corrido la distancia sin problemas, la mochila con las compras y el arma a la espalda. Recordo haber efectuado la misma ruta casi un ano antes y se acordo de como le costaba respirar, como sus pulmones absorbian el viento debido al panico y a la impresion de lo que habia hecho y lo que aun le faltaba hacer.
Este trayecto era extranamente distinto. Notaba una sensacion de fortaleza y, al mismo tiempo, otra de aislamiento con un matiz de complacencia, como si no corriera hacia donde habia dejado tantos recuerdos, sino hacia algo que significaba un cambio. Cada paso de ese recorrido le resultaba familiar y, aun asi, surrealista, como si estuviese a un nivel distinto de existencia. Acelero el paso, contento de estar mas fuerte que la vez anterior, rogando que ningun antiguo vecino apareciera por un camino de entrada y viera al difunto corriendo hacia la casa incendiada.
Tuvo suerte: la carretera estaba desierta a la hora de la cena.
Enfilo el camino de entrada, redujo el paso a una caminata y quedo oculto tras los grupos de arboles y los arbustos que crecen con rapidez en Cape Cod durante los meses de verano. No sabia muy bien que esperar. Se le ocurrio que el pariente que hubiera logrado hacerse con su finca podria haber limpiado el area, empezado incluso a construir otra casa. Su carta de suicidio indicaba que la tierra se entregara a un grupo de proteccion del medio ambiente, pero suponia que, cuando los miembros de su lejana familia se hubieran enterado del valor real de ese excelente terreno edificable en Cape Cod, eso habria quedado paralizado por los pleitos. La idea le hizo sonreir porque le parecio ironico que personas a las que apenas conocia pudieran disputarse su finca, cuando el habia muerto meses atras para proteger a una de ellas del hombre que seguramente se dirigia hacia alli esa noche.
Cuando salio de entre los arboles, vio lo que esperaba: los restos de su casa calcinada. Incluso a pesar de la vegetacion que crecia en el terreno, la tierra seguia ennegrecida varios metros alrededor del esqueleto descarnado de la vieja casa.
Ricky se acerco hacia donde habia estado la puerta principal a traves de los hierbajos de lo que tiempo atras habia sido su jardin. Entro y recorrio despacio las ruinas de la casa. Incluso pasado un ano, le parecio oler la gasolina y la madera quemada, pero enseguida comprendio que su imaginacion estaba jugandole una mala pasada. Se oyo retumbar un trueno a lo lejos, pero no presto atencion y se movio lo mejor que pudo por los espacios dejando que su memoria anadiera paredes, muebles, obras de arte y alfombras. Y, cuando todos estos recuerdos habian reconstruido su hogar a su alrededor, dejo que su memoria dibujara en el momentos con su mujer, mucho antes de que enfermara y de que el cancer le arrebatara las fuerzas, la vitalidad y, por ultimo, la vida.
A Ricky le resulto agradable y estremecedor a la vez deambular por los escombros. Era, de modo extrano, tanto un regreso como una partida, y se sentia un poco como si fuera a emprender algo que lo llevaria a un lugar muy distinto y que, por fin, podria despedirse de todo lo que el doctor Frederick Starks habia sido y prepararse para recibir a la persona que surgiera de la noche que se cerraba deprisa a su alrededor.
El sitio que esperaba encontrar lo estaba aguardando justo a un lado de la chimenea central del salon. Un bloque de techo y unas cuantas vigas gruesas de madera habian caido al lado formando una especie de cobertizo decrepito, casi una cueva. Ricky se puso el capote, se encasqueto el sombrero con la mosquitera y saco la linterna y la pistola de la mochila. Despues retrocedio hacia la oscuridad de los escombros, se escondio y espero a que llegaran la noche, la tormenta que se acercaba y un asesino.
Le resulto un poco comico: ?que habia hecho? Habia actuado como un psicoanalista. Habia provocado emociones electricas y arrolladoras en la persona que queria descubrir. «Hasta los psicopatas son vulnerables a sus deseos», penso. Y ahora, como habia hecho durante anos en su consulta, esperaba a que este ultimo paciente llegase trayendo consigo toda su colera, odio y furia dirigidos contra Ricky, el terapeuta.
Toco el arma y quito el seguro. Esta sesion, sin embargo, no iba a ser tan placida.
Se recosto, midio cada sonido y memorizo todas las sombras a medida que se alargaban en la penumbra. Esa noche la vision iba a ser un problema. Las nubes taparian la luna. La luz de otras casas y de la lejana Provincetown se desvaneceria bajo la lluvia.
Ricky esperaba contar tanto con la certeza como con la incertidumbre: el terreno donde habia decidido aguardar era la zona que mejor conocia. Eso seria una ventaja. Y, aun mas importante, la incertidumbre de Rumplestiltskin jugaba a su favor. No sabria con exactitud donde estaba Ricky. Era un hombre acostumbrado a controlar el escenario en que operaba y Ricky esperaba que ese fuera el terreno menos controlado en que pudiera encontrarse. Un mundo desconocido para el asesino. Un buen lugar para esperarlo esa noche.
Ricky confiaba en que el asesino llegaria, y bastante pronto, para buscarlo. Mientras se dirigia hacia alli, se habria percatado de que Ricky solo podia estar en dos lugares: la playa donde fingio ahogarse o la casa que habia incendiado. Iria a esos dos sitios, a la caza, porque, a pesar de lo que pudiera haberle contado el empleado del Village Voice, no creia que ese viaje a Cape Cod tuviera ningun otro motivo que la muerte. Sabria que todo lo demas era pura invencion y que el juego real consistia en un conjunto de recuerdos enfrentado a otro.
La lluvia cayo a rachas las primeras horas de la noche, con fuerza, con truenos y relampagos sobre el mar durante el inicio de su espera, antes de reducirse a una irritante llovizna constante. Cuando la tormenta paso sobre el, la temperatura descendio seis grados o mas, lo que aporto a la oscuridad un frio que parecia totalmente fuera de lugar. Algo de viento habia acompanado al frente borrascoso; corrientes fuertes que le jalaban de los bordes del capote y hacian que los escombros y los restos chamuscados de alrededor crujieran, como si ellos tambien tuvieran algun asunto pendiente esa noche. Ricky permanecio oculto, como un cazador en su escondite a la espera de que apareciera la presa. Penso en todas las horas pasadas en silencio detras de las cabezas de sus pacientes tendidos en el divan, sentado sin apenas moverse, casi sin hablar, y le parecio divertido que esa experiencia le hubiera preparado bien para la espera de esa noche.
Solo se movio esporadicamente y solo para estirar y flexionar los musculos para que no se le agarrotaran y estuvieran listos cuando los necesitara. La mayoria del tiempo estuvo recostado, con la mosquitera sobre la cabeza y el capote extendido sobre el cuerpo, de modo que parecia un bulto mas informe que humano.
Desde donde estaba escondido podia ver el otro lado del descampado que habia dado la bienvenida a las visitas que iban a su casa, en especial cuando algun rayo cruzaba el cielo. Estaba situado en un sitio que le permitia ver los haces de los faros que penetraban los arboles desde la carretera principal y tambien oir el motor de los coches a traves de la densa penumbra.
Solo temia una cosa: que Rumplestiltskin tuviera mas paciencia que el.
Lo dudaba, pero no estaba seguro. Despues de todo, el nino habia acumulado mucho odio durante anos y esperado tanto tiempo antes de acometer su venganza que tal vez ahora, en esta ultima fase, vacilara y se limitara a apostarse en la linea de arboles y hacer mas o menos lo que el estaba haciendo, es decir, esperar algun movimiento delator antes de acercarse. Ese era el riesgo que Ricky corria esa noche. Pero pensaba que era una apuesta bastante segura. Todo lo que habia hecho estaba destinado a provocar al senor R. La colera, el miedo y las amenazas exigen respuestas. Un asesino a sueldo es un hombre de accion. Un psicoanalista no. Ricky pensaba haber creado una situacion en que sus propios puntos fuertes compensaban los de su contrincante. Su formacion contrarrestaba la del asesino. «El dara el primer paso. Todo lo que se sobre la conducta me dice que sera asi.» En el juego de recuerdos y muerte en que se encontraban sumidos ambos hombres, Ricky ostentaba el terreno mas elevado. Luchaba en un lugar que conocia.
Penso que era todo lo que podia hacer.
Hacia las diez de la noche el mundo circundante se redujo a un terreno humedo y oscuro. Tenia los sentidos aguzados, la mente alerta a cualquier matiz de la noche. No habia oido ningun coche ni divisado faros durante mas de una hora y la lluvia parecia haber alejado los animales nocturnos hacia sus madrigueras, de modo que ni siquiera se oia el ruido de una zarigueya o una mofeta. Penso que estaba en ese momento en que el animo y la resolucion le fallarian, en que la duda se apoderaria de su mente e intentaria convencerle de que estaba esperando tontamente a alguien que no iba a aparecer.
Frustro esta sensacion insistiendose en que lo unico que sabia seguro era que Rumplestiltskin estaba cerca, y todavia lo estaria mas si perseveraba y esperaba. Deseo haber llevado una botella de agua o un termo de cafe, pero no lo habia hecho. «Es dificil planear un asesinato y recordar a la vez las cosas cotidianas», se dijo.
Movia los dedos de vez en cuando y tamborileaba con el indice sobre la culata del arma sin hacer ruido. En una ocasion lo sobresalto un murcielago que bajo en picado hacia el; en otra, un par de cervatillos salieron unos segundos del bosque. Solo distinguio sus siluetas, hasta que se asustaron y, al volverse, le ensenaron las colas blancas mientras se alejaban a saltitos.
Siguio esperando. Supuso que el asesino era un hombre acostumbrado a la noche y que se sentia comodo en
