se trataba de Theodor Herlz porque Eichmann tenia una foto suya en lo que el llamaba su «archivo de judios». El barman nos acompano con la mirada mientras cruzamos una cortina de cuentas y nos adentramos en una recondita sala de atmosfera asfixiante llena de cajones de cerveza y de sillas apiladas encima de las mesas. Polkes coloco tres sillas en el suelo. Entretanto Golomb saco tres cervezas de un cajon, les arranco la chapa con el pulgar y las dejo encima de la mesa.

– Un truco excelente -observe.

– Deberia verlo abrir latas de melocotones -dijo Polkes.

Hacia calor. Me quite el abrigo y me subi las mangas. Los dos judios seguian con sus finas chaquetas abotonadas hasta arriba. Repare en lo abultado de sus pectorales y asenti.

– Esta bien -dije, dirigiendome a Polkes-. He visto pistolas en otras ocasiones. Le aseguro que si veo las suyas no tendre pesadillas esta noche.

Polkes tradujo mi comentario al hebreo y Golomb dibujo una sonrisa. Tenia los dientes grandes y amarillos, como si estuviera acostumbrado a cenar hierba todos los dias. Entonces se quito la chaqueta. Polkes hizo lo mismo. Cada uno de ellos llevaba un Webley ingles del tamano de la pata trasera de un perro. Encendimos nuestros cigarrillos, tomamos un trago de cerveza templada y nos miramos los unos a los otros. Centre mi atencion en Golomb, pues era el quien parecia estar al mando de la situacion. Pasados unos minutos, Polkes dijo:

– Eliahu Golomb forma parte del Consejo de Mando de la Ha ganah. Apoya la politica radical de su gobierno en lo relativo a los judios, pues la Ha ganah esta convencida de que esa politica no hara sino aumentar la fuerza de la poblacion judia de Palestina. Con el tiempo habra mas judios que arabes, y entonces podremos tomar el pais.

La cerveza templada siempre me habia puesto enfermo. Y mas enfermo aun me ponia beberia directamente de la botella. Me cabrea tener que beber de la botella. Prefiero no beber.

– Que les quede muy claro lo siguiente: no es mi gobierno. Odio a los nazis, y si ustedes tuvieran un poco de sentido comun tambien los odiarian. No son mas que un monton de malditos mentirosos, por lo que no se puede confiar en ellos. Ustedes creen en su causa. Me parece bien. Pero en Alemania hay muy poco en lo que merezca la pena creer. Salvo, por ejemplo, en que la cerveza debe servirse siempre fria y con la debida cantidad de espuma.

Polkes tradujo mis palabras y Golomb grito algo en hebreo. Sin embargo, yo no habia terminado con mi diatriba.

– ?Quieren saber en que creen los nazis? ?Las personas como Hagen y Eichmann? Creen que merece la pena enganar por Alemania. Mentir si es necesario. Y ustedes son un par de bobos si piensan lo contrario. En estos momentos esos dos payasos nazis planean encontrarse con su amigo, el Gran Mufti, en El Cairo. Haran un trato con el y despues regresaran a Alemania y esperaran a que Hitler decida a por quien va.

El barman llego con tres cervezas frias en vaso y las dejo sobre la mesa. Polkes sonrio.

– Creo que a Eliahu le ha caido bien -dijo-. Quiere saber que ha venido a hacer a Palestina. Con Eichmann y Hagen.

Les conte que era detective privado y les hable de Paul Begelmann.

– Y para que vean que mis acciones tienen poco de noble, dejen que les diga que cobro una cantidad nada despreciable por mis servicios.

– No tengo la impresion de que sea un hombre que se mueve por dinero -dijo Golomb, a traves de Polkes.

– No puedo permitirme tener principios -respondi-. Al menos no en Alemania. La gente con principios termina en el campo de concentracion de Dachau. Estuve alli y no me gusto.

– ?Ha estado en Dachau? -pregunto Polkes.

– El ano pasado. Una visita relampago, podriamos decir.

– ?Habia muchos judios?

– Aproximadamente una tercera parte de los presos eran judios. El resto eran comunistas, homosexuales,testigos de Jehova, unos cuantos alemanes con principios.

– ?Y a que grupo pertenecia usted?

– Yo era un hombre que hacia su trabajo. Ya le he dicho que soy detective privado. Y en ocasiones me meto en lios. Hoy en dia, en Alemania, es algo comun. A veces se me olvida, pero es asi.

– Tal vez podria trabajar para nosotros -dijo Golomb-. Nos resultaria util conocer la mente de esos dos hombres con los que teniamos que reunimos. Y mas util aun seria saber a que acuerdo han llegado con Haj Amin.

Me rei. Era como si en aquellos dias todo el mundo quisiera que me dedicara a espiar a otra gente. La Ges tapo queria que espiara al SD. Y ahora la Ha ganah tambien me pedia que los espiara. A veces se me pasaba por la cabeza que me habia equivocado de profesion.

– Podriamos pagarle -dijo Golomb-. El dinero no nos falta. Fievel Polkes es nuestro hombre en Berlin. Cada cierto tiempo podrian reunirse e intercambiar informacion.

– No creo que les fuera de mucha utilidad -respondi-. No en Alemania. Como ya les he dicho, soy un simple detective privado que trata de ganarse la vida.

– Entonces colabore con nosotros aqui en Palestina -repuso Golomb. Tenia una voz grave y ronca que concordaba a la perfeccion con la cantidad de vello que tenia por todo el cuerpo. Parecia un oso amaestrado-. Lo llevaremos hasta Jerusalen, donde usted y Fievel podran tomar un tren con destino a Suez, y de alli ir a Alejandria. Le pagaremos cuanto nos pida. Ayudenos, herr Gunther. Ayudenos a hacer algo por este pais. Todo el mundo odia a los judios, y no sin razon. No conocemos el orden ni la disciplina. Llevamos demasiado tiempo ocupandonos de nosotros mismos. Nuestra unica esperanza de salvacion es la inmigracion masiva a Palestina. En Europa no hay futuro para los judios, herr Gunther.

Polkes termino de traducir y se encogio de hombros.

– Eliahu es un sionista radical -anadio-. Pero su opinion es la mas generalizada entre los miembros de la Ha ganah. Yo no comparto eso que dice de que los judios merezcan ser odiados. Pero tiene razon cuando dice que necesitamos su ayuda. ?Cuanto quiere? ?En libras esterlinas o en marcos? ?En libras de oro, tal vez?

Negue con la cabeza.

– No les ayudare por dinero -dije-. Todo el mundo me ofrece dinero.

– Pero nos ayudara ?no?

– Si, les ayudare.

– ?Por que?

– Porque he estado en Dachau, caballeros. No se me ocurre una razon mejor para ayudarles que esa. Si lo conocieran, lo entenderian. Y por eso mismo voy a ayudarles.

El Cairo era la virola de diamante en el asidero del abanico formado por el delta del Nilo. Al menos eso era lo que decia mi guia Baedeker. A mi me parecia algo mucho menos precioso, algo asi como la tetilla colgante de una vaca que alimentaba a todas las tribus de Africa, y desde luego la ciudad mas grande de todo el continente. Sin embargo, la palabra «ciudad» se quedaba corta para definir a El Cairo. Aquello era mucho mas que una mera metropolis. Era algo asi como una isla, un centro historico, religioso y cultural, una ciudad que sirvio de modelo a las demas ciudades que vinieron despues de ella y tambien todo lo contrario. El Cairo me fascinaba tanto como me alarmaba.

Me registre en el National Hotel, situado en el barrio de Ismailia, a menos de setecientos metros al este del Nilo y del Museo Egipcio. Fievel Polkes se hospedo en el Savoy, en el extremo sur de la misma calle. El National no era mucho mas pequeno que un pueblo de extension media, con habitaciones del tamano de la pista de una bolera. Algunas de las habitaciones eran guaridas llenas de narguiles que desprendian un olor acre en las que se reunian no menos de una docena de arabes, que se sentaban en el suelo con las piernas cruzadas y fumaban de pipas que tenian el tamano y la forma de alambiques de laboratorio. La entrada del hotel estaba presidida por un tablon de anuncios de la Re uters, y al entrar en la sala de huespedes a nadie le hubiera sorprendido encontrarse con lord Kitchener sentado en un sofa, leyendo el periodico mientras se retorcia el bigote cubierto de brillantina.

Deje un mensaje para Eichmann y, mas tarde, me reuni con el y con Hagen en el bar del hotel. Llegaron acompanados por un aleman, el doctor Franz Reichert, que trabajaba para la Agen cia de Prensa Alemana en Jerusalen, pero que no tardo en excusarse e irse, alegando tener el estomago revuelto.

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