, en el 36.
– ?Vio a Hitler? -pregunte, cuando por fin consegui encender la pipa.
– ?Hitler?
– Seguro que lo recuerda. ?En la ceremonia de inauguracion?
La sonrisa permanecia, pero dejo escapar un suspiro, como si hubiera ajustado una pequena valvula de las polainas.
– Nunca fuimos muy politicos, mi esposa y yo -dijo-. Pero creo que le vimos, aunque a mucha distancia.
– Asi es mas seguro -repuse.
– Parece que haya pasado mucho tiempo -dijo-. Como otra vida.
– Dr. Jekyll y Mr. Hyde -comente-. Si, se exactamente a lo que se refiere.
Se produjo un silencio y al final la sonrisa de Bekemeier se evaporo como una mancha en un cristal.
– Bueno -dije yo-, sera mejor que firme esos papeles, ?no?
– Si, si, por supuesto. Gracias por recordarmelo. Con todas estas agradables reminiscencias, me temo que casi me habia olvidado del asunto principal.
Lo dudaba. No me imaginaba a Bekemeier olvidandose de nada, excepto tal vez de la Na vidad, o del cumpleanos de su hija pequena, siempre suponiendo que una criatura con solo un par de cromosomas pudiera producir algo mas que una muestra gelatinosa de vida legal.
Abrio un cajon y saco un estuche de pluma estilografica, del que extrajo una Pelikan de oro y me la entrego con ambas manos, como si me regalara un baston de mando de mariscal de campo. Siguieron unas dos o tres docenas de documentos, donde dibuje una perfecta imitacion de la firma de Eric Gruen. La habia practicado en Garmisch para que coincidiera con la firma del pasaporte. Algo que, por cierto, Bekemeier se acordo decomprobar. Luego le devolvi la pluma y, una vez concluidos nuestros asuntos, me levante y recogi el abrigo del sombrerero.
– Ha sido un placer, doctor Gruen -dijo, con una nueva reverencia-. Siempre intentare servir a los intereses de su familia. Puede contar con ello, senor. Y tambien puede contar mi mas absoluta discrecion en cuanto a su lugar de residencia. Sin duda me preguntaran como ponerse en contacto con usted. Le aseguro que me negare con toda mi energia habitual, senor. -Sacudio la cabeza en un gesto despectivo-. Estos vieneses. Habitan en dos mundos: uno el de los hechos, el otro el de los rumores y las habladurias. Cuanto mayor riqueza, mayor el rumor correspondiente, supongo. Pero ?que se puede hacer, doctor?
– Le estoy muy agradecido por todo -dije-. Y le vere manana, en el funeral.
– ?Entonces asistira?
– Eso he dicho, ?no?
– Si, es cierto, lo siento. Sinceramente, senor, mi memoria ya no es lo que era. Es terrible para un abogado admitirlo ante un cliente, pero es asi. En Viena vivimos una situacion dura despues de la guerra. Todos tuvimos que meternos en el mercado negro, solo para seguir vivos. A veces me parece haber olvidado mucho, otras que es mejor asi. Sobre todo al ser abogado. Debo tener cuidado, por mi reputacion, el prestigio de esta empresa. Vivo en el sector ruso, ya lo sabe. Seguro que me comprende.
Volvi caminando al hotel, solo sabia que habia algo en el doctor Bekemeier que no habia entendido. Me sentia como si hubiera intentado tratar con una anguila escurridiza. Siempre que pensaba que lo habia atrapado, se me volvia a escapar. Decidi comentarle nuestra curiosa conversacion a Eric Gruen cuando le llamara con las buenas noticias de que la reunion con el abogado habia pasado sin problemas, y que su herencia esperaba en el banco.
– ?Que tiempo hace en Viena? -pregunto. Gruen no parecia muy interesado en el dinero-. Aqui nevo mucho anoche. Heinrich ya esta encerando los esquis.
– Aqui tambien nieva -le informe.
– ?Como es tu hotel?
Mire a mi alrededor en la habitacion. Gruen me trataba a cuerpo de rey.
– Todavia estoy esperando que la partida de rescate vuelva del bano y me diga como es -conteste-. Y aparte
