me levanto la cara para que la mirara a los ojos.

– Simone, creo que hay personas en el Casino que se sienten celosas de la atencion que estas recibiendo. Que te satirice uno de los artistas mas famosos de Paris no tiene por que ser algo necesariamente malo.

Una noche, unas semanas antes de Navidades, regreso la esposa de Rivarola. Me la cruce mientras iba de camino a ver a la encargada de vestuario para que me arreglara un descosido en el dobladillo de la falda. Estaba de pie, cerca de la puerta de artistas, con las manos apretadas ante ella, mirando fijamente hacia el infinito. A pesar de la calefaccion, una corriente de aire frio recorrio el ambiente y senti un picor en el cuero cabelludo. Era como ver un fantasma de teatro al acecho. En secreto, habia estado temiendome que esto sucediera, pero lo ultimo que habia oido era que Maria estaba en Lisboa con un playboy aleman. Por el modo en el que se curvo su sonrisa carmesi y entrecerro los ojos cuando vio el vestido en mis manos, supe que estaba maldiciendo mi suerte y la de Rivarola.

Cuando llego el momento de nuestra primera actuacion, a pesar de las tres llamadas a escena y de que los tramoyistas le buscaron por todas partes, Rivarola parecia haberse esfumado. El director de escena y uno de sus ayudantes forzaron la puerta de su camerino, pero lo unico que encontraron fue un rastro de olor a tabaco en el aire polvoriento y un disco hecho pedazos y esparcido por el suelo.

– No quiero prescindir de usted, mademoiselle Fleurier -me dijo monsieur Volterra-. El publico y la critica la adoran, incluso mas que a Rivarola. -Se inclino hacia delante en la silla, que crujio bajo su peso, y se golpeo la barbilla con su pluma estilografica-. Deme una semana -me dijo-. Vere que puedo hacer.

Por supuesto, tratandose de monsieur Volterra, aquella iba a ser una semana sin sueldo, pero no tenia mucha opcion. Todos los grandes espectaculos ya estaban en fase de produccion y no realizarian audiciones en una temporada.

– Esta hablando con madame Piege sobre la coreografia para un nuevo numero -me conto monsieur Etienne, despues de no haber sabido nada de monsieur Volterra en diez dias.

– Genial -murmure-. Otra cancioncilla ridicula con numero de baile.

Me convocaron en el Casino de Paris unos dias despues y me avergonce inmediatamente de mi cinismo. Monsieur Volterra habia contratado, gastandose una cantidad considerable, a un autor para que me compusiera las canciones.

– Necesitamos algo impresionante para sustituir el tango de la subtrama -me explico monsieur Volterra, haciendome pasar a su despacho.

Me quede boquiabierta cuando vi al hombre de traje oscuro y bigotillo fino que nos estaba esperando. Vincent Scotto se levanto de su asiento y dio un paso adelante.

– Sera un placer trabajar con usted, mademoiselle Fleurier -me dijo, mirandome fijamente a la cara con sus ojos melancolicos-. Tengo algunas ideas que casaran perfectamente con su maravillosa voz.

Me sorprendio su tono de deferencia. Aquel era el hombre que habia escrito canciones para algunas de las estrellas mas importantes de Paris: Polin, Chevalier y Mistinguett. ?Y monsieur Volterra lo habia contratado para que escribiera especificamente para mi!

Todavia me aguardaba una sorpresa aun mayor cuando visite el departamento de vestuario para probarme mi traje. Erte, el disenador ruso, habia creado un vestido para mi. Aunque tenia un contrato con el Folies Bergere y ultimamente habia empezado a trabajar con los estudios MGM en Hollywood, monsieur Volterra habia logrado de algun modo convencerle de que hiciera una excepcion para confeccionarme un traje para el espectaculo. Cuando la encargada de vestuario aparto a un lado la cubierta de organza, me encanto comprobar la originalidad del vestido. Estaba hecho de brillante lame con aberturas alrededor de las costillas y la subida de las caderas. Las costuras lucian un ribete de perlas. El traje envolvia al maniqui como una cascada, no tenia ni un solo volante. Simplemente brillaba. De complemento, iba a llevar un par de alas emplumadas que se mantenian a medio metro por encima de mi cabeza y un tocado de perlas coronado por plumas.

– Dos costureras y un enfilador han tardado cinco dias con sus respectivas noches en terminarlo rapidamente -me explico la encargada de vestuario.

– Me lo creo -le respondi, entregandole mi abrigo a una de las ayudantes y quitandome de un golpe los zapatos.

No podia esperar para probarmelo todo.

Hicieron falta dos ayudantes para ponerme el traje y tan pronto como senti su peso comprendi por que las coristas del Casino de Paris eran tan esculturales. Hacia falta fuerza y una postura firme para llevar un tocado altisimo y aun asi moverse con un poco de elegancia. Trate de dar unos cuantos giros a izquierda y derecha y por poco me cai al suelo. Pero estaba decidida a dominar el traje, aunque fuera a costa de padecer torticolis y dolores de cabeza. Una mirada a aquel vestido bastaba para comprender que ese era el atuendo propio de una estrella.

Si habia trabajado hasta que me sangraron los pies para Rivarola, entonces lo hice hasta que me ardieron los pulmones para Scotto. Me daba la sensacion de que estaba recorriendo un pasillo magico donde todas las puertas estaban abiertas de par en par. Podia tomar el camino que deseara. Cantar canciones populares del momento era una cosa; cantar material compuesto exclusivamente para mi era otra muy distinta. Y cualquier empresario teatral, especialmente monsieur Volterra, no iba a gastarse el dinero en un compositor y cinco mil francos en un traje si no me considerara una verdadera inversion.

«Esta es tu gran oportunidad, Simone -me decia a mi misma todos los dias cuando llegaba al Casino-. Si no consigues levantar el vuelo con todo esto, nunca lo lograras».

Aquel pensamiento me daba escalofrios, pero tambien me estimulaba para trabajar duro.

Scotto escribio y perfecciono las canciones a la velocidad de la luz. A medida que se iba completando y coreografiando cada numero, lo ensayaba hasta que conseguia la aprobacion de monsieur Volterra. Despues, se incluia inmediatamente en el espectaculo, pues la huida de Rivarola habia dejado huecos en el programa que hacia falta llenar.

Desde mi primera noche en el escenario, los criticos se quedaron extasiados. Jacques Patin, el critico de Le Figaro, escribio:

Hace unos meses fue presentada en el Casino de Paris como una de las bailarinas clave. Ahora es una de las cantantes principales.

Simone Fleurier se entrega. Pone mas emocion en cada estrofa que la mayoria de los interpretes en una vida entera de trabajo.

Tiene una voz extraordinaria que, debido a su edad, confio en que lograra desarrollar mucho mas. Es una chica con un futuro formidable ante si.

Compre varias copias del periodico y le envie el articulo a mi familia, y a madame Tarasova y a Vera a Marsella. Guarde una copia bajo la almohada y era lo primero que leia por las mananas y lo ultimo que miraba por las noches antes de dormir. «Un futuro formidable.» Jacques Patin no decia esas cosas de casi nadie. Habia criticado duramente a Jacques Noir, aunque aquello no habia hecho mella en la popularidad del humorista: el espectaculo seguia vendiendo hasta la ultima entrada todas las noches. Ya no se me consideraba una dulce nina que cantaba cancioncillas vestida de volantes, ni la esclava de Rivarola. Una energia sublime me poseia desde la punta de los dedos de los pies hasta la coronilla. Me volvi mas duena de mi misma, y cuando caminaba o bailaba era como una mariposa que acababa de salir de su capullo y que sorprendia a todos con la transformacion.

Cuando llego la Navidad, todas mis canciones ya se habian incluido en el programa. Una tarde del ano nuevo, llegue al Casino de Paris para mi ensayo y me dirigi hacia la puerta de artistas. En ese momento, Jacques Noir salio por ella acompanado de su esposa, que caminaba discretamente varios pasos por detras de el. -Bonjour, monsieur Noir -le salude.

En mitad del torbellino embriagador producido por mi exito, me sentia llena de buena voluntad hacia todo el mundo y me habia olvidado de la parodia de Noir. El humorista me dedico una mirada glacial mientras su mujer fruncia el ceno. Bajaron la escalinata hasta donde su chofer les habia

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