– ?Que bien!

Por un momento se impuso el silencio en la habitacion.

– Eso significa -tercio Nolan segundos despues- que ya no hace falta mantener su identidad en secreto. Es decir, si el mintio, no tenemos por que protegerlo.

Me hizo una senal con un movimiento de cabeza.

– Cuentanos -dijo Martinez, mientras extraia una libreta.

Wilson se inclino hacia delante sobre la mesa y me clavo la mirada.

Comence a relatarles la historia desde el principio. Les conte que habia atravesado la ciudad hasta el gueto centrico y habia subido las escaleras hasta el apartamento del hombre.

– ?Alto ahi! -me corto Wilson.

Me interrumpi en mitad de una oracion. Martinez se volvio hacia su companero, como preguntandose que mosca le habia picado.

– El hombre estaba en una silla de ruedas, ?correcto? -dijo Wilson-. Tiene la medula espinal seccionada, ?verdad?

Asenti.

– ?En que piso vive?

– En el tercero.

– ?Y dice que va todos los dias al hospital?

– Si, eso dijo -respondi.

Entonces los acontecimientos se precipitaron. Wilson se dejo caer en la silla por un instante, con los ojos clavados en los mios, y se llevo las manos a la cara. De pronto, sin previo aviso, se levanto, se agacho y me agarro de la camisa. Senti la fuerza de sus brazos cuando me levanto y me atrajo hacia si sobre la mesa para que lo mirase a los ojos, con el rostro contraido de furia.

– ?Maldito estupido! -grito-. ?Estupido, imbecil de mierda! -Su saliva me salpico la cara-. ?Maldito idiota!

– ?Sueltame! -grite.

Martinez y Nolan se habian puesto de pie e intentaban separarnos. Por un segundo, los cuatro nos quedamos forcejando ahi en medio. Entonces, con la misma rapidez, Wilson me solto. Me desplome en mi silla y el tomo asiento de nuevo. Tenia los ojos vidriosos. No hacia mas que repetir «mierda, mierda», una y otra vez.

Martinez comenzo a sacudido y Nolan se volvio hacia mi.

– ?Estas bien? -pregunto, con expresion preocupada.

Me arregle la camisa y la corbata. Asenti. Ambos miramos al detective.

– ?No se dan cuenta? -pregunto Wilson, con voz inexpresiva.

Entonces nos dimos cuenta.

Nolan suspiro y se dejo caer sobre la silla. Martinez se llevo la mano a los ojos y sacudio la cabeza.

Yo me senti descompuesto, con ganas de vomitar. Era el, pense. Habiamos mantenido un encuentro, tal como yo le habia solicitado.

Andrew Porter conducia el gran automovil a traves del denso trafico del mediodia. Al acercamos a una interseccion, la luz del semaforo se puso amarilla. Porter piso el acelerador a fondo y pasamos a toda velocidad; la gente que estaba en la acera se aparto rapidamente. Oi que Nolan mascullaba una obscenidad desde el asiento trasero. Porter echo un vistazo al espejo retrovisor.

– Siguen con nosotros -dijo.

Me di la vuelta y vi que Martinez y Wilson nos seguian a pocos metros en su coche camuflado. Porter doblo una esquina para dejar atras el bulevar y atravesar la zona centrica, con sus altos edificios. El sol brillo sobre el techo blanco de un coche patrulla que freno en una calle lateral y luego se incorporo a la fila, detras de los detectives.

– Estan preparados -dijo Porter-. Pero ?para que? -Se rio-. No lo se, pero me inclino a dudar que el este alli, esperandonos. Seria como James Cagney en aquella pelicula, Al rojo vivo: «Venid a por mi, polizontes.» No, no lo veo.

Nolan solto una palabrota.

Aparcamos a una manzana del apartamento. Oi el chirrido de las ruedas cuando los coches de la policia frenaron junto a nosotros. Wilson bajo antes de que el vehiculo se detuviese por completo.

– Vamos -dijo.

Nos pusimos en marcha. A medio camino, Wilson se volvio hacia Nolan.

Vi que los otros policias tomaban posicion en torno al perimetro del edificio, en sitios que no resultaban visibles desde la escalera. Los observe acercarse mientras desenfundaban las armas. Vi el destello de las pistolas bajo el sol del mediodia. Aquello parecia un campo de batalla; en cualquier momento, la orden de atacar me provocaria una descarga de adrenalina.

– Vamos -me indico Wilson-. Solo tu, yo y Martinez.

Comenzamos a atravesar el patio. Senti el calor que irradiaba el suelo de cemento, envolviendome como el humo, los pies y los tobillos. Toda la gente que se encontraba poco antes en el patio habia desaparecido; sin duda, al presentir los problemas se habian refugiado en las sombras.

Subimos la escalera lentamente; cada escalon requeria un esfuerzo mayor.

– Ahora estas realmente implicado en esto -susurro Wilson-. ?Que te parece?

No respondi. Martinez me miro con atencion.

– ?Estas seguro de que quieres hacerlo? -pregunto. Asenti, aunque en el fondo no estaba muy convencido. Los dos detectives se detuvieron en el descansillo y comprobaron que sus armas estuviesen a punto.

– Bien -dijo Wilson-. Es hora.

Intente recordar las instrucciones que me habian dado. Subi al descansillo y me acerque a la puerta. Vi la misma muesca profunda que el otro dia. Me hice a un lado y llame.

No se oyo el menor sonido.

Golpee de nuevo.

No hubo respuesta.

Eche un vistazo a los detectives. Martinez hizo un gesto con la mano izquierda para indicarme que intentase abrir la puerta. Lleve la mano al picaporte y probe.

Se abrio con facilidad.

Abri la puerta de par en par. El sol penetro en la oscuridad cavernosa del apartamento.

Por un momento me parecio vislumbrar un movimiento en el interior y me arrime a la pared de un salto, con la boca seca.

Pero reinaba el silencio mas absoluto.

Llame al hombre en voz alta.

Nadie respondio.

Lentamente, mire alrededor, volviendo la cabeza con la mayor cautela posible, tan despacio que me parecio que tardaba minutos en hacerlo.

Entonces vi el reflejo del sol en un objeto colocado en el centro de la habitacion. Me llevo un momento comprender que era pero, cuando lo supe, me pegue de nuevo a la pared, con la respiracion agitada, sintiendo que el aire caliente me llenaba los pulmones, como un hombre a quien sacan de pronto a la superficie cuando ha estado a punto de ahogarse.

Era la silla de ruedas. Vacia.

Los dos detectives me apartaron de un empujon y entraron en el apartamento empunando las armas con los brazos extendidos.

Yo sabia que no encontrarian a nadie. Habia captado el mensaje. Oi que Wilson mascullaba obscenidades. Se acerco a la puerta.

– ?Es esa? -pregunto.

Asenti.

– Bien -dijo el detective-. Es todo lo que ha dejado.

Pero se equivocaba.

Martinez nos llamo de pronto. Segui a los detectives hacia el interior.

– ?Veis eso? -dijo.

Senalo la silla de ruedas. En medio del asiento habia una casete. Wilson se quedo mirandola por un

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