Pasee la mirada entre el coronel Von Loringhoven y Camille, y recorde la conversacion que habiamos mantenido en el cafe durante la «guerra falsa». ?Realmente estaba tan ciega? Este no era otro play-boy u otro sibarita mas. Ni siquiera era un soldado aleman ordinario; aquel era el diablo en persona. ?Verdaderamente la habitacion del Ritz valia su alma? La unica excusa que podia proporcionarle era que quiza lo hacia por cuidar de su hija. Me hubiera gustado llevar a un aparte a Camille y ponerla sobre aviso, pero tenia agentes aliados a mi cuidado y debia pensar en salvaguardarlos a ellos primero.

Me volvi al coronel Von Loringhoven y le dedique la sonrisa mas encantadora que pude fingir.

– Ha sido un placer conocerle, pero debo marcharme.

Me devolvio la sonrisa, mostrando una fila de dientecillos afilados como los de un lagarto. Cuando me volvi y camine hacia el vestibulo, senti sus ojos penetrantes clavandose en mi espalda. Tuve la escalofriante sensacion de que no le habia enganado en absoluto.

En junio, escuchamos por la radio de la BBC que Alemania habia invadido la Union Sovietica. La operadora de radio que estaba con nosotros esa semana celebro la noticia. Era una inglesa bilingue que habia vivido de pequena en Paris y habia sido enviada por el Ejecutivo de Operaciones Especiales para transmitir informacion de inteligencia a Inglaterra. Le pregunte por que el ataque de Alemania a Rusia era tan buena noticia. ?No significaba otro pais mas bajo el yugo aleman?

– ?Ah! -exclamo, con los ojos brillantes-. Usted es francesa, pero lo ha olvidado. Napoleon ataco aquellos parajes inhospitos y a esas apasionadas gentes y fue su perdicion.

Me anime por sus palabras, pero los siguientes informes que recibimos me hicieron sentirme avergonzada de haberme alegrado. En el mal equipado ejercito ruso no solo luchaban hasta el ultimo hombre y la ultima mujer, sino que tambien estaban dando su vida los civiles rusos. ?Por que se habia rendido Francia tan facilmente?

En diciembre, de nuevo congelados en nuestros apartamentos sin calefaccion, nos enteramos de que los japoneses habian bombardeado Pearl Harbor y que los Estados Unidos habian entrado en la guerra. «Por fin -pense-. Por fin».

– Seguramente, con la ayuda de los estadounidenses, ahora podremos ganar la guerra -afirmo madame Goux.

Sin embargo, cualquier esperanza que pudieramos haber albergado de que llegara rapidamente el final se vino abajo en el verano de 1942. Los alemanes estaban a punto de tomar Stalingrado y, con el, el Caucaso y sus campos petroliferos. Tambien tenian presencia en Africa: Alejandria y El Cairo estaban practicamente en sus manos. A pesar de la confianza de la operadora de radio de que la exagerada expansion de los alemanes les haria perder fuerza y derrumbarse, ya tenian bajo el punto de mira Iran, Irak y la India. ?Quien se habria imaginado que una sola nacion europea podria expandirse tan rapidamente, como una mancha oscura por el mapamundi? Quiza acabarian extendiendo sus redes tambien sobre Estados Unidos.

Si habia tenido un fuerte presentimiento de estar ante el mal durante mi encuentro con el coronel Von Loringhoven, Paris y el resto de Francia pronto experimentarian lo mismo que yo. Incluso algunos de los colaboracionistas mas interesados comenzaron a preguntarse que tipo de fuerza malevola habian invitado a introducirse en su pais. En julio, los nazis prohibieron que los judios entraran en los cines, los teatros, los restaurantes, los cafes, los museos y las bibliotecas, e incluso les impidieron que utilizaran las cabinas de los telefonos publicos. Solo podian viajar en los dos ultimos vagones de los trenes del metro y tenian que hacer cola para recibir sus raciones a horas intempestivas. Para identificarlos, les obligaron a colocarse la estrella de David amarilla en los abrigos con la palabra «judio» escrita en el centro.

De camino a una cita en Montmartre, me encontre con madame Baquet, que me habia proporcionado mi primer trabajo en el Cafe des Singes. Llevaba un narciso amarillo adornandole el cabello y una bufanda amarilla al cuello. Su acompanante masculino, al que me presento como el nuevo numero de su club, llevaba una estrella en la chaqueta en la que ponia «musico» bordado en el centro.

– He visto montones de estrellas interesantes en Montmartre esta manana -me conto madame Baquet-. Budistas…, hindues… ?Seres humanos!

Los abrace a ambos antes de continuar mi camino. Esa era la Francia en la que queria creer: irreverente, igualitaria, humana.

No obstante, el alto mando aleman no le veia la gracia a aquella protesta pacifica. Un hombre se paseo Campos Eliseos abajo luciendo sus medallas de guerra junto a la estrella y recibio una paliza de un grupo de soldados de las SS, que luego le pegaron un tiro en la cabeza. La verguenza de lo que les estaban haciendo a sus amigos y vecinos se extendio como la polvora entre los habitantes de la ciudad igual que la sangre del hombre se derramo por la acera. Que el asesinato de un veterano de guerra frances se realizara tan abiertamente y a sangre fria no paso desapercibido para los parisinos.

Unos dias mas tarde, recibi instrucciones de Roger de cruzar la linea de demarcacion y acudir a la finca de mi familia, acompanada solamente por Kira. Habia despertado sospechas y parecia probable que pronto tendria que mudarme al sur de manera permanente. Aunque me habia registrado en la Propagandastaffel, se estaban preguntando por que no actuaba en Paris. Maurice Chevalier, Mistinguett, Tino Rossi y los demas proseguian con sus espectaculos, por lo que parecia que me estaba quedando sin excusas. Aparte de todos los demas problemas, ya no podiamos recibir mas operadores de radio en nuestro edificio. En dos ocasiones, las camionetas de rastreo alemanas habian captado una senal en la zona. En una de ellas, nos habian hecho un registro. Madame Goux escondio el receptor introduciendolo en la jaula gatera y colocando a Kira delante. El operador de radio y yo nos arrancamos la ropa y nos metimos desnudos en la banera. Fingimos tal indignacion cuando los alemanes irrumpieron en el bano que los soldados, mostrando sonrojo, se retiraron rapidamente sin darse cuenta de que no habia agua en la banera.

– ?Caramba! -exclamo despues el operador, echandose a reir, cuando nos estabamos poniendo la ropa-. Aqui estoy, desnudo junto a Simone Fleurier. Ninguno de mis companeros me creera cuando lo cuente.

Llegue de vuelta a Pays de Sault cuando la lavanda silvestre estaba floreciendo junto al sendero y entre las grietas de las rocas. Inundaba el aire con su aroma dulce y vivificante. El camino estaba polvoriento y la jaula de Kira me pesaba mucho bajo el brazo. Me pare a descansar varias veces, sentandome sobre mi pequena maleta y secandome el sudor del cuello con un panuelo. A dos kilometros de la finca me di cuenta de que no lograria llegar si tenia que transportar a Kira durante el resto del camino.

– Vas a tener que caminar, amiga mia -le dije, sacandola de la jaula y dejando esta detras de una piedra.

Suponia que se iba a sentar sobre sus cuartos traseros y que se negaria a moverse. Sin embargo, lo unico que hizo fue maullar y ponerse a corretear junto a mi.

– Si llego a saber que serias tan cooperadora -le dije-, me habria deshecho de la jaula hace rato.

Estabamos pasando junto a la antigua finca de los Rucart cuando escuche un vehiculo traqueteando detras de nosotras. Me volvi a ver a Minot saludandome con la mano desde el asiento del conductor del Peugeot.

– Bonjour! -me saludo sonriendo y empujando la portezuela para abrirla y que yo pudiera entrar en el vehiculo.

Puse a Kira en el asiento y eche la maleta en la parte trasera. Minot llevaba unos pantalones de algodon crudo y una camisa de cuadros en la que se le marcaban unas oscuras manchas de sudor bajo las axilas. Era dificil de creer que aquel hubiera sido en el pasado el engolado director artistico del Adriana. Pero yo misma, embutida en un vestido mugriento y unos zapatos rayados, tampoco me parecia precisamente a la chica que anunciaba el jabon Le Chat.

– ?Esta Roger en la finca? -pregunte.

No lo habia visto durante meses, pues habia estado ocupado sacando a la gente a traves de los Pirineos. En secreto, albergaba el deseo de que al mudarme al sur podria verlo con mas frecuencia.

Minot nego con la cabeza.

– Viene manana con dos agentes a los que va a llevar con los

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