Un dia Monica me anuncio que habia recibido una carta.

– Una carta muy extrana y muy abstracta -dijo friamente-. Es de una mujer que dice que tu estas en deuda con ella y que tambien ella te debe algo a ti.

– Dejame ver el matasellos -le pedi, algo nervioso.

– ?Por que? Es de aqui, de la ciudad -replico-. ?Quien es ella? -Como no le respondiera, se puso a sollozar-. Es otra mujer. Estas jugando con mis sentimientos. Esto no es justo.

No habia razon para explicarselo a Monica, si la mujer era quien yo pensaba. Le pedi que me mostrara la carta, que decia lo siguiente:

«Mi querida joven», empezaba. «Usted esta en este momento en intima relacion con un joven amigo y protege mio, quien esta considerablemente en deuda por mi amistad y mi amor. Pero tambien yo le estoy en deuda, lo cual el comprendera cuando le hable de esta carta. Debe comprender que yo no le escriba directamente, pues no quiero interferir en el amor que siente hacia usted. El amor es todo lo que las mujeres poseemos. Pero le ruego que interceda ante el, para que podamos vernos durante una hora. Tengo algo que mostrarle.» Despues seguia una direccion de la ciudad y una hora para la cita, a la noche siguiente, y la firma, «un fantasma».

Temble, debo confesarlo, ante la misiva y la vision de aquella familiar, aunque deformada, caligrafia; era una senal inequivoca, como la mirada de inquietud en un rostro empolvado, con rouge y mascara; la misma caligrafia de la carta a Lucrecia. No puedo soportar escenas o reproches, pero me consolo que la carta estuviera escrita en un tono tan suave y, poco a poco, me fui preparando para acudir a la cita.

Al siguiente dia, cerca de medianoche, me presente en la direccion que decia la carta, una desvencijada casa de madera junto a la estacion del ferrocarril, en las afueras de la ciudad. Una mujer abrio la puerta vistiendo una holgada tunica arabe gris, que la cubria por completo, excepto los familiares ojos marrones, de expresion alternativamente docil o imperiosa.

– Entra, mi caballero de la triste figura -dijo.

– No te burles -conteste con resentimiento- Dime como estas y que puedo hacer por ti.

– ?Te gustaria verme? -pregunto.

– Sabes que siempre me ha gustado -replique con deseo de complacerla, sacando el maximo partido de mi habitual candor.

Me dio la espalda, caminando hacia el otro lado de la habitacion, hizo algo en su tunica, y descubrio ante mi asombro un deformado brazo lleno de cicatrices.

– ?Te fijaste en mi caligrafia?

Asenti en silencio.

– Pues todavia hay mas -dijo, y entreabrio su bata para dejarme ver brevemente las cicatrices y senales que cubrian su torso-. Y mas.

Entonces se saco la capucha y vi que la mitad de su cara estaba sesgada en una dolorosa mueca burlona.

– ?Que puedo decir? -murmure-. ?No estabas contenta antes de que te sucediesen estas calamidades?

– Si, ?claro! -replico, componiendo su vestido-. Era feliz. El hombre a quien me abandonaste era un gentil amante. Solia visitarme tres veces por semana, entre las dos y las cuatro de la tarde, antes de ir a la mezquita. Estaba confinada en una pequena habitacion, y no podia hablar con nadie en la casa. Le tenia un miedo terrible. Pero por fin, cuando mi miedo cedio al placer, se canso de mi y me vendio a un mercader que me llevo al desierto. Fue alli donde fui castigada tan visiblemente por mi falta de cooperacion y de habilidad para vivir.

– Dime que debo hacer -dije-. Ahora te toca a ti mandar y a mi obedecer.

– ?Por que? Haz conmigo lo que quieras -sollozo amargamente-. Recuerda solo que soy tuya, para que tu dispongas de mi. Te advierto que sere algo dificil de manejar. Las mujeres son bastante durables, ya lo sabes.

– ?Que sera lo justo? -dije como para mi mismo.

– ?Justo? -exclamo-. ?Nunca te habia oido hablar asi!

Le explique que quizas fuera la influencia de la joven que en ese momento era mi amiga, y que gentilmente, de un modo coaccionador, me estaba guiando hacia la normalidad.

– No creo que tu puedas hacer algo que sea justo -dijo-. Eso ya lo se. Pero espero que hagas algo poetico, maravilloso, mi Hippolyte. Sorprendeme, confundeme, revuelve mis sentidos.

La mirada seductora de sus ojos me alarmo y pense en el rostro que me ocultaba.

– No puedo pensar tan rapidamente -dije al fin-. Dame cuarenta y ocho horas y te comunicare mi decision.

Intento entretenerme para que me quedara, pero yo no la escuchaba.

– Acuerdate de mi -dijo tristemente, cuando ya me iba.

No volvi a casa de Monica, pues sabia que ella no seria de ninguna utilidad para mi problema. Regrese a mi apartamento y pase aquella noche en vela; al mediodia siguiente busque a Jean-Jacques en su cafe habitual.

– Tengo un problema -le dije.

– ?Imposible! -respondio sarcasticamente-. No es posible que tu tengas problemas, Hippolyte. Todo lo que haces, crees que estas destinado a hacerlo, porque extraes los motivos de tus suenos.

– Ponte serio -respondi-. Supon que tienes un amigo…

– Un amigo -repitio de nuevo.

– ?Escuchame! -dije exasperado-. Un amigo que tiene la posibilidad de vivir varias vidas. Consecutivamente quiero decir, no codo a codo, de dia o de noche, como tu.

– Un amigo -repitio todavia.

– Y este amigo -prosegui, decidido a ignorar sus miradas- te pide que inaugures una nueva vida para el, porque has acabado con su vieja vida. ?Lo harias? ?O considerarias que ha muerto?

– Ten cuidado con Frau Anders -dijo Jean-Jacques-. Tendras dificultades relacionandote con ella.

– ?Es todo lo que tienes que decirme? -replique disgustado-. Deliberadamente, no mencione su nombre. No porque deseara esconderte su identidad, sino porque deseaba que tu trataras mi problema seriamente, de un modo general.

– Te he dicho solo aquello que tu no sabes, que es el unico consejo que tiene valor.

– ?Que es lo que no se?

– Que no te libraras de ella -exclamo.

Hubo un momento de silencio. Insisti:

– Alguien grita en mis suenos. Y le he dicho que a gritos nunca comprendo nada.

Naturalmente, aquel dia no nos separamos como amigos. Supe que me encontraba verdaderamente solo ante este problema. Solo, a excepcion del consejo de mis suenos. En esta ciudad, ?que vida podia vivir Frau Anders, con su cuerpo maltrecho y su pasado terminado? Sin embargo, no me sentia capaz de ordenarle que volviera con los arabes a sufrir mas.

Afortunadamente, aquella noche un sueno vino en mi ayuda. Pues deben saber que, entonces, habia aprendido ya a depositar una gran confianza en mis suenos.

Caminaba a traves de una llanura nevada, en compania de un monje barbudo. Le pedi que me ensenara a sobrellevar el frio sin sentirlo.

– No es ningun arte -replico-. Eres tu el que debes aprender por ti mismo a sobrellevar el frio sin sentirlo.

Me toco obscenamente con la mano. Lo rechace indignado y le dije que eran mis pies los que estaban frios.

– ?Es esto lo que sientes? -me pregunto.

Yo comprendi que no tenia la menor intencion de ayudarme y le pedi que me condujera ante el superior del monasterio. Mi acompanante llevaba unas botas blancas. Pense que esto explicaba porque no habia sido capaz de ensenarme a no sentir frio en los pies. Pero al mirar mejor, vi que no eran botas, sino un grueso vendaje. Me sorprendi, entonces, de que no cojeara.

Me llevo a la entrada de un edificio construido con bloques de nieve, como las habitaciones de los esquimales. Habia una mujer vestida enteramente de blanco, a quien el se dirigio como a la superiora.

Me parecio que me habian llevado a una habitacion de mi propiedad, pues me trajeron la comida servida en

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