maquis.

Los maquis eran agricultores que se habian echado al monte para luchar contra los gendarmes de Vichy y los alemanes. Realizaban actos de sabotaje y atacaban puestos estrategicos. Estaban recibiendo armas tanto de De Gaulle como de Churchill -que parecian haber tenido algun tipo de desavenencia entre si- mediante lanzamientos aereos nocturnos. El numero de maquis se habia incrementado enormemente durante el mes anterior, cuando los alemanes trataron de obligar a los franceses a ir a Alemania a trabajar en las fabricas de municion y en las granjas. Decenas de miles de hombres jovenes habian escapado al monte para unirse a aquellos que deseaban luchar.

– Estoy preocupada por usted y su madre -le confese. Le conte a Minot lo que estaba sucediendo en Paris-. El gobierno de Vichy es aun mas antisemita que los alemanes. Quiza vaya siendo hora de que ustedes dos abandonen el pais.

Nego con la cabeza.

– No puedo dejar a mi madre. Es demasiado mayor siquiera para subirse en un barco. Si esta horrible situacion empeora, tendremos que ocultarla. Yo me echare al monte a luchar con los demas.

Pense en lo que Minot y yo habiamos sido y en como estabamos ahora. Hubo una epoca en la que habia creido que ser una estrella y conseguir riqueza lo era todo. Pero ya no pensaba asi.

– Estoy orgullosa de usted -le dije.

– Deberia estarlo de su aldea -me respondio-. Sospechan que mi madre y yo somos judios, pero ninguno de ellos nos ha denunciado. Ni siquiera el alcalde.

Cuando llegue a la casa, los perros estaban durmiendo en el jardin. Mi madre y mi tia estaban poniendo la mesa para el almuerzo. Me fije en las ramitas de cipres y en las cabezas de ajo colgadas en el dintel de la puerta: eran un amuleto provenzal protector. Bernard estaba sentado a la mesa, charlando con madame Meyer. Abrace a mi madre y a mi tia. Ambas estaban mucho mas delgadas que la ultima vez que las habia visto, aunque en el campo parecia haber suficiente comida para todos. Me percate de que habia cinco platos extras sobre la mesa.

– Pensaba que Roger y los otros no llegaban hasta manana - comente.

Bernard adquirio una expresion grave. Cogio la escoba que estaba junto al horno y dio tres golpes en el techo. Instantaneamente, escuche el sonido de pisadas correteando. Creia que ya habian llevado al anterior grupo de soldados a Marsella para que esperaran en la casa de tia Augustine. Entonces me di cuenta de que aquellas pisadas eran demasiado ligeras.

Los ninos se quedaron parados en la puerta cuando me vieron: dos ninas pelirrojas de entre siete y nueve anos, y tres ninos de aproximadamente las mismas edades. Me sorprendio la combinacion de sus caras inocentes y el terror pintado en sus ojos.

– Los encontramos cuando estabamos instalando a los hombres en Marsella -explico Bernard.

– Se han llevado a sus padres -susurro tia Yvette-. La vecina de la casa de al lado de la de tia Augustine los tenia escondidos.

– Venid a la mesa -les dijo mi madre a los ninos, alargando el brazo-. Esta es Simone.

Los ninos se acercaron lentamente, mi madre me dijo sus nombres: Micheline, Lucie, Richard, Claude y Jean. Sus ojos eran como globos en mitad de sus caritas. Me apenaba ver a aquellos ninos traumatizados por la desconfianza. Llame a Kira y la cogi en brazos para que pudieran acariciarla.

– ?Como se llama? -pregunto Claude, el mas pequeno.

– Kira -le respondi-. Es rusa.

– Se parece a Cherie -me dijo Lucie-. Cherie duerme en mi cama.

Los ninos acariciaron a Kira y le rascaron el morro, pero les temblaban tanto las manos que me pregunte si podrian sentir algo en absoluto. Es decir, cualquier cosa excepto la fria y aguda sensacion del miedo.

Despues del almuerzo, los ninos regresaron arriba a jugar. Pense que era extrano que no lo pudieran hacer en la calle. La finca estaba a kilometros de cualquier otro lugar.

– Las actividades de los maquis suponen que los gendarmes vengan regularmente a comprobar que la gente de la aldea y de las fincas no esta escondiendo alijos de armas o a hombres heridos -me explico Bernard-. Me quedaria con los ninos aqui, pero no estoy seguro de cuanto tiempo estaran a salvo. Espero que Roger pueda ofrecernos una solucion.

Roger llego la tarde siguiente con un instructor de armas y una operadora de radio que no parecian tener mas de veinte anos. Habian saltado en paracaidas sobre Francia la noche anterior. Despues de cenar, enviamos al instructor y a la operadora a sus habitaciones para que disfrutaran de una buena noche de descanso en una cama, y Roger y yo salimos a dar un paseo. Estaba tan atractivo como la ultima vez que lo habia visto en Paris, pero tenia sombras bajo los ojos y las lineas de su frente eran mas profundas.

– Necesitas descansar -le dije.

– Y tu tambien -respondio, cogiendome una muneca y examinandola-. Mira que delgada estas.

Le hable sobre los ninos que Bernard habia escondido en la planta de arriba de la casa.

– Lo se -me dijo Roger, mirando al cielo iluminado por la luna-. Me hablo sobre ellos en Marsella.

– ?Podemos sacarlos de aqui?

Roger se inclino sobre el costado de la casa.

– Llevamos ya un tiempo consiguiendo que varios refugiados judios crucen la frontera. Pero esos ninos no lograran cruzar los Pirineos con un solo guia. -Se quedo en silencio durante un momento, dandole vueltas en la cabeza al asunto-. Dentro de unos dias vendra un barco para recoger a los hombres que estan en Marsella -me dijo-; sera peligroso, pero es la unica manera que se me ocurre de que podamos sacar a esos ninos del pais. -Se volvio hacia mi y su aliento me rozo la mejilla-. Yo ire con ellos, Simone. Tengo que abandonar Francia.

Se me cayo el alma a los pies. Roger se marchaba.

– ?Por que? -le pregunte.

– Un doble agente me ha descubierto y debo romper mi relacion con la red para no conducirle hasta mas gente.

Una sensacion de frio me agarroto las entranas. ?Como podia ser yo tan egoista? Si Roger habia sido descubierto, entonces se encontraba en grave peligro. No tenia otra opcion que marcharse. Durante un momento considere la posibilidad de preguntarle si podia ir con el, pero yo misma descarte esa idea. Francia me necesitaba y mi familia y amigos se habian expuesto al riesgo porque yo les habia persuadido. Tenia que quedarme en el pais independientemente de cuales fueran mis sentimientos personales.

– Te echare de menos, Simone -me dijo Roger, alargando la mano y pasandomela por el cabello.

Me volvi para que no pudiera ver las lagrimas que brillaban en mis mejillas.

Al amanecer de la manana siguiente, Roger y yo llevamos a los dos agentes para que se reunieran con los maquis locales con los que tendrian que colaborar.

Cuando llegamos al campamento, las primeras personas a las que vimos fueron Jean Grimaud, el amigo de mi padre, y Jules Fournier, el cunado del alcalde. Solo logre reconocerles por su postura y su mirada, pues a ambos les habian crecido sendas barbas lanosas y sus ropas estaban

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