que estaba a sueldo de los alemanes. «Dios mio -pense, sintiendo un vacio en la mente-, Andre es un traidor».
– Es extrano que nos hayamos encontrado asi despues de todos estos anos -comento Andre, ayudandome a salir del coche cuando el chofer lo detuvo delante de un bistro.
Dentro, el restaurante estaba lleno de oficiales franceses y tipos de aspecto sordido ataviados con trajes llamativos. La comida del menu provenia del mercado negro: alcachofas, salchichas de cerdo curado y
Observe a Andre mientras le pedia nuestra cena al camarero, tratando de encontrar en el distinguido caballero sentado ante mi al hombre con el que habia compartido mi vida durante tantos anos. Su rostro seguia siendo bello, como siempre, pero tenia algunos mechones canosos en las sienes. Recorde el dolor que senti en el corazon aquella ultima noche en la casa de Neuilly y me di cuenta de que todavia conservaba parte de aquel sentimiento.
– Creo que es la primera vez que actuas en Lyon -comento Andre, volviendose hacia mi.
Charlamos de unas cosas y otras, excepto sobre la guerra y sobre nuestras respectivas vidas privadas. Andre y yo eramos dos espiritus que se movian en un mundo de tinieblas. La Francia reluciente que habiamos compartido en su momento habia desaparecido; el amor que habiamos sentido el uno por el otro seguia siendo un tema demasiado doloroso de abordar.
– ?Todavia sigues teniendo a
Me eche a reir y le conte que
– ?Asi que tus fabricas en Lyon todavia estan en activo? -le pregunte-. Con el racionamiento, no pense que pudiera subsistir el mercado.
– Exporto para los alemanes -me respondio Andre-. Fabrico uniformes para su ejercito.
Su franqueza me sorprendio. Me resulto imposible mantenerle la mirada. ?Como podia tener tan poca verguenza? El Andre que yo conocia no habria hecho una cosa asi. Volvi a mirarle y vi que tenia los ojos llenos de lagrimas.
– Es el unico modo que tengo de ayudar a Francia -me dijo. Parecia estar dandole vueltas a algo en la cabeza. Me di cuenta con cierta sorpresa de que estaba dudando de si podia confiar en mi. Debio de decidir que si, porque bajo la voz y me explico-: Tras el armisticio, no parecia que hubiera nada que un hombre pudiera hacer para borrar la verguenza de Francia. Al menos, de esta manera, puedo mantener a mis empleados en sus cargos y evitar que los envien a campos de trabajo. Los hombres que trabajan para mi tienen familias que alimentar. Las mujeres tienen maridos en campos de prisioneros de guerra e hijos hambrientos en casa. Es lo unico que puedo hacer para ayudarles.
El temblor de su voz me llego al corazon. Una sensacion de alivio recorrio mi interior. Era como si fueramos el Andre y la Simone de antano en nuestros dias de inocencia, en aquella epoca en la que nunca dude de que pudiera confiar en el. Queria rodearle entre mis brazos. No, Andre no habia cambiado. El resto del mundo se habia vuelto loco, pero Andre era el mismo. Los comensales de la mesa contigua dejaron escapar una risotada. Tenian los rostros ruborizados y los ojos vidriosos por la bebida.
Me incline sobre la mesa.
– Andre -le susurre-, cogeme de la mano como si estuvieramos manteniendo una conversacion intima. Hay algo que necesito contarte.
Parecio sorprendido, pero hizo lo que le pedia, corriendo su silla para sentarse mas cerca de mi. Si le revelaba mi secreto, podria estar condenandome a muerte a mi misma y al resto de los integrantes de la red. Pero sin dinero, no podriamos seguir adelante. Tenia que correr el riesgo. Ademas, cuando Andre me cogio de la mano, senti la misma comodidad y fuerza que habia experimentado junto a el hacia anos.
– Hay algo que puedes hacer para ayudar -le confie-. Yo no creo que la guerra este perdida para Francia, que nos hayan derrotado. ?Has oido hablar de De Gaulle?
Andre se revolvio en su asiento. Estudio mi rostro y, cuando lo hizo, el brillo volvio a sus ojos.
– Simone -susurro-, ?te has unido a la Resistencia? -Si.
– Es muy peligroso. Te ejecutaran si te descubren.
– Asi es.
Habia dado el salto y no tenia otra opcion que continuar. Le explique el trabajo que estaba haciendo y el problema que teniamos de dinero. Se mantuvo inmovil durante tanto tiempo que a lo largo de unos escalofriantes segundos me pregunte si me habria equivocado al confiar en el. En parte, habia esperado sentir el canon de la pistola de un hombre de la Gestapo apretandose contra mi cuello. Entonces, Andre desperto de su ensonacion y me miro a los ojos.
– No solo os ayudare con dinero, sino que tambien puedo proporcionaros ropa -me dijo-. Y si tu contacto piensa que puede darle cualquier otro uso a mis fabricas para esconder a los fugitivos, dile que venga a verme.
Andre pago la cuenta. Fuera, le dijo a su chofer que me iba a acompanar caminando hasta mi hotel.
– Debemos tener mucho cuidado a partir de ahora, Simone -me advirtio mientras doblabamos la esquina-. Estoy vigilado. No solo por los franceses y los alemanes, sino tambien por mi hermana.
– ?Que quieres decir?
– Guillemette esta en Paris -me respondio, apartando la vista-, celebrando fiestas para el alto mando aleman. La mayor parte de la alta sociedad parisina hace ese tipo de cosas. Algunas de las mujeres incluso se estan acostando con ellos, siempre que eso signifique para ellas que puedan continuar bebiendo champan y comiendo
La mencion de su esposa supuso un subito recordatorio de por que Andre y yo no podiamos estar juntos. Me acorde de la princesa en el funeral del conde Harry. Entonces ya habia percibido que era una mujer excepcional. El hecho de que alguien que gozaba de tantos privilegios sociales fuera capaz de darle la espalda a la alta sociedad parisina hizo que la admirara incluso mas. Cogi las manos de Andre y se las aprete.
– Gracias -le dije-. Lo que te has ofrecido a hacer ayudara a la Resistencia enormemente. Cada vez que envies otro lote de uniformes a Alemania, sabras que los beneficios estan ayudando a Francia.
Me contemplo fijamente. Durante un momento pense que se iba a inclinar y me iba a besar en los labios. El rostro de Roger se me aparecio en la mente y retrocedi un paso. Pero Andre no avanzo hacia mi. En su lugar, miro por encima de su hombro y dijo:
– No me lo agradezcas, Simone. Soy yo el que se siente agradecido contigo.
Le observe mientras caminaba calle abajo y desaparecia en la oscuridad de la noche.
