automoviles habian sido requisados para el avance belico aleman. Sin embargo, habia demasiados alemanes en el metro para que nos sintieramos seguros viajando en el. Tendriamos que caminar todo el trayecto desde la Gare de Lyon hasta los Campos Eliseos.

Nos sentimos consternados cuando llegamos a la plaza de la Bastilla y vimos que las senales de las calles estaban en aleman. La unica nota de humor que hizo que nos echaramos a reir fue cuando pasamos junto a una tienda con un retrato de Petain en el escaparate. Estrategicamente colocado junto a el habia un cartel que decia: Vendu. Vendido.

Por suerte, encontramos a madame Goux en la porteria de nuestro edificio de apartamentos, y no habia ningun aleman residiendo alli.

– Me he dedicado a subir y bajar las escaleras todas las mananas y las noches -nos conto-. He encendido y apagado las luces y he corrido y descorrido las cortinas. Pero dos puertas mas abajo en esta misma calle, los boches han expulsado a los ocupantes de los apartamentos. Les han dado recibos por los muebles -pendientes de devolucion en «algun momento del futuro»- y veinticuatro horas para marcharse.

– ?Dos casas mas abajo? -exclame, mirando a Roger-. ?No es un poco cerca?

Nego con la cabeza.

– A veces, la mejor manera de enganar al enemigo es trabajar delante de sus narices.

Al dia siguiente, madame Ibert, madame Goux y yo nos pusimos manos a la obra para preparar los apartamentos para nuestros «invitados». Desarrollamos toda una serie de senales, incluyendo felpudos fuera de lugar, jarrones vueltos del reves y golpes en las tuberias, para avisarnos de cualquier visita alemana. Roger se mantuvo ocupado estableciendo contactos con los miembros parisinos de la red y dos dias mas tarde ya teniamos alojados a once pilotos derribados. Con tantos hombres sanos entrando y saliendo de nuestro apartamento, necesitabamos una buena tapadera. Roger logro encontrar dos medicos adscritos a la causa que instalaron sus consultas en el apartamento de monsieur Copeau: un psiquiatra llamado doctor Lecomte y el doctor Capet, que era especialista en enfermedades venereas. Si habia dos cosas por las que los alemanes sentian terror eran las enfermedades mentales y las contagiosas.

Durante aquellos dias me desperte sobresaltada varias veces por la noche, segura de que habia un aleman de pie junto a mi cama o de que habia oido un intruso en el piso de abajo. Me dirigia descalza hasta el piso superior para que quienquiera que estuviera de guardia me asegurara que todo iba bien. A veces, el vigilante de turno me abria la puerta para que pudiera asomar la cabeza y ver que todos los hombres estaban alli, durmiendo pacificamente. Buscaba con la mirada a Roger entre los cuerpos tendidos. Tenia la costumbre de tumbarse perfectamente quieto, con las manos cruzadas sobre el pecho, como un angel arropado entre sus alas. Cuando Roger estaba de guardia, le llevaba una botella de vino y nos bebiamos una copa cada uno y charlabamos hasta que llegaba el alba.

– Su madre no es hija de gitanos -me conto Roger una noche-. Es la hija legitima de sus abuelos.

– ?Como lo sabe? -le pregunte.

– Me lo conto el dia que fuimos a visitar a su familia. Despues de que usted se fuera a la cama, su madre y yo nos quedamos despiertos y charlamos.

– Hmmm -musite.

Le habia preguntado a mi madre por la verdad de sus origenes decenas de veces y siempre habia eludido mis preguntas. ?Que la habia llevado a contarle a un completo extrano cosas que no le habia dicho ni a su propia hija?

– Su abuelo era pastor y su abuela era de origen italiano, de Piamonte -me conto Roger, contemplando mi desconcierto con aire divertido-. Su padre conocio a su madre en la feria de Digne.

Sabia la historia de la feria de Digne; mi padre me la habia contado. Pero ?y que pasaba con el resto de los datos? Nadie habia mencionado nunca que mi abuela fuera italiana.

– ?Como sabe usted que le ha contado la verdad? -le pregunte-. A mi madre le encanta tomarle el pelo a la gente con sus historias misteriosas.

Roger alargo la mano y me toco el cabello.

– Eso explicaria el color de su pelo. Usted misma podria ser italiana, ya sabe.

Senti un cosquilleo en el cuello. Me volvi, preguntandome si pretendia besarme. Pero Roger ya estaba de pie junto a la ventana, contemplando el alba rompiendo en el cielo.

– Nos marcharemos al sur hoy -anuncio, frunciendo el ceno-. El tiempo es bastante malo. Quiza asi los boches nos dejen en paz.

Roger, madame Ibert y yo haciamos turnos para acompanar a los hombres al sur con papeles falsos. Como yo era la que mas llamaba la atencion, normalmente acompanaba a los prisioneros de guerra franceses que habian escapado o a los soldados britanicos bilingues, preferentemente los que tenian algun tipo de talento teatral en caso de que hubiera que demostrar sus historias de tapadera. Con tantos hombres distintos pasando por nuestras manos, costaba mucho dinero alimentarlos y conseguirles ropa francesa, billetes de tren y papeles falsos. Dado que padeciamos las limitaciones del racionamiento, soliamos tener que comprar la comida en el mercado negro, donde los productos podian llegar a costar diez o doce veces su precio normal. Madame Ibert y yo nos sentiamos felices dandoles todo lo que podiamos, pero los alemanes habian limitado la cantidad de dinero que los ciudadanos franceses podiamos retirar de nuestras cuentas bancarias mensualmente y, aunque habiamos optado por vender nuestras joyas y parte de nuestros muebles, siempre nos quedabamos cortos de existencias.

Aunque yo no actuaba para los alemanes, si que hice espectaculos en el Alcazar en Marsella y en otras ciudades de la zona no ocupada. Hice lo posible por mantener mi coartada de estrella extravagante de gustos caros, mientras bebia sucedaneo de cafe y comia carne de soja siempre que me encontraba a solas para poder ahorrar dinero para la red. Pero por muy duro que trabajara, nunca era suficiente. Hacia noviembre quedo claro que el mayor inconveniente para el exito de nuestra mision, aparte de los propios alemanes, era la falta de dinero.

A finales de noviembre actue en un teatro de variedades de Lyon. Una noche, despues del espectaculo, me puse el abrigo y las botas para salir al frio helador del invierno, me dirigi hacia la puerta de artistas y me sorprendio ver a alguien de pie junto a la escalera. Las luces de las farolas estaban apagadas, pero bajo el azulado brillo del cartel que habia sobre la puerta pude ver la silueta de un hombre alto apoyado contra la balaustrada. Estaba exhalando espectrales nubes de vaho. Senti un cosquilleo en la piel. Lo conocia por su altura y su forma, pero no recordaba de donde. La puerta de artistas hizo un ruido sordo al cerrarse cuando yo sali y el hombre se volvio. Era Andre.

– Hola, Simone -me saludo, con la luz brillandole en sus ojos negros-. He visto el espectaculo. Has estado maravillosa.

Me senti tan sorprendida de verle que hice lo posible por mantener la compostura y murmure un «gracias», como si estuviera hablando con cualquier admirador en la calle y no con el hombre al que habia amado durante anos. ?Que estaba haciendo alli? ?No se suponia que se encontraba en Suiza?

– ?Puedo invitarte a cenar? -me pregunto-. Esta noche estoy solo y seria agradable tener a alguien con quien hablar.

Cuando menciono la comida, senti un retortijon en el estomago. Me habia estado alimentando a base de fastuosos almuerzos en los mejores bouchons de Lyon para guardar las apariencias de estrella y me habia saltado el resto de las comidas para ahorrar el dinero. Pero era dificil hacer un espectaculo todas las noches y dormir en una habitacion de hotel sin calefaccion con tan poca comida en el cuerpo. Quiza resultaba inadecuado que aceptara la invitacion de un hombre casado y padre de dos ninas, pero estaba tan sola y cansada del trabajo que deje al margen toda precaucion y asenti.

Andre hizo una senal hacia un automovil aparcado en la esquina. Era un Citroen conducido por un chofer uniformado. El unico frances que podia disfrutar de un privilegio asi era aquel

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