– ?Que quieres beber? -pregunto.

Pedi una cerveza. Mire a los dos detectives, esperando.

– Mierda -exclamo Martinez, enderezandose en la silla-. Aqui lo tienes.

Vi que Wilson seguia con la vista la mano del joven detective, que extrajo del bolsillo de su chaqueta un papel blanco. Me lo entrego y luego ambos hombres clavaron los ojos en mi mientras lo leia.

El encabezamiento de la pagina, sobre el sello del condado, rezaba:

COMUNICADO DE PRENSA.

Mas abajo, se leian las palabras:

La cuarta victima en el caso del Asesino de los Numeros ha sido identificada como Susan Kemp, de 29 anos, residente en el edificio 6, puerta 110, en el complejo de apartamentos Fontainebleau Park. La nina ha sido identificada como su hija Jennifer, de 21 meses. La criatura se mantiene en condicion estable en el hospital Jackson Memorial. La investigacion continua.

– Esto no me dice gran cosa -senale-. ?Como habeis realizado la identificacion? ?Como la eligio el asesino?

– Esperabamos -dijo Martinez lentamente- que a estas alturas tu pudieras damos esa informacion.

– ?Por que no llama ese condenado? -espeto Wilson, y bebio un largo sorbo de su vaso.

Me encogi de hombros. Martinez miro de reojo a Wilson y prosiguio.

– No se por que la eligio, ni como. Es obvio que usaron un vehiculo para llegar a los Glades. Ademas, a juzgar por los desperdicios que dejaron, resulta evidente que pasaron alli algun tiempo, tal vez toda la noche. Pero Dios sabe por que.

– ?Como la habeis identificado?

Martinez se volvio hacia Wilson. Este asintio y tomo otro trago.

– No llevaba ninguna identificacion, ninguna tarjeta con su nombre, ni permiso de conducir, nada. Tampoco el bebe. Pero esta manana una mujer ha llamado a la oficina. Ha dicho que vive en ese complejo urbano, y que su vecina de al lado se ajusta a la descripcion que publicaron los periodicos; no la habia visto desde hacia dias y estaba preocupada. Hemos ido a verificarlo; es un procedimiento de rutina, hay que hacerlo. El administrador nos ha dejado entrar en el apartamento; por lo visto el tambien estaba preocupado. Cruzamos la puerta y alli, en la pared, habia una foto de la mujer y la nina. Tal vez haya sido tomada hace un mes. No hay duda de que se trata de ella.

– ?Quien es?

Martinez se recosto y se llevo el vaso a la frente.

– Nadie especial -respondio-. Acababa de divorciarse. Era profesora de cuarto grado y estaba de vacaciones.

– ?Estaba casada?

– Su marido es un hombre de negocios de Tampa. Ha llegado esta tarde y ha identificado el cadaver. Se llevara a la nina, cuando se recupere de la impresion.

– ?Donde esta?

Wilson levanto la mano y Martinez lo corto antes de que empezara a hablar.

– Oh, por favor -dijo el detective, sacudiendo la cabeza-. ?No te parece que el hombre ya ha tenido suficiente por un dia?

– Tal vez quiera declarar algo -replique-. En general, es asi.

Wilson apoyo la cabeza contra el respaldo y cerro los ojos.

– Te propongo algo -dijo-. Se lo preguntare. Le dare tu numero de telefono. Dejemos que el lo decida.

Asenti. De todos modos, era probable que el hombre estuviera en un cuarto de ese hotel. No resultaria dificil verificarlo.

– ?Aun no teneis idea de como la rapto el asesino?

– No -respondio Martinez-. Nadie en el complejo de apartamentos advirtio nada raro. Nadie vio a ningun extrano rondar por ahi. Nada.

– ?Y los registros del ejercito?

– Solicitamos los del periodo comprendido entre 1963 y 1973. Como minimo, estamos hablando de varios miles de nombres…, ademas de aquellos que hay que examinar con mas atencion por el color de ojos. Despues tenemos que buscar sus direcciones. Nos llevara muchisimo tiempo. -Hablaba con voz monotona, deprimida-. Tenemos mas probabilidades de que alguien descubra algo aqui. A menos que el mismo revele algo mas.

– El psiquiatra con quien hable piensa que seguira proporcionando informacion. Como un juego, para desafiarnos.

Wilson cerro los ojos.

– Eso es lo que mas me irrita -murmuro. Parpadeo, abrio los ojos y me miro a traves de la penumbra del bar.

– ?Sabes? Hoy he decidido enviar a mi esposa y a mis hijos a casa de sus abuelos. En la maldita Minnesota, por Dios. Tal vez este lo bastante lejos. -Solto una risotada, o mas bien una especie de bufido-. Martinez no tiene por que preocuparse. Con tantas amiguitas, diablos, no echara de menos a una o dos.

Martinez esbozo una sonrisa, pero no se rio. Wilson continuo hablando, interrumpiendose solo para pedir otra copa.

– Salimos a patrullar las calles, a hablar con confidentes, con cualquiera que pueda damos una pista. En las ultimas tres semanas he retorcido mas brazos que en los ultimos anos. Nadie sabe nada. Joder, los drogadictos de Liberty City tienen tanto miedo como las madres de Kendall.

– Todos los dias -dijo Martinez- recibimos llamadas, a veces cada hora, especialmente cuando ya ha salido la primera edicion del Journal. Alguien que quiere delatar a su vecino, que actua en forma sospechosa, o alguien que cree haber visto una pistola calibre 45 en casa de su cunado. Tomamos nota de la informacion y luego vamos a verificarla. Lo verificamos todo: cada detalle, lo que sea. Y no hemos avanzado nada.

– Algo aparecera -dije.

– Si, claro. -Martinez resoplo-. Como que el maldito deje tirado el proximo cadaver a la entrada de la jefatura. Al menos, asi nos enterariamos antes que el resto del mundo.

Wilson levanto la vista y la fijo en un hombre que se acercaba a nosotros con una copa en la mano.

– Oh, mierda.

El hombre se detuvo por un momento en el limite de la oscuridad. Miro a los dos policias e hizo caso omiso de mi. Se llevo lentamente el vaso a los labios y, sin apartar la mirada de los detectives, lo vacio. Luego hablo con voz insegura.

– Bien -dijo-. Asi que no estan de servicio, ?eh? No hay por que buscar asesinos cuando se puede tomar un trago, ?verdad?

Martinez se puso de pie y arrimo una silla de una mesa contigua.

– Senor Kemp -dijo-, sientese, por favor.

Saque de nuevo mi libreta.

– No quiero sentarme con ustedes -repuso el hombre, pero se dejo caer en la silla.

– Senor Kemp -dijo Martinez-, este es Malcolm Anderson. Es periodista del Journal.

Asenti con la cabeza, a manera de saludo.

– Usted es el que habla con ese tipo, ?verdad?

– Asi es. ?La victima era su esposa?

– Si.

El hombre llevaba un traje azul muy formal, pero este parecia colgar de sus hombros, como si, en el transcurso del dia, el hubiese empequenecido.

– Lo siento -dije.

Me fulmino con la mirada.

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