Monsieur Etienne apreto los punos.
– Sabia que era algo por el estilo -murmuro entre dientes-. Esta no es la primera vez que Noir ha puesto en marcha una calumnia publicitaria de estas caracteristicas. Se desembaraza de cualquier artista con talento que percibe como una amenaza.
– ?Pero si yo ni siquiera hago la misma actuacion que el! - proteste.
– Si, pero ha recibido usted mejores criticas que el del mismo periodista -replico monsieur Etienne.
Se metio la mano en el bolsillo y me entrego su panuelo. Yo no estaba llorando, pero el miedo a ser despedida me escocia en los ojos. Si Jacques Noir mancillaba mi reputacion en el Casino de Paris, tendria dificultades para conseguir trabajo en cualquier otro sitio.
– ?Estaba simulando que se encontraba mal? -pregunte-. ?Era todo una trampa?
Monsieur Etienne nego con la cabeza.
– Esa parte era real. Es por los nervios. Solo lo saben unas pocas personas y Volterra hace oidos sordos porque se imagina que sencillamente es parte de la rutina de Noir. Es muy desafortunado que se tropezara usted con el precisamente entonces. Esta tratando de utilizar todas sus municiones contra usted antes de que sea usted la que las use contra el. Si acude a los columnistas de la prensa sensacionalista y les cuenta el cotilleo, el rebatira que lo esta usted haciendo en venganza porque la han despedido.
Monsieur Etienne decidio que era mejor que el mismo le explicara la situacion a monsieur Volterra, en caso de que la discusion subiera de tono. Tenia los nervios de punta y estaba gastando todas mis energias en hablar con un minimo de coherencia. Regrese a mi hotel en taxi y tan pronto como abri la puerta de mi habitacion me desplome en una silla.
– Murrr -ronroneo
Le masajee el lomo y hundi los dedos en su pelaje color lavanda. Habia adquirido a mi amiguita comprandosela una anciana que me encontre una manana cuando paseaba por el Pare de Monceau.
– Un acompanante es lo que usted necesita -afirmo una voz.
Me volvi para ver a una anciana sonriendome y senalando una cesta cubierta con una manta que habia colocado en el banco junto a ella. Incapaz de resistir la curiosidad, me aproxime a la mujer y ella levanto una esquina de la manta. Cuatro gatitos me miraron desde el interior. Meti el dedo a traves del mimbre para jugar con ellos.
– Un gato es la mejor cura contra la soledad -me dijo la mujer.
Me contemplo con sus ojos de azul desvaido como si estuviera tratando de ver mi interior y descubrir que tipo de persona era. Me pregunte si mi soledad seria tan obvia o si simplemente era la manera que tenia de atraer a la gente. Llevaba puesto un abrigo color oliva con un ribete negro y el cabello grisaceo cubierto por un sombrero de terciopelo. Supuse que tenia aproximadamente setenta anos, pero le temblaban las manos con la fragilidad de una persona mucho mayor. En conjunto, no parecia el tipo de mujer que estuviera buscando grandes beneficios y, si lo era, no habia elegido un buen lugar. Las unicas personas a las que iba a encontrar en el Pare de Monceau en aquel momento del dia eran ricos, que no se dejaban enternecer por tristes historias, o las nineras de los hijos de los ricos, que tenian orden de no hablar con nadie. Y, sin embargo, tambien me habia encontrado a mi, y yo no entraba en ninguna de esas dos categorias.
– Entonces me llevare todos -le dije, echandome a reir.
– Solo uno por persona -me respondio la mujer-. Cada uno de ellos requiere atencion especial. Y, ademas, tengo que ver donde vive usted antes de tomar una decision.
Mostrarle donde vivia a una extrana no parecia una idea demasiado sensata, aunque la mujer tenia un aspecto bastante inofensivo.
– ?Que tipo de gatos son? -le pregunte.
– Azules rusos. Su padre es uno de los descendientes de
Dijo aquello con tanta naturalidad que yo no hubiera podido asegurar si me estaba mintiendo o no.
Jugue con aquellas agitadas bolas de pelo. Me recordaron lo mucho que echaba de menos la compania de mis mascotas de la finca. Ahora que tenia una habitacion calida, podia permitirme alimentar otra boca. Quiza un gatito seria un buen balsamo contra mi soledad. Todos tenian un aspecto saludable, pero uno de ellos en particular no apartaba los ojos de mi.
La mujer dejo escapar una carcajada que termino en un acceso de tos. Se metio la mano en el abrigo en busca de un panuelo. Cuando lo sacudio, floto por el ambiente un aroma a lirio de los valles. Se apreto la tela contra la boca, se aclaro la garganta y, cuando se recompuso, me dijo:
– Esta es
Me quede encandilada por la dulce expresion de
– Me la quedo -anuncie.
– Cuesta quinientos francos -respondio la mujer.
Abri los ojos como platos de asombro. Era el doble de mi tarifa por una actuacion. ?De verdad que la gente pagaba tanto por un gato? Quiza, al verme en el Pare de Monceau y bien vestida, la mujer habia pensado que yo era mas rica de lo que en realidad era. Y, sin embargo, razone, ahora me hacia ilusion comprarme la gatita y habia pagado mucho mas por las sillas de piel de leopardo. Al fin y al cabo,
Asenti.
– ?Quiere usted ver donde vivo ahora mismo?
La mujer me dio unas palmaditas en la mano.
– No, ire manana a esta misma hora. Tome -me dijo, abriendo un cuaderno y entregandomelo-, escriba aqui su direccion.
Hice lo que me pedia.
– Soy madame Ducroix, por cierto -anadio, tendiendome la mano.
– Yo me llamo Simone Fleurier -respondi, alargando la mano para corresponder al saludo.
– Oh, ya se quien es usted -replico la mujer y me guino un ojo.
Madame Ducroix llego a la manana siguiente con
– Muy bonita -comento la anciana mientras admiraba mi habitacion.
Justo despues de salir del parque el dia anterior, me habia ido de compras y habia adquirido unas alfombras, un juego de te decorado con flores y una bandeja de cristal sobre la que acababa de colocar una tarta de higos de la
