Cuatro.

– ?Donde?

– Hacia el oeste, cerca de Krome Avenue, en el limite de los Everglades. Es una zona maravillosa, tranquila, desierta. Alli se puede pensar; no hay mas sonidos que los de los animales y algun que otro avion que pasa. Al salir de la autopista, avance unos cinco kilometros por Krome. Hacia la izquierda vera un camino de tierra. Tomelo y siga recto un kilometro. Detengase y camine unos cien metros por entre los arbustos. Hallara un claro. Mas vale que se de prisa, porque le espera una sorpresa.

Y entonces colgo.

Solo eran las ocho de la manana. Oi que Christine arrimaba una silla a la mesa de la cocina y se sentaba en ella.

– Ha vuelto a matar -dije.

Ella no respondio.

– Tenias razon, era el.

Pose la mirada en el telefono. Mas valia que me diese prisa; eso habia dicho el asesino.

Wilson no tardo mucho en contestar. Lo imagine al otro lado de la linea, con el rostro crispado de furia, enrojeciendo hasta la base de su corto cuello.

– ?Otra vez? -pregunto, como si tuviese un presentimiento, en cuanto descolgo el auricular.

– Por Krome Avenue, hacia los Glades -le indique-. Me ha dicho que habia una sorpresa, ademas del Numero Cuatro.

– ?A que se refiere con la sorpresa?

– ?Como quieres que lo sepa? El juega conmigo tanto como con vosotros.

– Es una zona muy extensa -protesto Wilson, pero lo interrumpi.

– Oye, mejor escuchalo tu mismo.

Rebobine la cinta de la grabadora que la policia habia conectado a mi telefono. Luego coloque el microfono del auricular contra el altavoz y reproduje la grabacion para que la oyera Wilson. Las palabras del asesino llenaron la habitacion. Me volvi hacia Christine; estaba sentada, sacudiendo la cabeza.

Termino en lo que parecio un segundo. Detuve la cinta y lleve el auricular a mi oido.

– ?Lo has entendido? -pregunte a Wilson.

– Hijo de perra -mascullo.

Espere.

– Maldito hijo de perra -prosiguio-. Lo atrapare. Lo atrapare yo mismo. -Cambio el tono de voz-. Gracias por llamar. Te vere alli.

Despues de colgar el telefono, me acerque a Christine por detras, apoye la mano en su hombro y se lo aprete, tratando de transmitirle una sensacion de calma. Ella me tomo de la mano pero no dijo nada, solo continuo meneando la cabeza. Sin embargo, mi mente ya habia vuelto a la conversacion e intentaba imaginar lo que nos esperaba en Krome Avenue. Fui al dormitorio y comence a vestirme.

Pasaron varios minutos hasta que adverti que habia olvidado llamar a Nolan y avisar a la redaccion. Lo recorde de repente y senti una especie de panico, como un colegial a quien el profesor le hace una pregunta inesperada cuando no esta prestando atencion.

Mientras me remetia la camisa en los pantalones, marque el numero de la redaccion. Mientras esperaba a que Nolan contestara, me asalto la imagen del jefe de imprenta, vacilando en el ultimo segundo, recorriendo con la vista la gran habitacion y las maquinas que esperaban, antes de oprimir el boton que las ponia en marcha y llenaba el aire de ruido.

11

La «sorpresa» del asesino fue un acto de extraordinaria crueldad.

Provoco una ira generalizada por toda la ciudad y, al mismo tiempo, aumento el temor que estaba ya tan extendido. Por primera vez, la gente comenzo a formar grupos; las asociaciones civicas celebraban reuniones y se organizaron patrullas. La publicidad del caso tambien se intensifico; Time y Newsweek dedicaron considerable espacio al asesino y a su serie de crimenes y llamadas telefonicas. Cada revista publico una fotografia mia y ambas me citaron. Tambien me entrevistaron para las noticias de television, pero eso ya se habia convertido casi en una rutina. El New York Times y el Washington Post enviaron a sus corresponsales locales a hablar conmigo y luego publicaron extensos articulos. El Chicago Tribune mando a una periodista a Miami. Esta se alojo en uno de los hoteles de Miami Beach y yo la lleve a recorrer los lugres donde se habian descubierto los cadaveres. Publicaron la historia en la parte inferior de la primera plana; algunos dias mas tarde, ella me envio una copia. Comence a recortar los articulos (los mios y los que veia en la prensa nacional) para guardados en mi escritorio, en un archivo que crecia a diario.

Habia intentado atravesar la ciudad sorteando el trafico con la mayor rapidez posible, hacia la autopista. Habia atascos en la direccion contraria en las calles que conducian a la bahia y el centro de Miami, de modo que no me resulto dificil rebasar el limite de velocidad, con la ventanilla bajada de modo que el aire caliente entraba a raudales. La luz cegadora del sol se reflejaba en el asfalto, de modo que mantuve una mano sobre el volante mientras, con la otra, sacaba de su estuche mis gafas de sol. Adverti que un automovil se acercaba rapidamente desde atras. Era Porter, conduciendo muy por encima del limite de velocidad, cambiando continuamente de carril, sin preocuparse por los obstaculos. Me saludo con un gesto al pasar y yo acelere para no quedar atras.

Ambos ibamos a mas de ciento cuarenta. Pronto llegamos a la salida de Krome Avenue y, al enfilar la calle de dos carriles, vi un coche policial verde y blanco que nos adelanto con un rugido. Fue entonces cuando oi las primeras sirenas y supe que formabamos parte de una oleada de vehiculos que descendia hacia los Everglades. Aviste un grupo de garzas blancas que levantaban vuelo desde el pantano; media docena de aves cuyas plumas brillaban al sol, alejandose en el cielo azul. Detras de nosotros venia una ambulancia, con sus luces intermitentes rojas y amarillas y su sirena ululando con estridente apremio. Aminoramos la marcha para dejada pasar y luego volvimos a acelerar. Sabia que no estabamos lejos. Segundos mas tarde, vi una docena de automoviles y coches camuflados aparcados desordenadamente al costado del camino; sus luces de posicion destellaban en una discordante sinfonia visual. La ambulancia llego tan lejos como pudo; luego se detuvo y sus ruedas despidieron grava y tierra. Tres hombres del equipo de rescate, vestidos de amarillo, saltaron de la ambulancia, cargados con una camilla. Uno de ellos llevaba un maletin de medico y un estetoscopio colgado del cuello. Aparque y los segui, observando a los agentes uniformados que guiaban al equipo de rescate por la cienaga. Porter se volvio hacia mi y grito: «?Vamos, vamos!», caminando rapidamente en pos de los policias, que estaban abriendo un sendero en medio de la maleza. Mientras lo seguia, llegaron dos furgonetas de la television y un coche del Post.

El terreno era un lodazal, y resbalabamos al correr. Los arbustos parecian extender sus ramas para hacernos tropezar. A cada lado del sendero por el que nos alejabamos del camino habia pantanos cenagosos; nosotros avanzabamos por la unica franja de tierra relativamente seca. Mas adelante, vislumbre una pequena isla, un trozo de tierra firme cubierto de juncias y matojos. Alli estaban reunidos los policias. Y desde alli nos llego el primer grito.

Era un chillido agudo, inarticulado, que reflejaba soledad y desesperacion. No reconoci lo que era; creo que Porter si, pues se volvio por un instante hacia mi. Subimos un pequeno terraplen. Cuando nos vieron varios de los oficiales uniformados, nos prohibieron seguir avanzando. Porter ya habia comenzado a tomar fotografias con un teleobjetivo.

– Alla -dijo, enfocando con la camara.

Segui la direccion de la lente y vi un cuerpo inclinado hacia delante, oculto a medias por el follaje. Habia un solo agente junto a el, en actitud de protegerlo. Pero los ojos del policia estaban fijos en la multitud de personal de rescate y otros agentes que estaban a poca distancia. Divise una especie de cobertizo tosco e improvisado que se alzaba en medio de la multitud. Entonces volvi a oir el llanto desgarrador que traspaso el calor de la manana.

– Dios mio -exclamo Porter, bajando por un instante la camara-, es una criatura.

Los policias retrocedieron y los vi darse palmadas en la espalda y estrecharse las manos. Los tres hombres

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