La doncella personal de su tia estaba pasando una diminuta maquinilla por el cogote de Fleur, mientras Michael, situado en el umbral del vestidor, sostenia entre los dedos las Puntas de su corbata blanca.

Fleur se volvio.

– Hola, Dinny! Entra y sientate. Esta bien asi, Powers. Gracias. Ahora, Michael.

La doncella se fue y Michael avanzo para hacerse anudar la corbata.

– ?Listo! -,-dijo Fleur y, mirando a Dinny, anadio – ?Has venido para hablar de Saxenden?

– Si. Esta noche tengo que leerle unos parrafos del Diario de Hubert. La cuestion es la siguiente: ?cuales son los puntos adecuados a mi juventud e…

– ?Inocencia, no, Dinny? Jamas seras inocente, ?verdad, Michael?- emitio una risita en son de mofa.

– Jamas inocente, pero siempre virtuosa. De nina, Dinny, eras el mas corrompido de los angelitos. Siempre tenias aspecto de preguntarte por que te faltaban las alas. Era como un vivo deseo oculto.

– Probablemente me preguntaba por que me las habian arrancado.

– Hubieras tenido que llevar pantaloncitos largos y cazar mariposas, como las dos ninas de Gainsborough, en la Natio nal Gallery.

– Basta con esas amenidades – dijo Fleur -. Ha tocado ya la campana de la cena. Podeis ocupar mi salita y, si das un golpe, Michael entrara con un zapato, como si hubiera ratones.

– Esplendido – exclamo Dinny -. Pero creo que se portara como un cordero.

– Nunca se sabe – repuso Michael -. Se parece mas a un chivo.

– Esta es la habitacion – indico Fleur, mientras salian -. Cabinet particulier. ?Buena suerte!…

CAPITULO X

Sentada entre Hallorsen y el joven Tasburgh, Dinny veia oblicuamente a su tia y a lord Saxenden, al extremo de la mesa, y a Jean Tasburgh cerca del angulo, a su derecha. Era un magnifico leopardo. La piel leonada, las facciones irregulares, los ojos maravillosos de la joven, la fascinaban. Parecian fascinar tambien a lord Saxenden, cuyo rostro estaba mas colorado y mas genial de cuanto Dinny hubiera visto hasta entonces. Sus atenciones para con Jean, efectivamente, obligaban a lady Mont a contentarse con la conversacion deshilvanada de Wilfred Bentworth. Porque el Squire, a pesar de ser un personaje mucho mas distinguido, demasiado distinguido para aceptar el titulo de Par, estaba, de acuerdo con las leyes de la precedencia, sentado a su izquierda. A su lado, Fleur acaparaba la atencion de Hallorsen, de modo que Dinny se hallaba expuesta al bombardeo del joven Tasburgh. Este hablaba con soltura y franqueza, como un hombre aun no encallecido por el trato con mujeres, y manifestaba lo que Dinny definia como «una admiracion transparente». No obstante, quedo sumida por lo menos dos veces en lo que el describio como un «medio ensueno», con el rostro inmovil y ligeramente ladeado mirando a la hermana del joven.

– ?Ah! – dijo el -. ?Que piensa usted de ella? – Que es fascinadora.

– Aunque se lo diga, no cambiara en lo mas minimo. Es la muchacha mas positiva de la tierra. Parece sentirse bastante atraida por su vecino. ?Quien es?

– Lord Saxenden.

– ?Oh! ?Y quien es el John Bull de la esquina de nuestro lado?

– Wilfred Bentworth. Todos le llaman el «Squire». – ?Y el que habla con la mujer de Michael?

– El profesor Hallorsen. – Buen mozo.

– Eso dicen – contesto Dinny, secamente. – ?No lo cree usted asi?

– Un hombre no deberia ser tan guapo. – Me alegro de oirselo decir.

– ?Por que?

– Porque asi, tambien los feos podran tener alguna ocasion.

– ?Oh! ?Usted las busca a menudo?

– ?Sabe?, estoy terriblemente contento de haberla encontrado finalmente a usted.

– ?Finalmente? ?Pero si jamas habia oido hablar de mi hasta esta manana!

– No. Pero eso no impide que sea usted mi ideal.

– ?Dios me ampare! ?Es este el modo de proceder que tienen en la Marina?

– Si. La primera cosa que nos ensenan es a tomar rapidamente nuestras decisiones.

– Senor Tasburgh… – Alan.

– Comienzo a comprender eso de «en cada puerto un amor».

– Yo -repuso Tasburgh con seriedad – no tengo ni uno. Usted es la primera mujer que he deseado.

– ?Uh! o quiza sera mejor decir ?cucu!

– ?Es un hecho! Comprendame, la Marina es muy activa. Cuando vemos lo que queremos, hemos de cogerlo en seguida. ?Se nos presentan tan pocas oportunidades!

Dinny rio.

– ?Cuantos anos tiene usted? – Veintiocho.

– ?Entonces no estuvo en Zeebrugge?

– Estuve

– Entiendo. Por lo visto, lanzarse al asalto se ha vuelto para usted una costumbre.

– Aun a riesgo de hacerlo saltar todo por los aires. Lo miro con una expresion de afabilidad.

– Ahora tengo que hablar con mi enemigo. – ?Enemigo? ?Puedo ayudarla en algo?

– Si no logro lo que deseo, su muerte no seria ninguna ventaja.

– Lo siento. Me parece un hombre peligroso.

– Atienda a la senora Charles; le espera – murmuro Dinny. Y se volvio hacia Hallorsen.

– Senorita Cherrell… – dijo este con deferencia, como si ella acabase de caer de la luna.

– He oido decir que ha disparado usted de un modo asombroso.

– ?Bueno! No estoy acostumbrado a esperar que los pajaros le rueguen al cazador que tire, como lo hacen aqui. A lo mejor, con el tiempo, llegare a habituarme, pero por el momento lo considero una experiencia completamente nueva.

– ?Le ha parecido hermoso el jardin?

– Desde luego – exclamo -. Estar en la misma casa que usted es un privilegio que aprecio profundamente, senorita Cherrell.

«?Canones a mi derecha, canones a mi izquierda!» – reflexiono Dinny.

– ?Ha estado usted pensando -pregunto repentinamente,- que podra hacer con respecto al asunto de mi hermano

Hallorsen bajo la voz.

– Siento una gran admiracion hacia usted, senorita Cherrell, y hare lo que usted me diga. Si lo desea, enviare una carta a los periodicos retirando las observaciones hechas en mi libro.

– ?Y que quiere a cambio de eso, profesor Hallorsen? – Bueno… nada mas que su benevolencia.

– Mi hermano me ha entregado su Diario para que lo haga publicar.

– Si eso puede servirle de consuelo… hagalo.

– Me pregunto si ustedes dos intentaron alguna vez comprenderse.

– Creo que no.

– Sin embargo, eran solo cuatro hombres blancos, ?no es asi? ?Puedo preguntarle que habia en mi hermano que le irritaba a usted?

– De decirselo, me guardaria usted rencor. – ?Oh, no! «Puedo» ser imparcial.

– Bien, ante todo encontre que ya habia decidido demasiadas cosas y que no queria cambiar de parecer. Estabamos en un pais que ninguno de nosotros conocia, entre mestizos y gente casi incivilizada, pero el capitan Cherrell pretendia que se hicieran las cosas como las habrian hecho aqui, en Inglaterra. Queria que se establecieran unos reglamentos y que estos fueran observados. Y estoy seguro que, de haberselo permitido, se hubiese cambiado de traje para cenar.

– Creo que debe usted recordar – lo interrumpio Dinny -, que los ingleses hemos encontrado ventajas por doquier gracias a nuestra norma de observar las formalidades. Alcanzamos nuestros fines en cualquier parte, por

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