– Querida, tienes una en el sombrero. ?He de quitarla?
– ?Espera! -exclamo lady Mont, echando el sombrero hacia atras y entreabriendo la boca -. ?He pensado en una!
– En una, ?que?
– Se trata de Jean Tasburgh, la hija de nuestro Rector. Es una familia muy buena. Sin dinero, desde luego.
– ?Ni siquiera tienen un poco?
Lady Mont meneo la cabeza y su sombrero oscilo.
– Ninguna Jean ha tenido jamas dinero. Pero la muchacha es bonita. Parece un leopardo hembra.
– ?Podria echarle una ojeada, tia? Se bastante bien lo que no le gusta a Hubert.
– La invitare a cenar. Comen bastante mal. Una vez nos casamos con un Tasburgh. Creo que fue durante el reinado de algun Jacobo, de modo que es prima nuestra, aunque terriblemente lejana. La familia tiene tambien un hijo. Sirve en la Marina. Es un verdadero marino, ?sabes?, y sin bigote. Me parece que ahora esta en la Rectoria, con
– Licencia, tia Em.
– Ya se que he dicho mal esa palabra. Por favor, quitame la abeja del sombrero.
Con un panuelo, Dinny quito del gran sombrero la pequena abeja y se la puso junto a un oido.
– Me gusta oirlas zumbar – dijo.
– Le invitare tambien a el – prosiguio su tia -. Se llama Alan. Es un buen muchacho. – Miro los cabellos de Dinny. -
Color nispero, diria yo. Creo que tiene un buen porvenir, pero no se cual es. Durante la guerra le hicieron saltar por los aires. – Espero que bajara entero.
– Si, y le han recompensado con algo. Dice que ahora en la Marina se respira mal. Todo son angulos, ?sabes?, y ruedas olores. Tienes que preguntarselo.
– Y a proposito de la muchacha, tia, ?que quieres decir cuando la comparas con un leopardo?
– Bueno, te mira y tu experimentas la sensacion de que vas a ver salir de un rincon a sus cachorros. Su madre murio. Ella es quien dirige la casa.
– ?Y dirigiria tambien a Hubert?
– No; pero haria correr a quien intentara hacerlo.
– Quizas es lo que nos conviene. ?Quieres que vaya a la Rectoria a llevarle una tarjeta de invitacion?
– Enviare a Boswell y Johnson. – Lady Mont miro su reloj de pulsera -. No, estaran almorzando. Iremos nosotras, Dinny. No esta mas que a un cuarto de milla. ?Es inconveniente mi sombrero?
– Todo lo contrario, querida
– Bien; entonces podemos salir por aquel 'lado.
Se dirigieron hacia el otro extremo del jardin adornado con tejos, bajaron unos peldanos, entraron en una larga avenida tapizada de hierba, pasaron por una cancela de madera y, poco despues, llegaron a la Rectoria. Dinny se quedo en el portico sombreado por la yedra, detras del sombrero de su tia. La puerta estaba abierta y una entrada revestida con paneles de madera, semioscura y con olor a pot pourri y a madera vieja, parecia invitarlas a entrar. Desde el interior una voz de mujer llamo
– ?A-lan!
Una voz masculina contesto
–
– No hay ninguna campanilla – observo lady Mont. -. Es mejor que palmoteemos.
Dieron una palmada, al unisono.
Un hombre joven, en traje de franela gris, aparecio en el umbral de la puerta. Tenia un rostro ancho y moreno, cabellos negros y ojos grises, profundos y de mirada firme.
– ? Oh! – Dijo -. ? Lady Mont! ? Eh! ? Jean!
Luego, encontrando los ojos de Dinny tras el borde del sombrero, sonrio como lo hacen en la Marina.
– Alan, ?pueden venir a cenar esta noche usted y Jean? Dinny, este es Alan Tasburgh. ?Le gusta mi sombrero?
– Es sorprendente, lady Mont.
Entretanto, se les estaba acercando una muchacha hecha toda de una pieza y aparentemente montada sobre un muelle de acero. Llevaba una falda y una blusa sin mangas, color leonado, y del mismo tono eran sus brazos y sus mejillas. Dinny comprendio lo que su tia habia querido decir. El rostro, ancho en los pomulos, terminaba en una barbilla, punta; los ojos, de un gris verdoso, hundidos bajo las pestanas largas y negras, tenian una mirada firme y parecian iluminados interiormente; la nariz era fina; la frente, baja y ancha, y los cabellos, castano- oscuro, los llevaba cortos.
«?Quien sabe!», penso Dinny.
Luego, cuando la muchacha sonrio, un estremecimiento le corrio por todo el cuerpo.
– Esta es Jean – dijo su tia -. Mi sobrina, Dinny Cherrell.
Una mano morena y delgada apreto con fuerza la de Dinny. – ?Donde esta su padre? – continuo lady Mont.
– Papa ha ido a una conferencia eclesiastica. Yo deseaba que me llevase consigo, pero no ha querido.
– Entonces, sospecho que estara en Londres, frecuentando los teatros.
Dinny vio a la muchacha lanzar una mirada a su tia, decidir que era lady Mont y sonreir. Alan reia.
– ?Asi, vendran los dos a cenar? A las ocho y cuarto. Dinny, debemos regresar para el almuerzo. ?Golondrinas ?- anadio, saliendo del portico.
– Tenemos invitados – explico Dinny al ver que el joven levantaba las cejas con expresion de interrogacion -. Quiere decir chaqueta con cola de golondrina, o sea, frac y corbata.
– ?Oh! ?Ah! El babero mejor y el camisolin, Jean.
Los hermanos se cogieron del brazo y se quedaron bajo el portico. «Muy simpatico», penso Dinny.
– ?Bien? – dijo su tia cuando estuvieron nuevamente en la avenida alfombrada de hierba.
– Si, he observado bien a la leopardita. Es muy bonita. Pero habria que tenerla sujeta con una correa.
– ?Ahi esta Boswell y Johnson! – exclamo lady Mont, como si se tratara de uno solo – ?Dios mio! ?Entonces deben ser ya mas dulas dos!
CAPITULO IX
Poco despues del almuerzo, al que Dinny y su tia llegaron con retraso, Adrian y las cuatro senoras mas jovenes, provistos de las sillas plegables dejadas por los cazadores, bajaban por un sendero hacia el lugar donde se concentraria la caceria principal de la tarde. Adrian caminaba junto a Diana y Cecilia Mushkam; delante de ellos iban Dinny y Fleur. Estas ultimas, primas politicas, no se habian visto desde hacia casi un ano y, de todos modos, se conocian poco. Dinny examinaba la cabeza que su tia la recomendara. Era redonda y firme, erguida bajo el sombrero. En su opinion, el rostro, gracioso, tenia una expresion algo dura, pero era expresivo. Llevaba un traje de corte excelente y su esbelta figura parecia la de una americana.
Dinny se dijo que de una fuente tan clara sacaria por lo menos un poco de sentido comun.
– Oi leer tu testimonio en el Tribunal. Fleur.
– ?Oh, eso! Era lo que deseaba Hilary, naturalmente. En realidad yo no se nada sobre esas muchachas. Son impenetrables. Hay personas, desde luego, que saben provocar las confidencias de los demas; yo no, y te aseguro que no me interesa. ?Encuentras que es mas facil conocer a las campesinas de tus tierras?
– Por aquellos alrededores todos han tenido que ver con mi familia desde hace tanto tiempo, que uno sabe lo que ha de saber casi antes que ellos mismos.
Fleur la escudrinaba atentamente.
– Si, me atrevo a decir que tu tienes mana, Dinny. Seras una antepasada maravillosa, pero no se quien podria hacerte el retrato. Es hora de que venga alguien que tenga el estilo de los primitivos italianos.
