El hijo, que vio la equivocacion, quiere vengarse sin dilacion.
Antes era pobre y rico ahora; cumplira su deseo sin demora.
?Visitar los archivos del hospital bastara para lograr el triunfo final?
Hay algo que Ricky no puede olvidar:
tiene setenta y dos horas para jugar.
Los versos parecian burlones y cinicos a pesar de su estructura infantil. Le recordo un poco la infinita tortura del patio de un jardin de infancia, con burlas e insultos cantarines. Sin embargo, los resultados que Rumplestiltskin tenia en mente no eran infantiles. Ricky arranco la pagina, la doblo y se la metio en un bolsillo.
Arrojo el resto del Times al suelo del taxi. El conductor maldecia entre dientes al trafico, manteniendo una conversacion constante con todos los camiones, coches y algun que otro ciclista o peaton que le obstruian el paso. Lo mas interesante de su conversacion era que nadie podia oirla. No bajaba la ventanilla y gritaba palabrotas, ni tocaba el claxon como hacen algunos taxistas en una reaccion nerviosa al trafico que los rodea. En lugar de eso, ese hombre se limitaba a hablar, daba instrucciones, lanzaba desafios e indicaba maniobras mientras conducia, con lo que, en cierto modo extrano, debia sentirse relacionado, o por lo menos como si interactuara con todo lo que se situaba en su campo visual. O en su punto de mira, segun como se viera. Ricky penso que era algo insolito pasarse todos los dias de la vida teniendo conversaciones que nadie oia. Pero despues se pregunto si no hacemos todos lo mismo.
El taxi lo dejo frente al enorme complejo del hospital. Vio la entrada de urgencias al final del edificio, con un rotulo de grandes letras rojas y una ambulancia delante. Un escalofrio le recorrio la espalda a pesar del sofocante calor del verano. Fue un frio determinado por la ultima vez que habia estado en el hospital, con ocasion de una visita a su esposa, cuando esta todavia luchaba contra la enfermedad que acabaria con su vida, sometiendose a radio y quimioterapia asi como a las demas medidas contra la terrible dolencia que destruia su cuerpo. La seccion de oncologia ocupaba otra parte del complejo, pero eso no lo libro de la sensacion de impotencia y temor que volvio a surgir en el, identica a la ultima vez que habia estado en la calle frente al hospital. Alzo los ojos hacia los imponentes edificios de ladrillo. Penso que habia estado en el hospital tres veces en su vida: la primera, cuando trabajo seis meses en la clinica para pacientes externos, antes de montar una consulta privada; la segunda, cuando ese centro se sumo a la larga serie que su mujer recorrio en su batalla futil contra la muerte; y esta tercera, en que regresaba para averiguar el nombre de la paciente a la que habia ignorado o desatendido y que ahora amenazaba su propia vida.
Avanzo en direccion a la entrada y, curiosamente, detesto el hecho de saber donde se guardaban los historiales medicos.
En el mostrador de los archivos de historiales medicos habia un empleado panzudo de mediana edad con una estridente camisa de estampado hawaiano y unos desastrados pantalones caqui. Miro a Ricky con asombro cuando este le explico el motivo de su visita.
– ?Que quiere exactamente de hace veinte anos? -dijo con incredulidad.
– Todos los historiales de la clinica psiquiatrica para pacientes externos correspondientes al periodo de seis meses en que trabaje en ella. Cada paciente que venia recibia un numero clinico y se le abria un expediente, incluso aunque solo viniera una vez. Esos expedientes contienen todas las notas que se tomaban del caso.
– No estoy seguro de que esos historiales se hayan introducido en el ordenador -comento el empleado.
– Apuesto a que si. Vamos a comprobarlo.
– Llevara algun tiempo, doctor -aseguro el hombre-. Y tengo muchas otras peticiones.
Ricky reflexiono un momento sobre lo facil que les resultaba a Virgil y Merlin lograr que la gente hiciera cosas sencillas ofreciendoles dinero. Llevaba doscientos cincuenta dolares en la cartera y saco doscientos, que dejo sobre el mostrador.
– Esto facilitara las cosas -dijo-. Quiza me ponga el primero de la cola.
El empleado miro alrededor, vio que nadie lo estaba observando y cogio el dinero.
– Estoy a su disposicion, doctor -repuso con una sonrisita. Se metio el dinero en el bolsillo y movio la mano-. Veamos que podemos encontrar -dijo, y empezo a teclear en el ordenador.
Los dos hombres tardaron el resto de la manana en obtener una lista de numeros de expediente. Si bien consiguieron aislar el ano en cuestion, no se podia determinar informaticamente si esos numeros eran de hombres o de mujeres, y tampoco habia ningun codigo que identificara que medico habia visitado a cada paciente. Ricky habia estado en la clinica desde marzo hasta principios de septiembre. El empleado logro cenirse a ese periodo. Para reducir aun mas la seleccion, Ricky supuso que la madre de Rumplestiltskin habia acudido en los meses de verano, hacia veinte anos.
En ese lapso se habian abierto doscientos setenta y nueve expedientes de nuevos pacientes en la clinica.
– Si quiere encontrar a una persona concreta -dijo el hombre-, tendra que examinar cada expediente. Yo se los puedo buscar, pero despues es cosa suya. No sera facil.
– No pasa nada -aseguro Ricky-. No esperaba que lo fuera.
El empleado condujo a Ricky a una mesita metalica en un rincon de su oficina. Ricky se sento en una silla de madera mientras el hombre empezaba a llevarle los expedientes. Tardo por lo menos diez minutos en reunir los doscientos setenta y nueve, que deposito en el suelo al lado de Ricky. Luego le proporciono un bloc y un boligrafo y se encogio de hombros.
– Procure no desordenarlos -pidio-. Asi no tendre que archivarlos de nuevo uno a uno. Y vaya con cuidado con todas las entradas, por favor; no mezcle los documentos y las notas de un expediente con los de otro. No es que piense que alguien quiera volver a consultarlos, desde luego. No se ni por que los guardamos. Pero yo no dicto las normas. ?Usted sabe quien dicta las normas?
– No -contesto Ricky mientras alargaba la mano hacia el primer archivo-. No lo se. La direccion del hospital, seguramente.
El hombre se carcajeo con desden.
– Oiga -dijo mientras regresaba al mostrador-. Usted es psiquiatra, doctor. Creia que lo suyo era ayudar a la gente a crear sus propias normas.
Ricky no contesto pero considero que era una afirmacion inteligente. El problema era que todas las personas seguian sus propias normas. Sobre todo Rumplestiltskin. Tomo el primer expediente del primer monton y lo abrio. De repente penso que era como abrir una carpeta de la memoria.
Las horas le pasaron volando. Leer aquellos expedientes era un poco como estar en medio de una catarata de desesperacion.
Cada uno contenia el nombre de una paciente, su direccion, parientes cercanos e informacion del seguro, si la habia. En las hojas de diagnostico habia notas mecanografiadas. Tambien habia el tratamiento sugerido. De forma sucinta y rapida, cada nombre estaba desglosado en su esencia psicologica. La terminologia utilizada era incapaz de ocultar las amargas verdades que yacian tras la llegada de cada persona a la clinica: abusos sexuales, rabia, palizas, drogadicciones, esquizofrenia, delirios: una caja de Pandora de las enfermedades mentales. La clinica para pacientes externos del hospital habia sido un vestigio del activismo de los anos sesenta, un plan de buenas obras para ayudar a los menos afortunados abriendo las puertas del hospital a la comunidad. La palabra clave de la epoca era «devolver». La realidad habia sido mas dura y menos utopica. Los pobres de la ciudad padecian una amplia serie de enfermedades, y muy pronto la clinica habia descubierto que no era mas que un mero dedo en un dique que tenia millares de fugas de agua. Ricky habia llegado al termino de su formacion psicoanalitica. Al menos, esta habia sido su razon oficial. Pero cuando se incorporo al personal de la clinica, estaba lleno del idealismo y la determinacion de la juventud. Recordaba haber cruzado las puertas con aversion por el elitismo de la profesion a la que accedia, decidido a llevar las tecnicas analiticas a una amplia gama de personas desesperadas. Este sentido liberal del altruismo le habia durado una semana.
Los cinco primeros dias, un paciente que queria muestras de farmacos habia disparado contra la mesa de Ricky; un loco que oia voces y lanzaba punetazos le habia atacado; un proxeneta furioso habia interrumpido una sesion con una mujer joven, provisto de una navaja con la que logro rajar la cara a su ex novia y el brazo al guardia de seguridad antes de ser reducido; y habia tenido que enviar a una preadolescente a urgencias para que le curaran quemaduras de cigarrillo en brazos y piernas cuya autoria no quiso revelar. La recordaba muy bien; era puertorriquena y tenia unos bonitos y dulces ojos negros del mismo color que su cabello, y habia ido a la clinica sabiendo que alguien estaba enfermo y que muy pronto ella aprenderia en carne propia que los malos tratos generan malos tratos de una forma mucho mas dramatica de lo que cualquier estudio gubernamental de ensayos clinicos llegara a determinar nunca. No tenia seguro ni forma de pagar, asi que Ricky la visito cinco veces, que era
