salvaje que sea, porque siempre nos mantenemos ingleses. Leyendo el Diario, se me antoja que mi hermano fracaso por no ser lo suficientemente estupido.
– Desde luego, no es el tipico John Bull – dijo el, indicando con un signo de la cabeza el extremo de la mesa-, como lord Saxenden y el senor Bentworth. Quiza, de ser asi, le hubiese comprendido mejor. No; es muy sensible y esta sometido a una disciplina de hierro. Sus emociones lo roen interiormente. Se parece a un caballo de carreras enganchado a un coche de punto. Me figuro, senorita Cherrell, que la suya es una familia muy antigua.
– Aun no ha llegado a la senectud.
Vio que su mirada se posaba sobre su tio Adrian, pasando luego a su tia Wilmet y de esta a lady Mont.
– Me gustaria discutir sobre las viejas familias con su tio, el conservador.
– ?Que mas le parecia desagradable en, mi hermano?
– Bueno, me daba la sensacion de que yo era un hombre muy tosco.
Dinny fruncio el entrecejo.
– Estabamos en un pais infernal, si usted me permite la expresion – continu6 Hallorsen -, un pais de materia bruta. En realidad, yo mismo era materia bruta. Tenia que encontrarme con otra materia bruta y vencerla; y esto era lo que el no queria ser.
– Quiza no podia. ?No cree usted que el verdadero mal estriba en que usted es americano y el ingles? Confiese, profesor, que los ingleses no le gustamos.
Hallorsen rio
– «Usted» me gusta terriblemente. – Gracias, pero cada regla…
El rostro de Hallorsen se endurecio.
– Bien – dijo -, no me agrada que alguien se atribuya tina superioridad en la que no creo.
– Pero, ?acaso tenemos el monopolio de eso? ?Y los franceses?
– De ser un orangutan, senorita Cherrell, me importaria un bledo que un chimpance se creyese superior a mi.
– Creo entender que usted alude a que hay excesiva distancia. Pero, perdone, profesor, ?y ustedes? ?No son el pueblo predestinado? ?No lo dicen asi a menudo? ?Y acaso se cambiarian con cualquier otro pueblo?
– Decididamente, no
– ?Y no es eso atribuirse una superioridad en la que «nosotros» no creemos?
Hallorsen volvio a reir.
– Me ha puesto usted en una situacion embarazosa; pera no hemos tocado el nudo de la cuestion. En cada hombre existe un «snob». Nosotros somos un pueblo nuevo; no poseemos sus raices ni sus antiguedades; no tenemos la costumbre de darnos por supuestos; somos demasiado multiples y varios en suma, aun nos hemos de formar. Pero, aun asi, tenemos muchas cosas que podrian despertar la envidia de ustedes, aparte de nuestros dolares y de nuestros cuartos de bano.
– ?Que podriamos envidiarles? Me gustaria mucho ver claro en esta cuestion.
– Senorita Cherrell, nosotros sabemos que poseemos cualidades y energias, fe y circunstancias favorables que, en realidad, tendrian que envidiamos y, cuando no lo hacen, juzgamos inutil adoptar una actitud de superioridad y arrogancia. $s como si un hombre de sesenta anos mirara de arriba abajo a un joven de treinta; no hay error mas condenado que este. Y perdone la expresion.
Dinny lo miraba, silenciosa e impresionada.
Ustedes, los ingleses, nos irritan – continuo Hallorsen – porque han perdido el afan investigador y, si lo conservan todavia, la verdad es que tienen un modo muy elegante de ocultarlo. Supongo que existen muchas cosas con las que les irritamos. Pero nosotros les irritamos la epidermis, mientras que ustedes nos irritan los centros nerviosos. Eso es todo, senorita Cherrell.
– He comprendido – dijo Dinny -. Esto es sumamente interesante y me atreveria a decir que verdadero. Mi tia se esta levantando, asi que tendre que alejar mi epidermis y dejar que sus centros nerviosos se calmen. – Se levanto y, volviendo la cabeza, le dirigio una sonrisa.
El joven Tasburgh estaba cerca de la puerta y ella le sonrio tambien a el, murmurandole
– Vaya a charlar con mi amigo-enemigo. Vale la pena.
Al llegar a la salita busco a la «leoparda», pero en su conversacion ambas se sintieron obligadas a esconder la mutua admiracion que ninguna de las dos deseaba demostrar. Jean Tasburgh tenia solo veintiun anos, pero a Dinny le daba la sensacion de que era mayor que ella. Su conocimiento de las cosas y de las personas parecia preciso y decidido, quiza profundo; su opinion sobre todos los temas de que hablaban estaba ya formada. «En un momento de crisis -penso Dinny -, o encontrandose entre la espada y la pared, seria una mujer maravillosa, conservaria la fe en su propio partido, pero dictaria la ley en cualquier ambiente en que se hallara.» Pero al lado de esa dura eficiencia, Dinny percibia claramente un hechizo extrano, casi felino, con el que, de quererlo, hubiese hecho perder la cabeza a cualquier hombre. ?Hubert sucumbiria en seguida ante ella!
Llegada a esta conclusion, dudo si debia desearselo.
Esta era la mujer que hacia falta para proporcionarle a su hermano la rapida distraccion que necesitaba. Pero ?era el lo bastante fuerte y vivo para hacerle frente? ?Y si se enamoraba de ella, y ella no queria saber nada de el? O, suponiendo que ella se enamorara de el, ?lo querria todo para si? Luego habia la cuestion dinero. ?De que vivirian si Hubert no recibia ningun cargo o si tenia que presentar su dimision? Sin el sueldo no tendria mas que trescientas libras al ano y la muchacha probablemente no poseia-nada. Era una situacion terrible. Si Hubert podia seguir en la carrera militar, no necesitaria distracciones. Si continuaba suspendido, necesitaba distracciones, pero 'no podia ofrecerselas. Sin embargo, ?no era esta, precisamente, la muchacha que, en cierto modo, haria la carrera del hombre con quien se casara?
Entre tanto, hablaban de cuadros italianos.
– A proposito – dijo Jean repentinamente -, lord Saxeden me ha dicho que queria usted que el le hiciese un favor.- ?Oh!
– ?De que se trata? Digamelo usted. Quiza pueda intervenir yo.
Dinny sonrio. – ?Como? Jean la miro, con los parpados entornados. – Sera muy facil. ?Que desea usted de el?
– Quiero que mi hermano pueda volver a su regimiento o, mejor dicho, que le den algun cargo. Esta en apuros a causa de la expedicion que hizo a Bolivia con el profesor Hallorsen.
– ?Se refiere al americano? ?Ha sido por eso que le ha hecho invitar?
Dinny se daba cuenta de que pronto se sentiria como desnuda.
– Si quiere que sea franca, si. – Es un hombre bien parecido. – Eso mismo ha dicho su hermano.
– Alan es la persona mas generosa del mundo. Se ha enamorado de usted.
– Si, ya me lo ha dicho.
– Es un muchacho ingenuo. Pero dejemos eso. ?Quiere realmente que hable con lord Saxenden?
– ?Por que quiere tomarse esa molestia?
– Me gusta meterme en todo. Deme libertad de accion y yo le procurare ese nombramiento.
– Se de fuente segura – dijo Dinny – que lord Saxenden es duro de pelar.
Jean se-estiro.
– ?Se parece a usted su hermano Hubert?
– En absoluto. Es moreno y tiene los ojos negros.
– Ya sabra usted que hace mucho tiempo nuestras familias emparentaron gracias a un matrimonio. ?Le interesan a usted las teorias de la herencia? Yo me dedico a la cria de airedales y no creo mas que en la teoria de la diferenciacion entre el macho y la hembra. La prepotencia puede transmitirse a traves del macho o de la hembra a cualquier punto del «pedigree».
– Puede ser, pero, aparte el barniz amarillo, mi padre y mi hermano se parecen extraordinariamente al mas antiguo retrato de antepasado varon que poseemos.
– Bueno, nosotros tenemos a una tal Fitzherbert, que en 1547 se caso con un Tasburgh y, excepcion hecha de la lechuguilla, es mi vivo retrato. Incluso tiene mis manos.
La muchacha tendio ante Dinny dos manos largas y morenas, crispandolas ligeramente.
