sus cabellos y su cuello revelaba su abandono en el sueno, su impudica delicadeza, semejante a la de las italianas, tan inglesas en apariencia, pintadas por Botticelli; jugueteaba alrededor de los labios, por los que vagaba una sonrisa; y las pestanas, algo mas obscuras que los cabellos, palpitaban dulcemente sobre las mejillas, que parecian tener una especie de transparencia; bajo el efecto de los ensuenos, su nariz temblaba y se fruncia, como si estuviera burlandose de su propia forma. Parecia que una ligera distorsion seria suficiente para separar del blanco tallo del cuello aquel rostro levantado hacia lo alto.

Irguio la cabeza, sobresaltada. El que habia sido «Snubby Bantham» estaba en el centro de la habitacion, contemplandola con una mirada azul, dura e inmovil.

– ?Lo siento! – dijo -. ?Lo siento! Estaba usted sumida en un agradable suenecito.

– Sonaba con las tartas de Navidad – contesto Dinny -. Ha sido usted realmente amable viniendo aqui a estas horas de la noche.

– Son las once. Supongo que no me entretendra usted mucho rato. ?Le molesta si enciendo la pipa?

Se sento en el sofa, frente a ella, y comenzo a llenar la pipa. Mostraba el aire de alguien que tiene prisa y desea reservarse sus opiniones. En ese momento Dinny comprendia mejor que nunca el proceso de los asuntos politicos.

«Naturalmente -penso -, da su 'quo' y no: ve su 'quid'. ?Este es el resultado de Jean!» No hubiera confesado si sentia hacia la «leoparda» gratitud o bien una especie de celos por haber distraido de ella el interes de lord Saxenden. A pesar de todo, su corazon latia violentamente; con voz rapida y decidida comenzo a leer. Leyo por entero tres de los trozos escogidos y solamente entonces lo miro. Excepto los labios, su rostro podia parecer de madera policromada. Sus ojos la miraban ora con expresion curiosa, ora con ligera hostilidad, como si estuviese pensando: «Esta joven intenta conmoverme. Es muy tarde.»

Sintiendo aumentar su repugnancia por la tarea que se habia impuesto, Dinny continuo apresuradamente. El cuarto trozo lo consideraba el mas penoso, y cuando llego al final la voz le temblaba.

– Esto es algo exagerado – dijo lord Saxenden -. Usted ya sabe que las mulas no tienen sentimientos. Son extraordinariamente brutas.

El temperamento de Dinny se sublevo: no lo volveria a mirar. Continuo leyendo. Durante la lectura de aquel torturado relato, al escuchar el sonido de su propia voz acabo por olvidarse de si misma. Termino sin aliento, temblando por el esfuerzo efectuado al dominar la voz. 1ord Saxenden tenia la barbilla apoyada en una mano. Dormia.

Se levanto mirandole como poco antes el la habia mirado. Por un momento estuvo a punto de apartarle de un tiron la mano que le sostenia la barbilla, pero su sentido del humor la salvo. Mirandolo de un modo parecido al que Venus mira a Marte en el cuadro de Botticelli, cogio un pedazo de papel del escritorio de Fleur y escribio: «Estoy muy apenada por haberle agotado. Buenas noches.» Con infinitas precauciones, se lo deposito sobre la rodilla. Enrollando el Diario, se dirigio de puntillas hacia la puerta, la abrio y se volvio para mirar lord Saxenden emitia ligeros ruidos que pronto se convertirian en ronquidos. «Uno apela a sus sentimientos y el se duerme -penso -. Asi es exactamente como debio ganar la guerra.» Al volverse se encontro cara a cara con el profesor Hallorsen.

CAPITULO XI

Cuando Dinny vio que la mirada de Hallorsen se fijaba sobre el Par dormido, ahogo un suspiro. ?Que pensaria de ella al verla zafarse a medianoche de una salita en donde dormia un hombre? Los ojos de Hallorsen, que ahora miraban los suyos, estaban extremadamente graves. Y temiendo que dijese: «?Perdone!» y que despertase al durmiente, se llevo un dedo a los labios y murmuro: «?No despierte al nino!», y se escabullo por el pasillo.

Cuando estuvo en su.habitacion rio de buena gana; luego paso revista a sus sensaciones. Dada la reputacion que gozan los aristocratas en los paises democraticos, probablemente Hallorsen pensaria lo peor. Pero ella le hacia entera justicia. Cualquiera que fuese lo que pensara de ella, se lo guardaria para si: -Fuera lo que fuese el mismo, era un buen perrazo. Se lo imaginaba a la manana siguiente, durante el desayuno, diciendole ron seriedad: «Senorita Cherrell, me alegro al ver que tiene usted tan buen aspecto.» Y, entristecida por su manera de tratar los asuntos de Hubert, se metio en cama. Durmio mal, se desperto palida y cansada, y desayuno en su cuarto.

En las reuniones que se celebran en las casas de campo, un dia se parece mucho al otro. Los hombres llevan el mismo modelo de corbata multicolor, toman los mismos desayunos, consultan el mismo barometro, fuman las mismas pipas y matan los mismos pajaros. Los perros agitan las mismas colas, se esconden en los mismos lugares, emiten los mismos grunidos de animales agonizantes y dan caza a los mismos pichones en 1os mismos prados. Las senoras consumen el mismo desayuno, ponen las mismas sales en la misma banera, vagan por el mismo jardin; al hablar de los mismos amigos, dicen con el mismo asomo de malignidad. «Les aprecio mucho, naturalmente»; admiran los mismos adornos de rocas con la misma pasion por las portulacas, juegan los mismos partidos de croquet o de tenis con los mismos chillidos, escriben las mismas cartas para contradecir los mismos chismorreos, parangonan las mismas antiguedades, difieren sobre los mismos puntos y concuerdan con la misma diferencia de opiniones. Las doncellas tienen el mismo modo de desaparecer, salvo que eso no lo hacen en los mismos determinados momentos. Y la casa tiene el mismo olor a tabaco, a pot-pourri, a flores, libros y cojines.

Dinny le escribio a su hermano una carta en la que no le hablaba ni de Hallorsen, ni de Saxenden, ni de los Tasburgh; pero se referia con estilo vivaz a su tia Em, a Boswell y Johnson, a tio Adrian y a lady Henrietta. Finalmente le rogaba que viniese a buscarla con el coche. Por la tarde, los Tasburgh vinieron a jugar a tenis, y ella no vio ni a lord Saxenden ni al americano hasta que la caceria termino. Pero el que habia sido «Snubby Bantham» le lanzo una mirada tan larga y tan extrana desde el angulo en donde estaba tomando su taza de te, que ella comprendio que no la habia perdonado. Fingio no darse cuenta, pero interiormente se sintio desfallecer y le parecio que hasta aquel momento no le habia causado a Hubert mas que perjuicios. «Le dire a Jean que no lo suelte», penso, y salio para buscar a la «leoparda». Mientras caminaba se encontro con Hallorsen y, decidiendo rapidamente recuperar el terreno perdido, dijo

– De haber llegado usted anoche un poco mas temprano, profesor Hallorsen, me hubiese oido leer a lord Saxenden unos trozos del Diario de mi hermano. Quiza le hubiera hecho mas bien a usted que a el.

El rostro de Hallorsen se aclaro.

En realidad -dijo -, hasta este momento no he cesado de preguntarme que soporifero le habia suministrado usted a ese pobre lord.

– Le preparaba para el libro de usted. Le enviara un ejemplar, ?verdad?

– Creo que no, senorita Cherrell. Su salud no me interesa tanto. Por mi puede quedarse despierto toda la noche. No sabria que hacer con un hombre que se duerme mientras la escucha a usted. ?Que hace en la vida ese lord?

– ?Que hace? Bueno, es lo que ustedes llaman un Gran Bombo. No se exactamente donde toca su bombo, pero papa dice que e5 un hombre que cuenta mucho. Espero, profesor, que tambien hoy le haya usted ganado por la mano, horque cuanto mas le gane usted por la mano, mayores posibilidades tendra mi hermano de recobrar la posicion que perdio participando en su expedicion.

– ?De veras? ?Son los sentimientos personales los que deciden aqui estas cosas?

– ?No sucede lo mismo en su pais?

– ?Bueno… si! Pero yo creia que el viejo mundo seguia demasiado las tradiciones y que no hacia esas cosas.

– Naturalmente, nosotros no confesamos la influencia de los sentimientos personales.

Hallorsen sonrio.

– Pero, ?no es maravilloso? Todo el mundo es igual. Se divertiria usted en America, senorita Cherrell. Me encantaria tener la ocasion de ensenarsela algun dia.

Hablaba como si America fuese un objeto antiguo, guardado en su maleta. Y ella no sabia como interpretar una frase que podia no tener significado alguno o bien tenerlo demasiado grande. Por la expresion de su rostro comprendio que su proposito habia sido darle a la frase este segundo significado, y descubriendo los dientes en una sonrisa, contesto

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