– ?Eso no, querida! La vida puede reservarnos cualquier cosa, pero esa. No! No obstante, si he de decirte la verdad preveo el dia en-.que todos tendremos libertad de acercarnos mutuamente dentro de los limites de la cortesia. En vez del lenguaje actual, existiran expresiones nuevas para hombres y para mujeres. «Senora, ?desea usted pasear conmigo?», «Senor, ?quiere usted mi compania?». Quiza no sera la edad de -oro, pero cuando menos sera la de oropel. Ahi esta Paddington Gate. ?Tendrias animos de tomarle el pelo a un policia de aspecto tan noble como ese? Ven, atravesemos. Mientras entraban en la estacion de Paddington, continuo
– Tu tia ya se habra acostado y, por lo tanto, cenare contigo en el restaurante. Tomaremos un poco de champana y el resto, o yo no conozco nuestras estaciones, estara compuesto por sopa de cola de buey, pescado hervido,
– Tio Lawrence – dijo Dinny cuando hubieron llegado al
– Ningun hombre que sea patriota dice la verdad, solo la verdad y unicamente la verdad sobre este asunto. Sea como fuere, los americanos, al igual que los ingleses, pueden dividirse en dos clases: en americanos «y» americanos. En otras palabras, los hay buenos y malos.
– ?Por que no nos sentimos mas de acuerdo con ellos? – Es muy sencillo. Los ingleses que hemos definido como malos no se sienten de acuerdo con ellos, porque los americanos, tienen mas dinero que nosotros; los ingleses que hemos definido como buenos, no se encuentran a sus anchas con ellos, como deberian, porque los americanos son demasiado expansivos y el tono de voz del americano resulta desagradable al oido ingles. Puedes invertir los terminos, si quieres. Los americanos de la clase de los malos no se encuentran bien con nosotros porque el acento ingles les es desagradable; los americanos de la clase de los buenos no nos pueden tragar porque somos reservados y refunfunones.
– ?No crees que quieren que las cosas sucedan demasiado a su manera?
– Nosotros tambien lo' deseamos, querida. Pero no se trata de esto. Lo que nos separa es la educacion, la educacion y el lenguaje.
– ?De que modo?
– Indudablemente, poseer un idioma que un dia fue identico es una trampa. Tenemos que esperar que el habla americana se desarrolle en forma tal que se llegue a la necesidad del estudio reciproco.
– ?Por que esa curiosidad hacia los americanos?
– El lunes tendre que encontrarme con el profesor Hallorsen.
– ?El heroe de Bolivia? Quiero darte un consejo, Dinny. Dale siempre la razon y, como un pajarito, acabara comiendo en tu mano. Hazle reconocer que el error fue suyo y no lograras nada.
– No. Tengo intencion de conservar la calma.
– Se prudente y no precipites las cosas. Si has terminado de comer sera preciso que nos vayamos, querida: faltan cinco minutos para las ocho.
La acompano hasta el vagon, le compro una revista y, mientras el tren se ponia en marcha, le dijo
– ?Lanzale tu mirada boticeliana, Dinny! ?Lanzale tu mirada boticeliana!
CAPITULO VII
El lunes por la noche Adrian meditaba acerca de Chelsea, mientras se iba acercando a los edificios de aquel barrio. Recordaba que, aun en las postrimerias del periodo victoriano, la vida de sus habitantes era mas bien trogloditica. Habia personas evidentemente dispuestas a doblar la cabeza y, aca y aculla, algun personaje eminente o del todo historico. Mujeres de faenas, artistas que esperaban poder pagar el alquiler, escritores que vivian con pocos chelines diarios, senoras dispuestas a desnudarse por un chelin la hora, parejas que estaban madurando para el Tribunal de Divorcio, gente que gustaba de beber en compania de los adoradores de Turner, Carlyle, Rossetti y Whisteler; algunos publicanos, bastantes pecadores y un reducido numero de personas que comian cordero cuatro veces por semana. La respetabilidad habiase ido acumulando gradualmente a lo largo de la ribera del rio, donde ahora se estaban construyendo solidos edificios, e inundaba la incorregible King's Road, emergiendo en las tiendas de arte y de modas.
La casa de Diana se hallaba en Oakley Street. La recordaba como una casa sin ningun caracter que la distinguiese de las demas cuando vivia en ella una familia de «comedores de cordero»; pero durante los seis anos de residencia de Diana se habia convertido en uno de los nidos mas seductores de Londres. Las hermosas hermanas Montjoy estaban esparcidas entre la alta sociedad, y el las habia conocido a todas; pero Diana era la mas joven, la mas graciosa, la mas espiritual y la de mejor gusto. Era una de esas mujeres que, con muy poco dinero y sin poner jamas en juego su virtud, logran rodearse de elegancia, hasta el punto de despertar la envidia de los demas.
Desde los dos ninos al perro collie (casi el unico que quedaba en Londres), desde el clavicordio al lecho de columnitas, desde las cristalerias de Bristol al tapizado de los sillones y a las alfombras, todo parecia irradiar buen gusto y ser motivo de bienestar para su poseedor. Ella tambien producia una sensacion de bienestar, con su figura todavia perfecta, sus ojos negros, limpidos y llenos de vida, su rostro, ovalado de cutis marfileno y su acento ligeramente cantarin. Todas las hermanas Montjoy tenian aquel acento ligeramente cantarin – heredado de la madre, de origen escoces -, y en el curso de treinta anos, este acento habia tenido su influencia sobre el de la sociedad inglesa.
Cuando Adrian se preguntaba por que razon Diana, con sus rentas extremadamente reducidas, tenia tanto exito en sociedad, solia recurrir a la imagen del camello. Las dos jorobas del animal representaban a las dos secciones de la Sociedad (con S mayuscula) reunidas por un puente que, generalmente, no se volvia a cruzar despues de haberlo hecho por primera vez. Los Montjoy, antigua familia de propietarios en Dumfriesshire, unidos en el pasado con innumerables familias de la nobleza, tenian un lugar hereditario encima de la joroba anterior. Pero era un sitio algo incomodo, porque, debido a la cabeza del camello, se gozaba de una vista muy limitada.
A Diana la invitaban a menudo en aquellas grandes moradas donde las principales ocupaciones consistian en la caza con perros y escopetas, en el patrocinio de los hospitales, en las funciones de la Corte y en las fiestas de presentacion de las jovenes que debutaban en Sociedad. Pero, como el bien sabia, no solia ir a menudo. Preferia quedarse sentada sobre la joroba posterior, mirando el amplio y estimulante panorama que se extendia mas alla de la cola del camello.
– ?Que extrana coleccion de personas habia encima de aquella joroba posterior! Muchos, como Diana, llegaban desde la primera joroba, cruzando el puente; algunos subian por la cola y otros le caian encima, llovidos del cielo, o -como la gente a veces suele decir – de America.
Adrian sabia que para ocupar un puesto sobre aquella joroba era necesaria cierta agilidad en diversos campos, una memoria excelente para poder relatar desenfadadamente cosas leidas y oidas, o bien una capacidad mental natural. De no poseer alguna de estas cualidades, se podia comparecer una primera vez sobre aquella joroba, pero jamas la segunda. Naturalmente, era necesario tener una gran personalidad, pero no debia de ser una personalidad de esas que ocultan su brillantez. La preeminencia en alguna rama de las actividades humanas era cosa deseable, pero sin ser condicion sine qua non. Se acogia bien a la sangre azul, siempre que no estuviese acompanada de altaneria. El dinero resutaba una buena recomendacion, pero su sola posesion no le proporcionaba sitio a uno. La belleza era un pasaporte, si a ella se unia cierta vivacidad: Adrian tambien se habia dado cuenta de que el conocer las cosas de arte tenia mas valor que el poderlas producir, y que se aceptaban las posiciones burocraticas si no eran demasiado silenciosas' ni excesivamente aridas. Habia gente que parecia haber llegado hasta alli mediante una aptitud especial para los manejos «entre bastidores» y para tener las manos metidas en la masa. Pero lo mas importante era saber conversar.
Desde aquella joroba posterior se tiraba de innumerables hilos, pero Adrian no estaba seguro de que sirvieran para guiar la marcha del camello, a pesar de lo que pudiesen creer las personas que tiraban de ellos. Sabia que entre ese grupo heterogeneo, cuya razon de vivir eran los constantes banquetes, Diana tenia un puesto seguro. Sabia tambien que hubiese podido alimentarse sin gastos desde una Navidad a otra y que no hubiera tenido
