montare un buen escandalo. Dicho de otro modo, todavia no tiene ningun problema, pero se lo voy a crear a no ser que me de unas cuantas respuestas utiles.

Ortiz intento asimilar la amenaza de Ricky.

– No se de ningun problema -aseguro-. Ese tio me dijo que no habria ningun problema.

– Yo diria que mintio. Cuentemelo -exigio Ricky en voz baja.

– Enfilamos la calle donde mi sobrino Carlos y yo tenemos repartos en seis edificios. Esa es nuestra ruta. Habia una limusina negra aparcada en mitad de la calle con el motor en marcha, esperandonos. Un hombre bajo y nos dijo que necesitaba un periodico de ese edificio. Le pregunte por que. Dijo que no era asunto mio y que no me preocupase, que solo queria dar una sorpresa a un viejo amigo en su cumpleanos. Queria escribirle algo en el periodico.

– Continue.

– Me dijo el piso y la puerta. Entonces saco un boligrafo y escribio en una pagina del periodico. Lo hizo sobre el capo de la limusina, pero no pude ver que ponia.

– ?Habia alguien mas?

Ortiz reflexiono un momento.

– Bueno, tenia que haber alguien al volante, seguro. Las ventanillas eran oscuras, pero tal vez habia alguien mas. El hombre miro dentro, como si comprobara con alguien si lo estaba haciendo bien, y termino. Me devolvio el periodico y me dio veinte dolares…

– ?Cuanto?

– Puede que fueran cien… -rectifico Ortiz en tono vacilante.

– ?Y luego que?

– Hice lo que me pidio, dejar el periodico en la puerta correcta.

– ?Le esperaba fuera cuando salio?

– No. La limusina se habia ido.

– ?Podria describirme a ese hombre?

– Blanco, de traje oscuro, quizas azul. Corbata. Ropa muy buena. Parecia un tio forrado. Saco el billete de cien de un fajo como si fuera calderilla para un mendigo.

– ?Y su aspecto?

– Gafas oscuras, no demasiado alto, con un cabello bastante curioso, como si se lo hubieran dejado caer sobre la cabeza.

– ?Como si llevase peluquin?

– Si, podria haber sido un peluquin. Y una barbita, tambien.

A lo mejor tambien era postiza. No era corpulento, pero sin duda estaba bien alimentado. De unos treinta anos…

Ortiz vacilo.

– ?Que?

– Recuerdo que las farolas se le reflejaban en los zapatos. Los llevaba muy lustrados. Eran carisimos. Esos mocasines con borlitas delante, ?como se llaman?

– No lo se. ?Cree que podria reconocerlo si lo viera?

– Lo dudo. La calle estaba muy oscura. La unica luz era la de las farolas. Y me parece que mire mas el billete de cien que a el.

A Ricky eso le parecio razonable.

– ?Anoto la matricula de la limusina?

Ortiz tardo un momento en contestar.

– No, joder. No se me ocurrio. Mierda. Deberia haberlo hecho, ?verdad?

– Si -dijo Ricky.

Pero sabia que no era necesario, porque ya conocia al hombre que habia estado esa manana en la calle esperando la furgoneta de reparto: era el abogado que decia llamarse Merlin.

A media manana recibio una llamada telefonica del director del First Cape Bank, el hombre que guardaba el efectivo que le quedaba en un cheque bancario a su nombre. El directivo del banco parecia nervioso y alterado. Mientras hablaba, Ricky intento recordar su cara, pero no pudo, aunque estaba seguro de que lo habia visto en persona alguna vez.

– ?Doctor Starks? Soy Michael Thompson, del banco. Hablamos el otro dia.

– Si. Me esta guardando un dinero, ?verdad?

– Lo tengo bajo llave en el cajon de mi escritorio. No le llamo por eso. Ha habido un movimiento inusual en su cuenta.

– ?Que clase de movimiento inusual? -quiso saber Ricky.

El hombre parecio reflexionar antes de contestar.

– Bueno, no me gusta especular, pero parece que han intentado acceder a su cuenta sin autorizacion.

– ?De que modo?

Parecio dudar de nuevo.

– Bueno, como ya sabe, estos ultimos anos hemos incorporado la banca electronica, como todo el mundo. Pero como somos una entidad pequena y localizada…, bien, nos gusta considerarnos anticuados en muchos sentidos…

Ricky sabia que esas palabras eran el eslogan publicitario del banco. Tambien sabia que el consejo de administracion del banco acogeria con entusiasmo cualquier absorcion por parte de uno de los megabancos el dia en que le llegara alguna oferta lo bastante jugosa.

– Si -afirmo-. Ese ha sido siempre uno de los mayores atractivos que ofrecen a los clientes.

– Gracias. Nos gusta pensar que ofrecemos un servicio personalizado.

– Pero ?que hay de ese acceso sin autorizacion?

– Poco despues de haber cerrado la cuenta de acuerdo con sus instrucciones, alguien quiso efectuar cambios en ella a traves de nuestros servicios de banca electronica. Nos enteramos de estos intentos porque un individuo llamo despues de que el acceso les fuera denegado.

– ?Llamaron?

– Alguien que afirmo ser usted.

– ?Que dijo?

– Era para quejarse. Pero en cuanto oyo que la cuenta estaba cerrada, colgo. Fue todo muy misterioso y algo desconcertante, porque nuestros registros informaticos indican que conocia su contrasena. ?Se la ha proporcionado a alguien?

– No -dijo Ricky, pero por un momento se sintio idiota.

Su contrasena era 37383, el equivalente en cifras de las letras que componian la palabra FREUD, y era tan obvio que casi se sonrojo. Usar la fecha de su cumpleanos podria haber sido peor, pero lo dudaba.

– Bueno, supongo que hizo bien en cerrar la cuenta.

Ricky reflexiono por un instante antes de preguntar:

– ?Tiene alguna forma de rastrear el numero de telefono o el ordenador que se uso para intentar acceder a mi cuenta?

El hombre vacilo.

– Pues si -dijo-. Pero la mayoria de los ladrones electronicos saben burlar a los investigadores. Usan ordenadores robados, codigos de telefono ilegales y ese tipo de cosas para ocultar su identidad. A veces el FBI tiene exito, pero disponen del sistema de seguridad informatico mas sofisticado del mundo. Nuestro sistema local es bastante menos efectivo. Y no se produjo ningun robo, de modo que la responsabilidad penal es limitada. La ley nos exige que informemos del intento a las autoridades bancarias, pero se tratara solo de una entrada mas en lo que lamentablemente es un archivo creciente. De todos modos, pedire que se ejecute ese programa para usted. Aunque no creo que nos lleve a ninguna parte.

Los ladrones de banca electronica son muy listos. Solemos acabar en un callejon sin salida.

– ?Podria intentarlo y decirme como ha ido, por favor? Enseguida. Tengo algunas limitaciones de tiempo -dijo Ricky.

– Lo probaremos y le llamaremos -contesto el hombre antes de colgar.

Ricky se reclino en la silla y se permitio la fantasia de que el banco le daria un nombre y un numero de

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