Capitulo 31
El invierno de 1940 fue el mas frio de los que yo recordaba desde hacia anos. Los alemanes no estaban dispuestos a utilizar su transporte para traer carbon a Paris, asi que nuestros apartamentos se quedaron sin calefaccion, aunque los braseros de carbon de los establecimientos que ellos frecuentaban siempre estaban encendidos. Madame Ibert y yo hicimos lo posible para que los hombres que escondiamos mantuvieran el calor. Andre nos proporciono mantas y sobretodos, y nosotras les tejimos calcetines y guantes con el algodon crudo que caia en nuestras manos. Sin embargo, la comida seguia siendo un problema. Incluso en el mercado negro estaba empezando a escasear. Madame Ibert y yo tratamos de cocinar sopas, pero habia dias en los que lo mejor que podiamos hacer era caldo aguado de pollo. Me alegre de no tener a los perros conmigo.
– Nos va mejor que a mucha otra gente -afirmo madame Goux, entrando de la calle en un frio dia, con cuatro zanahorias mustias dentro de su bolsa de ganchillo-. La gente esta quemando sus muebles y forrandose la ropa con periodicos.
– Todavia no hace tanto frio como en Escocia -comento uno de los hombres que estaba a nuestro cuidado.
Me eche a reir, contenta de que al menos mantuviera su sentido del humor. Con las tensiones belicas, las condiciones de hacinamiento, el frio y el hambre, corriamos el riesgo de que la gente comenzara a perder los estribos.
En una ocasion, Roger regreso del sur con una peligrosa mision entre manos. El capitan de un barco habia accedido a ocultar a una veintena de personas a bordo de su navio, que se dirigia a Portugal. Teniamos alojados exactamente a veinte hombres en aquel momento y el unico modo de llegar a tiempo antes de que el barco zarpara era llevarlos al sur a todos juntos. Era suficientemente arriesgado transportar a tantos hombres, ninguno de los cuales hablaba frances, con Madame Ibert, Roger y yo como unicos acompanantes, pero a aquel peligro habia que anadirle la razon por la que se nos habian acumulado tantos refugiados bajo un mismo techo. Cuatro pisos francos habian sido desmantelados por agentes dobles y a los miembros de la Resistencia les habian torturado clavandoles espinas en las manos antes de fusilarlos. Tras una semana viviendo bajo aquellas tensas condiciones, tuvimos que abortar nuestro intento de llevarlos a todos al sur en un solo grupo cuando llegamos a la estacion y descubrimos que habian colgado las fotografias de algunos de ellos en los tablones de anuncios con recompensas por su captura. El barco tendria que partir sin ellos.
Tener que regresar a un apartamento abarrotado y esperar hasta que pudieramos conseguirles nuevos papeles y cambiar su aspecto con la ayuda de una de las ayudantes de vestuario del Adriana fue demasiado para algunos de ellos. Comenzaron a pelearse por cosas insignificantes como que alguien roncara o que pasara demasiado tiempo en el bano. Dos hombres se enzarzaron en una pelea por un juego de cartas. Algunos comenzaron a cuestionar el liderazgo de Roger.
– Si pierdo su confianza y su respeto, Simone, casi podemos entregarnos directamente a los alemanes -me dijo.
Roger, por lo que descubri, era el tipo de persona que pensaba a lo grande. «Imposible» no era una palabra con la que se sintiera facilmente identificado. Asi, era bastante poco habitual verle tan abatido. Se estaba enfrentando a una tarea ingente. Yo ya habia percibido signos de agotamiento entre los hombres incluso antes de que nos dispusieramos a viajar al sur. Sus posturas los delataban: se encorvaban hacia delante, mirando fijamente el suelo, con los brazos cruzados al pecho como si estuvieran tratando de evitar que el corazon les estallara. Pense en las historias que mi padre me habia contado sobre hombres en las trincheras que padecian neurosis a causa de la guerra: temblando y sollozando, se lanzaban directamente contra el fuego enemigo.
La certeza de la muerte era preferible a estar esperandola constantemente.
– Es el cansancio que produce la guerra -le respondi-. Por mucho que les hayan entrenado para ser soldados, no significa que no lo sientan.
Roger asintio.
– Percibo que estan listos para rendirse -me confeso.
Nos sumimos en un silencio que duro unos instantes, ambos contemplando la situacion. Pense en Andre. Yo habia tratado de ser fuerte cuando nuestra relacion se desmorono, pero al final todo se me vino encima.
– La gente no puede vivir bajo presion a todas horas; algo se rompe inevitablemente -comente.
– Tu y yo tenemos que andarnos con cuidado, porque soportamos la presion demasiado bien.
Comprendi a que se referia Roger. El subidon de adrenalina que sentiamos cuando superabamos los controles alemanes era util para mantenernos alerta al peligro. Pero lo habiamos hecho ya tantas veces que existia la posibilidad de que nos fueramos insensibilizando y comenzaramos a cometer errores tontos.
– ?Crees que es lo que nos esta pasando ahora? -le pregunte-. ?Crees que nos estamos arriesgando demasiado tratando de llevar a todos esos hombres al sur?
Roger nego con la cabeza. Parecia sinceramente confundido.
– No lo se, Simone. Estoy empezando a dudar de mi mismo.
Me apoye contra la pared y me fije en
– Tengo una idea -le dije a Roger-. Ayudame a llevar arriba mi gramofono.
Roger transporto el gramofono al apartamento de monsieur Nitelet, donde se alojaban los hombres, y yo le segui con un monton de discos entre los brazos. Despues de dejar el gramofono sobre una silla, Roger puso un disco de tangos y yo invite a los hombres que sabian bailarlo a acompanarme por turnos. Al principio me resulto dificil convencerlos, pero despues de engatusarlos, descubri a dos bailarines de tango realmente buenos entre el grupo de hombres. Uno de ellos ejecutaba unos movimientos y unos giros tan exuberantes que logro atraer el interes de todo el mundo. Reparti a los hombres en grupos y les di una clase antes de pedirles que se pusieran por parejas.
– No somos maricas -objeto un neozelandes.
– El tango argentino se bailaba originalmente entre hombres -le respondi-, en los dias en los que se importaba mano de obra y habia falta de mujeres.
A pesar de sus protestas iniciales, los hombres pronto se animaron y comenzaron a bailar entre si. Tanto los que se dedicaban a sobreactuar como los que estaban tratando de dominar el baile con la misma seriedad que aplicaban a su instruccion militar, quedo claro que se estaban divirtiendo mucho. El neozelandes se emparejo con un australiano, levantando la nariz en el aire y contoneando las caderas.
– Esto no tendria que resultarte extrano, camarada -se burlo de el el australiano-. Debes de estar mas que acostumbrado a hacer esto mismo con las ovejas.
Sus carcajadas me hicieron reir a mi tambien y me percate de que hacia meses que no me habia reido con tanta facilidad.
– ?Me permites? -me pregunto Roger, tendiendome la mano.
– Por supuesto -le respondi, ruborizandome como una
