agua quedaba solo a unos metros de distancia. Ricky se sintio fascinado por las distintas tonalidades de azul verdoso que adquiria el rio: el casi negro cerca de las orillas, que se convertia en un azul mas claro y vibrante hacia el centro. Unos veleros surcaban el agua y dejaban una estela blanca a su paso, y algun que otro buque portacontenedores enorme y desgarbado navegaba por la zona mas profunda. A lo lejos, las Palisades se elevaban convertidas en columnas de roca entre grises y marrones, coronadas por grupos de arboles verde oscuro. Habia mansiones con amplios jardines; casas tan enormes que la riqueza que encerraban parecia inimaginable. En West Point atisbo la academia militar en lo alto de una colina con vistas al rio; los edificios imperturbables le parecieron tan grises y tensos como las lineas uniformadas de cadetes. El rio era ancho y cristalino, y le resulto facil imaginar al explorador que dio su nombre a estas aguas quinientos anos antes. Observo un rato la superficie, sin saber muy bien en que sentido discurria la corriente, si hacia la ciudad de Nueva York para desembocar en el oceano, o si ascendia al norte, empujada por las mareas y la rotacion de la Tierra. El hecho de no saberlo, de ser incapaz de decir en que direccion corria el agua a partir de la observacion de su superficie, le inquieto un poco.

Solo un grupo reducido de personas bajo del tren en Rhinebeck, y Ricky se entretuvo en el anden para observarlas, preocupado aun por si, a pesar de sus esfuerzos, alguien hubiera logrado seguirle. Unos adolescentes con vaqueros o pantalon corto se reian; una madre de mediana edad tiraba de tres ninos e intentaba mostrarse paciente con un chiquillo rubio que no paraba de corretear; un par de empresarios agobiados hablaban por el movil mientras salian de la estacion. Ninguna de las personas que bajaron del tren miro siquiera a Ricky, salvo el nino rubio, que se detuvo y le dirigio una mueca antes de subir corriendo el tramo de escaleras que conducia al exterior del anden. Ricky espero hasta que el tren se puso en marcha con unos fuertes resoplidos metalicos a medida que ganaba impulso. Seguro de que nadie se habia rezagado, subio al vestibulo. Era un viejo edificio de ladrillo con un suelo embaldosado donde los pasos resonaban y recorrido por un aire fresco que desafiaba el calor de ultima hora de la tarde. Un unico cartel con una flecha roja sobre una ancha puerta doble rezaba: TAXIS. Salio de la estacion y vio uno solo: un sedan blanco enlodado, con un distintivo en la puerta, un simbolo apagado en el techo y una abolladura enorme en el guardabarros delantero. El conductor parecia a punto de marcharse, pero vio a Ricky y retrocedio con brusquedad hacia el bordillo.

– ?Quiere que lo lleve? -pregunto.

– Si, por favor.

– Pues soy el unico que queda. Ya me iba cuando le vi salir por la puerta. Suba.

Ricky lo hizo y le dio la direccion del doctor Lewis.

– Ah, una propiedad excelente -afirmo el conductor, y acelero haciendo rechinar los neumaticos.

Una estrecha carretera serpenteante llevaba hasta la casa del viejo analista. Unos robles majestuosos creaban una cubierta que sombreaba el asfalto, de modo que la tenue luz de la tarde veraniega se filtraba lentamente, como harina a traves de un cedazo, y proyectaba sombras a derecha e izquierda. El paisaje mostraba unas colinas suaves, como las olas de un modesto mar. Vio manadas de caballos en algunos campos y, a lo lejos, grandes mansiones. Las casas mas cercanas a la carretera eran antiguas, a menudo de madera, y tenian placas en un lugar destacado, de modo que se supiese que tal casa se habia construido en 1788 o tal otra en i 8oz. Vio jardines coloridos y mas de un propietario en camiseta montado en una cortadora de cesped para segar con dinamismo una franja inmaculada de hierba. Le parecio que era un lugar de escapada. Supuso que la mayoria de esa gente tenia su vida principal en el ajetreado Manhattan, trabajando con dinero, poder y/o prestigio. Eran casas de fin de semana y de veraneo, carisimas pero con un autentico concierto de grillos por la noche.

El taxista comento:

– No esta mal, ?verdad? Algunas de estas casas cuestan unos cuantos dolares.

– Imagino que ha de ser imposible encontrar mesa en un restaurante los fines de semana -contesto Ricky.

– Asi es, en verano y en vacaciones. Pero no todos son de ciudad. Hay algunas personas que han echado raices, las suficientes para que no sea un pueblo fantasma. Es un lugar bonito. -Redujo la velocidad y doblo a la izquierda para tomar un camino de entrada-. El problema es que esta demasiado cerca de la ciudad.

Bueno, ya hemos llegado. Es aqui -dijo.

El doctor Lewis vivia en una vieja casa de labranza reacondicionada, con un diseno sencillo de dos plantas, pintada de un blanco reluciente y con una placa que indicaba 1791. No era ni mucho menos la mas grande de las casas que habian pasado. Tenia un enrejado con parras, flores plantadas en el sendero de entrada y un pequeno estanque con peces al borde del jardin. A un lado habia una hamaca y unas cuantas tumbonas de madera con la pintura blanca medio desconchada. Un Volvo familiar azul de diez anos estaba estacionado frente a un antiguo establo que ahora servia de garaje.

El taxi se marcho y Ricky se detuvo al final del camino de grava. De repente se dio cuenta de que habia ido con las manos vacias. No llevaba ninguna bolsa, ningun detalle, ni siquiera la proverbial botella de vino blanco. Inspiro hondo y sintio una oleada de emociones contradictorias. No era precisamente miedo, pero si la sensacion que un nino tiene al saber que debe informar de alguna travesura a sus padres. Ricky sonrio, porque sabia que ese nerviosismo era normal; la relacion entre analista y analizado es profunda y provocadora, y opera de muchas formas distintas, incluso como entre alguien con autoridad y un nino. Eso formaba parte del proceso de transferencia, en el que el analista va adoptando distintos papeles que conducen, en ultima instancia, a la comprension.

Pocas profesiones medicas ejercen un impacto asi en sus pacientes.

Seguramente un traumatologo ni siquiera recuerda la rodilla o la cadera que opero anos atras. Pero es probable que el analista recuerde, si no todo, si gran parte, ya que la mente es mucho mas sofisticada que una rodilla, aunque a veces no tan eficiente.

Avanzo despacio hacia la entrada, asimilando todo lo que veia.

Se recordo que esta es otra de las claves del analisis: el terapeuta conoce casi todas las intimidades emocionales y sexuales del paciente, quien por su parte apenas sabe nada sobre el terapeuta. El misterio imita los misterios fundamentales de la vida y la familia; y adentrarse en lo desconocido produce siempre fascinacion e inquietud.

«El doctor Lewis me conoce -penso-. Pero ahora yo sabre algo de el, y eso cambia las cosas.» Esta observacion le inquieto aun mas.

A mitad de los peldanos de la entrada, la puerta principal se abrio de golpe. Oyo su voz antes de verlo.

– Me apuesto a que te sientes algo incomodo.

– Me ha leido los pensamientos -contesto Ricky, en lo que era una especie de broma entre analistas.

Lewis lo condujo a un estudio, junto al recibidor de la vieja casa. Ricky dirigio los ojos de un lado a otro para grabarse los detalles mentalmente. Libros en un estante. Una pantalla de Tiffany.

Una alfombra oriental. Como muchas casas antiguas, el interior tenia una atmosfera oscura, en contraste con unas relucientes paredes blancas. Le parecio fresco, nada cargado, como si las ventanas hubiesen estado abiertas la noche anterior y la casa hubiese conservado el recuerdo de unas temperaturas mas bajas. Detecto un ligero olor a lila y oyo los ruidos distantes de una cocina en la parte de atras.

El doctor Lewis era un hombre delgado, algo encorvado, calvo, con unos agresivos mechones de pelo que le salian detras de las orejas, lo que le conferia un aspecto de lo mas curioso. Llevaba unas gafas apoyadas en la punta de la nariz, de modo que rara vez parecia mirar realmente a traves de ellas. Tenia algunas manchas de la edad en el dorso de las manos y un ligerisimo temblor de dedos. Se movio despacio, cojeando un poco, y se instalo por fin en un sillon de orejas de piel roja, muy mullido, a la vez que indicaba a Ricky que se sentara en una butaca algo mas pequena.

Ricky se arrellano entre los cojines.

– Estoy encantado de verte, Ricky, incluso despues de tantos anos. ?Cuanto hace?

– Mas de una decada, sin duda. Tiene buen aspecto, doctor.

Lewis sonrio y meneo la cabeza.

– No deberias empezar con una mentira tan evidente, aunque a mi edad las mentiras se agradecen mas que la verdad. Las verdades son siempre inoportunas. Necesito una cadera nueva, una vejiga nueva, una prostata nueva, ojos y orejas nuevos, y unos cuantos dientes nuevos. Unos pies nuevos tambien me irian bien.

Quiza necesitaria tambien un corazon nuevo. Ademas, no estaria de mas renovar el coche del garaje y las canerias de la casa. Ahora que lo pienso, las mias tambien. El tejado esta bien, sin embargo. -Se dio unos golpecitos en la frente y anadio en tono socarron-: El mio tambien. Pero no has venido para saber como

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