Pennsylvania estaba mas adelante y avanzo a un ritmo constante y rapido hacia el brillo de las luces. Mientras caminaba con determinacion militar hacia el iluminado vestibulo, diviso a uno de los mozos, sentado en una carretilla y enfrascado en la lectura del Daily News mientras esperaba la llegada del siguiente tren. En ese mismo instante, el hombre abrio el periodico de modo que Ricky pudo ver el gran titular de portada, impreso en esas mayusculas inconfundibles que buscan llamar la atencion:

UNA AGENTE DE POLICIA EN COMA TRAS UN ATROPELLO CON FUGA

Y debajo el subtitulo:

SE SOSPECHA DEL VIOLENTO MARIDO

17

Ricky se sento en un banco de madera en medio de la estacion con un ejemplar del News y otro del Post en el regazo, ajeno al flujo de gente que lo rodeaba, encorvado como un arbol solitario que se inclina bajo la fuerza de un vendaval. Cada palabra que leia parecia acelerarse, deslizandose por su imaginacion como un coche fuera de control, con los frenos bloqueados y un chirrido de impotencia, incapaz de detenerse en su trayectoria hacia un choque inevitable.

Las dos historias contenian los mismos detalles: Joanne Riggins, una detective de treinta y cuatro anos de la policia de Nueva York, habia sido victima de un atropello con fuga la noche anterior a menos de media manzana de su casa cuando cruzaba la calle. La mujer estaba en coma, conectada a sistemas de mantenimiento de vida, en el Brooklyn Medical Center despues de una operacion de urgencia. Pronostico reservado. Los testigos contaron a ambos periodicos que habian visto huir del lugar del accidente un Pontiac Firebird rojo, un vehiculo como el que poseia el ex marido de la detective. Aunque todavia no se habia encontrado el automovil, la policia estaba interrogando al ex marido. El Post informaba que el hombre afirmaba que le habian robado el coche la noche anterior al atropello. El News revelaba que la victima habia obtenido una orden de restriccion contra el durante el divorcio y que otra mujer policia habia obtenido una segunda, precisamente la misma mujer que habia acudido en ayuda de la detective Riggins segundos despues de ser embestida por el coche. El periodico informaba tambien que el ex marido habia amenazado en publico a su esposa durante el ultimo ano de su matrimonio.

Era una historia ideal para un periodico sensacionalista, llena de indicios de un sordido triangulo sexual, de una infidelidad tempestuosa y de pasiones desatadas que al final habian desembocado en violencia.

Ricky sabia tambien que era basicamente falsa.

No la mayoria de la historia, por supuesto; solo un pequeno aspecto: el conductor del coche no era el ex marido, aunque este fuese el sospechoso mas obvio. Ricky sabia que tardarian mucho tiempo en llegar a creer las declaraciones de inocencia del ex marido y todavia mas en examinar cualquier coartada que arguyera.

Probablemente al hombre se lo podria acusar de pensar y desear que se produjera un hecho asi, y sin duda quien habia preparado el accidente tambien lo sabia.

Estrujo el News, furioso, casi como si retorciera el cuello de un animalito, y lo arrojo a un lado, esparciendo las hojas sobre el banco de madera. Penso en llamar a los policias que investigaran el caso, incluso al jefe de Riggins en la comisaria. Intento imaginar a uno de los companeros de trabajo de Riggins escuchando su relato. Sacudio la cabeza con creciente desesperacion. No habia ninguna posibilidad de que alguien prestara atencion a su historia.

Ni una palabra.

Levanto la cabeza despacio, una vez mas con la sensacion de que lo estaban observando. Inspeccionando. Sus reacciones eran medidas como si fuera objeto de algun siniestro estudio clinico. La sensacion le dejo la piel fria y sudorosa. Se le puso carne de gallina en los brazos. Miro alrededor del amplio vestibulo. En pocos segundos, decenas, centenares, quizas hasta millares de personas pasaron por su lado. Pero el se sentia completamente solo.

Se levanto y, como un hombre herido, se dirigio hacia el exterior de la estacion, en direccion a la parada de taxis. Junto a la entrada habia un indigente que pedia limosna, lo que sorprendio a Ricky; la policia solia desalojarlos de los lugares destacados. Se detuvo y echo toda la calderilla que tenia en el vaso de plastico vacio del hombre.

– Tenga -dijo Ricky-. No lo necesito.

– Gracias, senor, gracias -contesto el menesteroso-. Que Dios le bendiga.

Ricky lo observo un momento y vio llagas en sus manos y lesiones que le marcaban la cara medio ocultas por una barba raquitica. Suciedad, mugre, harapos. Con estragos debidos a las calles y a la enfermedad mental, el hombre podria tener cualquier edad entre cuarenta y sesenta anos.

– ?Se encuentra bien? -pregunto Ricky.

– Si, senor. Si, senor. Gracias. Que Dios le bendiga por su generosidad. Que Dios le bendiga. ?Tiene calderilla? -El indigente habia girado la cabeza hacia otra persona que salia de la estacion-. ?Tiene calderilla?

Repetia el estribillo sin prestar atencion a Ricky, que seguia de pie frente a el.

– ?De donde es? -le pregunto Ricky.

El vagabundo lo observo con repentina desconfianza.

– De aqui -afirmo con cautela senalando su lado de la acera-.

De alla -anadio, senalando el otro lado de la calle-. De todas partes -concluyo haciendo un circulo con los brazos alrededor de la cabeza.

– ?Donde esta su hogar?

El hombre se senalo la frente. Eso tenia sentido para Ricky.

– Bueno, pues, que le vaya bien -dijo Ricky.

– Si, senor. Si, senor. Que Dios le bendiga. -Y retomo su letania el hombre-: ?Tiene calderilla?

Ricky se alejo y, de repente, se pregunto si habria condenado a ese indigente por el mero hecho de hablar con el. Se dirigio hacia la parada de taxis. ?Acaso todas las personas con las que se relacionase se convertirian en un blanco? Le habia sucedido a la detective, podia haberle ocurrido a Lewis. Y Zimmerman. Un herido, un desaparecido, un muerto.

«Si tuviera un amigo, no podria llamarlo -penso-. Si tuviera una amante, no podria ir a verla. Si tuviera un abogado, no podria pedirle hora. Si tuviera dolor de muelas, ni siquiera podria ir a que me pusieran un empaste sin poner en peligro al dentista. Las personas a quienes toco se convierten en vulnerables.»

Ricky se detuvo en la acera y se observo las manos.

«Veneno -penso-. Me he convertido en veneno.»

Abatido por esa idea, paso de largo la fila de taxis que esperaban. Siguio por la ciudad en direccion a Park Avenue. Los ruidos y el ajetreo de la ciudad, un movimiento y un sonido incesantes, no lo alcanzaban, de modo que avanzaba en lo que le parecia un silencio absoluto, ajeno al mundo que lo rodeaba, mientras era como si su propio mundo se redujera con cada paso que daba. Estaba a unas sesenta manzanas de su casa y las recorrio todas apenas consciente de haber respirado siquiera durante el trayecto.

Se encerro en su casa y se desplomo en la butaca de su consulta.

Ahi paso el resto del dia y toda la noche, temeroso de salir, temeroso de estarse quieto, temeroso de recordar, temeroso de dejar la mente en blanco, temeroso de estar despierto, temeroso de dormir.

Debio de haber echado una cabezada en algun momento hacia la madrugada porque, cuando se desperto, el dia ya brillaba en las ventanas. Tenia el cuello rigido y todas las articulaciones le crujieron irritadas por haber pasado la noche sentado. Se levanto con cuidado y fue al cuarto de bano, donde se cepillo los dientes y se mojo la cara. Se miro un momento en el espejo y observo que la tension parecia haber dejado huella en todas sus lineas y angulos. Penso que desde los ultimos dias de su mujer no habia tenido un aspecto tan cercano a la desesperacion, sentimiento que, segun admitio compungido, era el mas parecido emocionalmente a la muerte.

El calendario con la equis en la mesa ya tenia mas de dos terceras partes llenas.

Marco otra vez el numero del doctor Lewis en Rhinebeck, en vano. Llamo a informacion de esa zona, pensando que tal vez tuviera un nuevo telefono, pero no logro nada. Penso en llamar al hospital o al deposito de cadaveres para averiguar que era cierto y que era falso, pero se abstuvo. No estaba seguro de querer saber la

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