– Yo me siento rara de pensar que vas a tener un hijo… increible como pasa el tiempo, ?verdad? Me acuerdo cuando hablabamos de todas estas cosas enclavadas en mi cuarto… -cerro los ojos y echo la cabeza para atras en el sofa. Vio a las dos ninas avidas contemplando las laminas de un libro de la tia Ines que se titulaba El milagro de la vida.

– Si -dijo Sara, en el mismo tono nostalgico- ya crecimos… ya pronto seremos viejas, tendremos nietos y nos parecera mentira.

?Tendria nietos? penso Lavinia, ahogada por la nostalgia y la imposibilidad de visualizar su futuro con la seguridad de Sara. Quizas no tendria ni hijos.

Abrio los ojos y miro, como lo hacia tantas veces, la casa, el jardin y su amiga sentada languidamente, sorbiendo el cafe. Siempre le desconcertaba la sensacion de pensar que esa podria haber sido ella, su vida. Era observar la bifurcacion de los caminos, las opciones. Habia escogido otra; una que cada vez la alejaba mas de esas tardes frente a los tiestos de begonias y rosas, la loza blanca y fina de Sara en la mesa junto al verde patio interior, los nietos, la perspectiva de una vejez de trenzas blancas. Pero su opcion la alejaba tambien de la indiferencia, de este tiempo aislado, protegido, irreal. Estaba segura que no habria sido feliz asi, aunque le habria gustado pensar en hijos, en un mundo acogedor…

– ?Y vos todavia no pensas casarte, tener hijos? -pregunto Sara.

– No. Todavia no -respondio.

– Siempre me estoy preocupando por vos. No se por que siempre temo que te enredes, que te dejes llevar por esos impulsos tuyos. Aunque siempre me decias “mistica”, pienso que de las dos, vos sos la mas romantica e idealista. Tenes mas dificultades para aceptar el mundo como es.

– El mundo no “es” de ninguna manera, Sara. Ese es el problema. Somos nosotros quienes lo hacemos de un modo u otro.

– No. No acepto eso. Nosotros no somos quienes decidimos. Es otra gente. Nosotros somos solamente monton, gentecita cualquiera… ?Queres otra galleta? -dijo, extendiendole el plato con las galletas de coco.

– Esa es una vision comoda -dijo Lavinia, tomando la galleta y mirando al patio con expresion ausente. Frecuentemente entraba en discusiones asi con Sara. Nunca sabia si valia la pena continuarlas. Generalmente extinguia la conversacion, la apagaba a punto de desgano.

– ?Pero que se puede hacer? decime; aqui, por ejemplo, ?que podemos hacer?

– No se, no se -dijo Lavinia-, pero algo se podra hacer…

– No queres aceptarlo, pero la realidad es que nada se puede hacer. Ya ves vos, con todo y tus ideas, te tienen disenandole la casa del general ese…

– Si, pues, y que sabemos… a lo mejor convenzo al general de que deberian preocuparse mas por la miseria de la gente… -y adopto un tono de broma, de fin de conversacion-. Vamos, Sara, hablemos de tu futuro nino. Nunca llegamos a ninguna parte con este tema.

Se quedo un rato mas conversando con la amiga. El domingo estaban invitadas a un paseo en la hacienda de unos conocidos. Era el cumpleanos del anfitrion. La hacienda tenia piscina y el paseo prometia ser muy alegre. Se pusieron de acuerdo para irse juntas.

– ?No vas a llevar a Felipe? -pregunto Sara.

– No. Ya sabes que a Felipe no le gustan las fiestas.

– Nunca he conocido un ser mas antisocial que ese novio tuyo -dijo Sara- pero en fin, es mejor, asi platicaremos mas en confianza.

Al salir se encontro con Adrian de regreso de la oficina. Lo felicito. El acepto las felicitaciones inhibido, con actitud de nino gracioso. Lavinia sonrio para sus adentros, confirmando su tesis de que si bien seguramente estaba feliz, no podia manejar muy bien su participacion en el acontecimiento. No haber hecho ningun comentario cinico o socarron, era la mejor prueba de su emocion. Sin embargo, Sara no podia percibirlo esperando, como esperaba, el abrazo jubiloso de las peliculas.

Le gustaba hacer el amor con musica. Dejarse ir en la marea de besos con musica de fondo, musica suave como el cuerpo sinuoso que le surgia en la cama. Era extraordinario, pensaba, como el cuerpo podia ser tan ductil y cambiante. En el dia, soldadito de plomo caminando marcialmente entre las calles, de oficina en oficina, sentandose erecta en sillas duras e incomodas; por la noche, no bien la musica, el tacto y los besos, abandonandose suave, liviana, distendiendose en la imaginacion del placer, sorbiendo el roce de otra piel, ronroneando.

No concebia que pudiera alguna vez perder la sensacion de maravilla y asombro cada vez que los cuerpos desnudos se encontraban.

Siempre habia un momento de tensa expectativa, de umbral y dicha, cuando el ultimo vestigio de tela y ropa caia derrotado al lado de la cama y la piel lisa, rosada, transparente surgia entre las sabanas iluminando la noche con luz propia. Era siempre un instante primigenio, simbolico. Quedar desnuda, vulnerable, abiertos poros frente a otro ser humano tambien piel extendida. Eran entonces las miradas profundas, el deseo y aquellas acciones previsibles y, sin embargo, nuevas en su antiguedad: la aproximacion, el contacto, las manos descubriendo continentes, palmos de piel conocidos y vueltos a conocer cada vez. Le gustaba que Felipe entrara en el ritmo lento de un tiempo sin prisa. Habia tenido que ensenarle a disfrutar el movimiento en camara lenta de las caricias, el juego languido hasta llegar a la exasperacion, hasta provocar el rompimiento de los diques de la paciencia y cambiar el tiempo de la provocacion y el coqueteo por la pasion, los desatados jinetes de un apocalipsis de final feliz.

Sus cuerpos se entendian mucho mejor que ellos mismos, pensaba, mientras sentia el peso de Felipe acomodarse sobre sus piernas, agotado.

Desde el principio se descubrieron sibaritas del amor, desinhibidos y puberes en la cama. Les gustaba la exploracion, el alpinismo, la pesca submarina, el universo de novas y meteoritos.

Eran Marco Polo de esencias y azafranes; sus cuerpos y todas sus funciones les eran naturales y gozosas.

– No dejas de sorprenderme -le decia el, tirandole carinosamente del pelo en la manana-, me has hecho adicto de este negocio, de esos quejiditos tuyos.

– Vos tambien -respondia ella.

La cama era su Conferencia de Naciones, el salon donde saldaban las disputas, la confluencia de sus separaciones. Para Lavinia era misterioso aquello de poderse comunicar tan profundamente a nivel de la epidermis cuando frecuentemente se confundian en el terreno de las palabras. No le parecia logico, pero asi funcionaba. En ese ambito habian conquistado la igualdad y la justicia, la vulnerabilidad y la confianza; tenian el mismo poder el uno frente al otro.

“Es que hablar muchas veces enreda” decia Felipe y ella discutia que no. Es mas, estaba convencida que no era asi, hablando se entendian los seres humanos. Lo de los cuerpos era otra cosa, un impulso primario extremadamente poderoso pero que no saldaba las diferencias, aun cuando permitiera las reconciliaciones tiernas, las caricias de nuevo. Era mas bien peligroso, argumentaba ella, pensar que los conflictos se resolvian asi. Podian acumularse bajo la piel, irse agazapando entre los dientes, corroer ese territorio aparentemente neutral, agrietar la Conferencia de Naciones.

Era portentoso que aun no hubiese sucedido, teniendo en cuenta los frecuentes encontronazos. Tal vez se debia a que, en el fondo, cuando discutian, Lavinia separaba al Felipe que amaba del otro Felipe, el que ella consideraba no hablaba por si mismo, sino como encarnacion de un antiguo discurso lamentable: su nino malo que ella deseaba redimir, expulsar del otro Felipe que ella amaba.

Flor solia decirle que era demasiado optimista pensando poder liberar a su Felipe del otro Felipe; pero le concedia la esperanza.

La esperanza era quizas el mecanismo que le permitia conservar la musica cuando hacian el amor, aunque quizas fuera solamente un mecanismo de defensa inventado por ella contra la desilusion y el pesimismo de pensar en la imposibilidad de un cambio… ?Como creer tan fervientemente en la posibilidad de cambiar la sociedad y negarse a creer en el cambio de los hombres? “Es mucho mas complejo” opinaba Flor, pero a ella no le satisfacian esas teorias. No negaba la complejidad del problema, ni era ilusa de pensar en soluciones faciles. Le parecia que el meollo del asunto era un problema de metodo. ?Como se provocaba el cambio? ?Como actuaba la mujer frente al hombre, que hacia para rescatar al “otro”?

Se abrazo a la espalda de Felipe dormido y dejandose invadir por el sueno se evadio de aquellas incertidumbres.

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