– Se lastimo un tobillo y yo sufri una luxacion en una rodilla. El llego cojeando hasta la puerta del gimnasio, pero yo no pude moverme. Ambos tuvimos que guardar cama el resto del semestre, y luego yo me fui -Lord Saxenen emitio una risita -. De modo que aun le debo tres platos de fresas. – Yo crei que en America tomabamos buenos desayunos – dijo Hallorsen -, pero veo que no son nada comparados ron este.

– ?Conoce usted a lord Saxenden?

Lord Saxenden – repitio Hallorsen, con una inclinacion.

– Encantado. En America no tienen ustedes perdices como las nuestras, ?verdad?

– Creo que no. Espero ansiosamente poder cazar esos pajaros. Este cafe es excelente, senorita Cherrell.

– Si – dijo Dinny -. Tia Em se siente muy orgullosa de su cafe.

Lord Saxenden asumio su actitud envarada

– Pruebe este jamon. No he leido su libro todavia.

– Permitame usted que le envie un ejemplar. Me sentiria honradisimo si quisiera usted leerlo.

Lord Saxenden continuo comiendo.

– Si, deberia usted leerlo, lord Saxenden – repuso Dinny -. Yo le enviare otro que trata del mismo asunto.

Lord Saxenden les miro maravillado.

– Muy amables los dos – dijo -. ?Es esa la mermelada de fresa? – y tendio la mano para cogerla.

– Senorita Cherrell – pronuncio Hallorsen en voz queda ~, me encantaria que leyese usted mi libro y que senalase los parrafos que le parezcan perjudiciales para la reputacion de su hermano. Cuando lo escribi, estaba fuera de quicio.

– Temo no comprender de que serviria ahora.

– Asi podria -hacerlos suprimir en la segunda edicion, si usted lo desea.

– Es muy noble por su parte, profesor – repuso Dinny, glacialmente -, pero el dano ya esta hecho.

Hallorsen dijo en voz aun mas queda

– Me duele terriblemente haberla molestado a usted. Una sensacion de ira, de triunfo, de calculo, de humorismo, que quiza solo podia resumirse en las palabras: «?Ah, si? ?De veras?», invadio a Dinny de cabeza a pies.

– Es a mi hermano a quien usted ha herido.

– ?Ah! Pero esto podria arreglarse si nos encontrasemos el y yo.

– ?Quien sabe! – dijo Dinny, levantandose. Tambien Hallorsen se puso en pie y se inclino. «Terriblemente educado», penso la joven.

Paso toda la manana leyendo el Diario en un rincon del jardin, tan escondido entre los, setos de tejos, que formaba un refugio perfecto. El sol era calido y sedante el zumbido de las abejas entre las dalias, las malvas y las margaritas gigantes. En aquel angulo apartado volvio a sentir nuevamente una profunda repugnancia ante.la idea de dar como pasto al mundo los mas intimos sentimientos de Hubert. El Diario, desde luego, no era planidero, pero revelaba las heridas espirituales y fisicas, con la viveza de un recuerdo unicamente destinado a la lectura de quien lo escribio. De vez en cuando llegaba hasta ella el rumor de los disparos; al cabo de cierto tiempo apoyo los codos sobre el seto de tejos y comenzo a mirar hacia los campos en donde estaban los cazadores.

– Ah, ?estas ahi? – dijo una voz.

Su tia, con un sombrero de paja tan amplio que le cubria incluso los hombros, estaba abajo con dos jardineros.

– Voy a reunirme contigo, Dinny. Vosotros, Boswell y Johnson, os podeis marchar. Esta tarde examinaremos las verdolagas. – Miro hacia arriba, cubierta por el ladeado y enorme halo de su sombrero. – Es mallorquin -dijo-. ?Protege estupendamente!

– ?Boswell y Johnson, tia!

– Ya teniamos a Boswell, pero tu tio no paro hasta encontrar a Johnson. Los hace ir siempre juntos. ?Tu crees en el doctor Johnson, Dinny?

– Creo que hizo demasiado uso de la palabra «Sir».

– Fleur se me ha llevado las tijeras que uso en el jardin. ?Que es eso, Dinny?

– El Diario de Hubert. – ?Deprimente?

– Si…

– Le he echado un vistazo al profesor Hallorsen. Necesita que le achiquen un poco.

– Comenzando por su desfachatez, tia Em.

– Espero que mataran unas cuantas liebres – dijo lady Mont -. Es muy agradable tener en casa sopa de liebre. Wilmet y Henrietta Bentworth estan de acuerdo en quedarse cada una conforme con su propia opinion.

– ?A proposito de que?

– Bueno, no me he molestado en escucharlo, pero creo que sobre el P. M., ?o bien era sobre las verdolagas? Discuten por cualquier cosa. Hen ha frecuentado siempre la Corte, ?sabes?

– ?Es una mujer fatal?

– Es una mujer muy agradable. La quiero, pero charla demasiado. ?Que vas a hacer con ese Diario?

– Quiero ensenarselo a Michael y pedirle consejo.

– No sigas sus consejos – repuso lady Mont -. Es un buen muchacho, pero no le hagas caso. Conoce a una cantidad de gente extrana, tales como editores y otros por el estilo.

– Precisamente por eso quiero pedirselo.

– Pideselo a Fleur: ella tiene cabeza. ?Teneis estas dalias en Condaford? ?Sabes, Dinny?, me parece que Adrian se esta volviendo chiflado.

.- ?Tia Em!

– Siempre esta pensando en las musaranas y no creo que tenga un solo punto del cuerpo en donde haya carne suficiente para clavarle la punta de un alfiler. Desde luego no deberia decirtelo, pero pienso que tendria que casarse con ella.

– Yo tambien lo creo asi, tia.

– Bueno, pues no quiere hacerlo. -- Quizas es ella quien no quiere.

– Ninguno de los dos. De modo que no se como se puede arreglar eso. Ella ya tiene cuarenta anos.

– ?Cuantos tiene tio Adrian?

– Es el mas joven, exceptuando a Lionel. Yo tengo cincuenta y nueve – dijo lady Mont con firmeza -. Yo se que tengo cincuenta y nueve, y tu padre tiene sesenta. Tu abuela no puso mucho tiempo por medio en aquella epoca. Nacimos uno tras otro. ?Que piensas «tu» sobre eso de tener hijos? Dinny contesto:

– Me parece una cosa buena, si se tienen con moderacion. – Fleur va a tener otro en marzo. Es un mal mes…, ?la muy descuidada! ?Cuando piensas casarte, Dinny? -Cuando mis esperanzas juveniles queden cumplidas; antes, no.

– Eso es muy prudente. Pero no debes casarte con un americano.

Dinny se sonrojo, sonrio ligeramente y pregunto – ?Por que habia de casarme con un americano?

– No se sabe -respondio lady Mont, arrancando una flor marchita -. Depende de lo que nos rodee. Cuando me case can Lawrence, siempre me estaba rondando.

– Y todavia lo esta. Es maravilloso, ?verdad? – ?No seas maliciosa!

Lady Mont parecio sumirse en un ensueno, de modo que su sombrero aparentaba ser mas grande que nunca.

– Y hablando de matrimonio, tia Em, me gustaria conocer a una muchacha para Hubert. ?Tiene tanta necesidad de distraerse!

– Tu tio tendria que hacerle distraer con una bailarina – repuso lady Mont.

– A lo mejor el tio Hilary conoce a alguna y se la puede recomendar.

– Eres mala, Dinny. Siempre he creido que lo eras. Pero dejame pensar. Hay una muchacha; no, esta casada.

– Quiza ya se habra divorciado.

– No. Creo que se esta divorciando, pero eso requiere mucho tiempo. Es una criatura encantadora.

– Estoy segura. Ponte a pensar otra vez, tia.

– Estas abejas – replico su tia – pertenecen a Boswell. Son italianas. Lawrence dice que son fascistas.

– Parecen unas abejas muy activas.

– Si, vuelan mucho y si las molestas te clavan el aguijon. Pero conmigo son buenas.

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