adolescente.
Roger era uno de los hombres mas seguros de si mismos que habia conocido jamas, aunque siempre se mostraba reservado ante mi. Pense que seria demasiado timido como para sujetarme, pero cuando me sostuvo entre sus brazos, lo hizo de un modo tan apasionado que se me acelero el pulso. Era un bailarin excelente y me llevaba con mucha seguridad. Y lo que resultaba mas sorprendente: comenzo a cantar en espanol junto con el cantante del disco en un tono maravillosamente melodioso.
Lo veras en el fuego
todo lo que es mentira
y todo lo que es verdad.
Bailemos un tango
para que cuando me marche
pueda verte en mis suenos
Rivarola me habia ensenado que al bailar un tango tenia que imaginarme a mi misma como si fuera un elegante gato: hermoso, orgulloso y gracil. Nunca me habia sentido de ese modo con el. Pero asi era como me sentia entre los brazos de Roger.
– Tu no eres una mujer normal, ?verdad que no, Simone Fleurier? -me susurro Roger al oido-. No solo eres valiente y hermosa, sino que tambien eres inteligente. Las cosas no iban nada bien, pero tu has conseguido subirle la moral a todo el mundo.
El ambiente de la habitacion habia cambiado perceptiblemente. Los hombres sonreian y se daban palmadas en la espalda. Percibi que sus animos renovados y su camaraderia les harian superar sin incidentes el peligroso viaje que tenian ante asi.
– Queria que tuvieran un buen recuerdo de Paris -le dije.
Roger me levanto la barbilla con la punta de los dedos para que le mirara directamente a los ojos.
– Tu eres mi recuerdo mas preciado de Paris.
Un hormigueo calido me recorrio los brazos y un cosquilleo agradable me bajo por la columna. Pero no fui capaz de mantenerle la mirada a Roger y la aparte.
– ?Vamos! -exclamo el soldado australiano, dandole un toque a Roger en la espalda-. Mademoiselle Fleurier es la que ha empezado todo esto, asi que al menos quiero una oportunidad para bailar un tango con la moza.
Roger sonrio y nos separamos de mala gana. Aunque todos y cada uno de los momentos que pasabamos juntos eran preciosos, no podia negarme a bailar con un soldado, especialmente cuando existia la posibilidad de que lo mataran al dia siguiente.
– Cuando termine la guerra, dare un concierto especial para todos los hombres que se encuentran hoy aqui -le asegure al australiano.
– Entonces sera mejor que procure que no me vuelen la cabeza -me contesto sonriendo francamente, llevandome por la habitacion con el impetu de un hombre que estuviera tratando de abrir una puerta a la fuerza.
Cuando todos hubieron entrado en calor y se sintieron agotados, Roger y yo clausuramos la velada. Les di un beso a cada uno y les desee suerte antes de volver a mi frio apartamento de la planta de abajo. Pero aunque mis sabanas parecian de hielo cuando me deslice entre ellas, note un calor en mi interior. Cerre los ojos e hice lo posible por no pensar en Roger. Estabamos en guerra. No era momento de enamorarse. Y, aun asi, en mitad de los terribles acontecimientos y en la mas improbable de las circunstancias, no podia negar que se me habia encendido de nuevo una luz que llevaba mucho tiempo extinguida en mi corazon.
Durante las semanas siguientes, conseguimos con exito que los veinte hombres cruzaran la linea de demarcacion y comenzamos a recibir menos soldados en el apartamento y mas agentes enviados por Gran Bretana para informar sobre los movimientos de las tropas enemigas y las instalaciones militares. Tambien acogimos operadores de radio y mis viajes al sur de Francia comenzaron a consistir en esconder un transmisor de radio o unos cascos dentro de mi equipaje.
Una tarde iba caminando por la Rue Royale tras una cita para recoger unos papeles falsos para tres hombres que madame Ibert acompanaria al sur al dia siguiente. El aire me cortaba las mejillas y el frio de los adoquines congelados penetraba por las suelas de mis zapatos. Ya no habia cuero, e incluso el calzado de mas categoria tenia suelas de madera que resonaban con estrepito sobre las calles como si fueran cascos de caballo. El frio me provocaba dolor de estomago y me ponia los nervios de punta. Si el invierno estaba resultando una dura prueba para mi, que era una mujer con dinero que vivia en un apartamento con cortinas, alfombras y moqueta, ?que podia suponer para una familia pobre? ?Y para los ninos recien nacidos? Me imagine la prision de Fresnes. Ahora estaba vacia de criminales -los alemanes tenian empleados a todos los matones-, pero existia el rumor de que se oian gritos de ayuda y alaridos de agonia que resonaban en medio de la noche provenientes de sus celdas. Los prisioneros eran miembros de la Resistencia que habian sido capturados. Algunos de ellos no eran mas que jovenes estudiantes.
Alguien pronuncio mi nombre. Me di la vuelta para ver a una mujer rubia de pie junto a la puerta de Maxim's que me estaba saludando con la mano. Llevaba un vestido azul cenido a la cintura y una estola de piel. Tarde un instante en reconocerla. Camille Casal.
– Pense que eras tu -me dijo-. Pasa.
Llevaba el pelo rizado y la cara maquillada con polvos compactos blancos y barra de labios color violeta oscuro. Yo tenia el cerebro tan congelado por el frio que no lograba pensar correctamente, por lo que entre en el establecimiento tal y como ella me habia dicho. Maxim's ya no era el opulento lugar de reunion de artistas y actores. Era la guarida hedonista del alto mando aleman y sus colaboracionistas franceses.
– ?Estas tan delgada! -observo Camille, contemplandome de pies a cabeza.
Apenas la escuche. La calidez y el olor a conac eran embriagadores. Un delicioso aroma a mantequilla fundida y a pato asado flotaba en el ambiente.
– Justo ibamos a comer -anuncio Camille, empujandome hacia el salon comedor-. Tienes que unirte a nosotros.
Me encontre de pie en la estancia que antiguamente habia conocido tan bien. Contemple su techo de vidriera y los murales estilo art nouveau. Aquel habia sido un lugar en el que las cortesanas entretenian a sus principes, pero ahora estaba lleno de otro tipo de prostitutas. Reconoci a una serie de personas del antiguo circulo de Andre, incluidas las hijas de varias familias de las altas esferas.
Una mesa de alemanes vestidos de uniforme se puso en pie cuando entramos. Se propinaron varios codazos y sonrieron cuando Camille me presento. Solo habia cinco de ellos, pero la mesa estaba repleta de suficientes fuentes de sopa y
– Coronel Von Loringhoven -dijo Camille, deslizandose a su lado y entrelazando el brazo con el de el.
Mi mirada recayo sobre la insignia de las SS del cuello de su casaca. Aprete con fuerza mi bolso, que contenia los papeles falsos, contra el costado. Las SS eran la fuerza de combate de elite de Hitler. Roger me habia contado que habian fusilado a los prisioneros de guerra aliados en Dunkerque, ignorando todas las convenciones seguidas por el ejercito aleman normal. Los refugiados del norte aseguraban que las SS habian quemado iglesias y destruido crucifijos a su paso por los pueblos, alegando que Jesucristo era el hijo de una puta judia y que ellos iban a proporcionarle a Francia una nueva religion. ?Von Loringhoven era coronel? Entonces era uno de los hombres que habia dado aquellas ordenes.
– Es muy apuesto, ?verdad? -me susurro Camille al oido-. Me ha guardado una habitacion en el Ritz cuando estaban echando a todos los demas a patadas.
