respuesta.
Lo unico a lo que podia aferrarse era un comentario que habia hecho Lewis durante su conversacion. Todo lo que Rumplestiltskin estaba haciendo era, al parecer, para acercar mas a Ricky hacia el.
Pero Ricky no podia imaginar con que fin, aparte de la muerte.
El Times estaba frente a su puerta, lo recogio y vio su pregunta en la parte inferior de la portada, junto a un anuncio que pedia hombres para un experimento sobre la impotencia. El rellano de su casa estaba silencioso y vacio. Era un espacio poco iluminado, polvoriento. El unico ascensor paso de largo con un crujido. Las demas puertas, pintadas todas de negro con un numero dorado en el centro, estaban cerradas. Supuso que la mayoria de los inquilinos estaria de vacaciones.
Repaso con rapidez las paginas del periodico, con cierta esperanza de que la respuesta estuviera en su interior porque, despues de todo, Merlin habia oido la pregunta y seguramente la habria transmitido a su jefe. Pero no encontro ningun indicio de Rumplestiltskin en el periodico. No le sorprendio. No le parecia probable que usara la misma tecnica dos veces, porque eso lo haria mas vulnerable, tal vez mas reconocible.
La idea de tener que esperar la respuesta veinticuatro horas le resultaba agobiante. Sabia que tenia que avanzar incluso sin ayuda. Lo unico que le parecio viable fue intentar encontrar los historiales de las personas que atendio en la clinica donde habia trabajado tan poco tiempo veinte anos atras. Era una posibilidad muy remota pero, por lo menos, le daria la impresion de que estaba haciendo algo mas que esperar que venciera el plazo. Se vistio deprisa y se dirigio a la puerta de su piso. Pero una vez estuvo con la mano en el pomo, a punto de salir, se detuvo. Una oleada repentina de ansiedad le recorrio el cuerpo; el corazon se le acelero y las sienes empezaron a palpitarle. Era como si un calor insoportable le hubiese traspasado hasta el centro de su cuerpo. Una parte de el le gritaba advirtiendole que no saliera, que fuera de su casa no estaba seguro. Por un instante, le hizo caso y retrocedio.
Inspiro hondo para intentar controlar este panico desmedido.
Reconocio lo que le estaba pasando. Habia tratado a muchos pacientes con ataques de ansiedad parecidos. En el mercado habia Xanax, Prozac y antidepresivos de toda clase, y a pesar de su renuencia a recetar, se habia visto obligado a hacerlo en mas de una ocasion.
Se mordio el labio inferior al comprender que una cosa es tratar algo y otra vivirlo. Se alejo otro paso de la puerta con la mirada puesta en la hoja mientras imaginaba lo que habia al otro lado, tal vez en el rellano, sin duda en la calle, donde le esperaban todo tipo de terrores. Habia demonios aguardandole en la acera, como una muchedumbre enfurecida. Un oscuro viento parecia envolverlo y penso que, si salia, seguramente moriria.
En ese instante fue como si todos los musculos le gritaran que retrocediera, que se refugiara en la consulta y se escondiera.
Clinicamente, conocia la naturaleza de su panico.
La realidad, sin embargo, era mucho mas dura.
Combatio el impulso de retroceder y noto como sus musculos se tensaban y se quejaban, igual que cuando uno tiene que levantar algo muy pesado del suelo y se produce esa medicion instantanea de la fuerza frente al peso, terminos de una ecuacion que da como resultado levantarlo y transportarlo o dejarlo en el suelo.
Este era uno de esos momentos para Ricky, y necesito hasta el ultimo apice de voluntad para superar la sensacion de miedo total y absoluto.
Como un paracaidista que se lanza a la oscuridad sobre territorio enemigo, logro obligarse a abrir la puerta y salir. Dar ese paso le resulto casi doloroso.
18
Cuando llego a la calle, estaba sudando y mareado por el esfuerzo. Debia de tener los ojos desorbitados, estar palido e ir desalinado, porque un joven que pasaba se volvio y lo miro antes de acelerar el paso y alejarse deprisa. Ricky avanzo casi tambaleante hacia la esquina, donde podia parar con mas facilidad un taxi.
Llego a la esquina, se paro para enjugarse el sudor de la cara y se acerco al bordillo con la mano en alto. En ese instante, un taxi amarillo se detuvo milagrosamente delante de el para que bajara un pasajero. Ricky sostuvo la puerta abierta para quien se apeaba y, de ese modo tan habitual en la ciudad, conseguir taxi.
Quien salio fue Virgil.
– Gracias, Ricky -dijo la mujer con ligereza. Se ajusto las gafas de sol que llevaba y sonrio ante la consternacion que debio de reflejar el rostro de el-. Te he dejado el periodico para que lo leas -anadio.
Y sin mas, se alejo deprisa por la calle. En unos segundos, habia doblado la esquina y desaparecido.
– Oiga, ?quiere que lo lleve o no? -le urgio con brusquedad el taxista. Ricky seguia sujetando la puerta, de pie en el bordillo.
Miro dentro y vio un ejemplar del Times de ese dia doblado en el asiento, asi que subio al coche-. ?Adonde? -pregunto el hombre.
Ricky fue a contestar pero se detuvo.
– La mujer que acaba de bajar, ?donde la recogio? -pregunto a su vez.
– Era muy rara -contesto el taxista-. ?La conoce?
– Si. Mas o menos.
– Bueno, me para a dos manzanas de aqui, me dice que siga alli mismo con el taximetro en marcha todo el rato mientras ella esta ahi sentada sin hacer nada excepto mirar por la ventanilla y tener el movil pegado a la oreja, pero sin hablar con nadie, solo escuchando. De repente me dice «?Vamos alli!» y me senala donde esta usted. Me pasa un billete de veinte por el cristal y me dice: «Ese hombre es su proximo cliente. ?Lo entiende?». Le contesto: «Lo que usted diga, senora», y hago lo que me ha pedido. Y aqui esta usted. Era muy atractiva, la senora. ?Adonde vamos?
– ?No se lo dijo ella? -pregunto Ricky tras una pausa.
– Ya lo creo, joder -sonrio el taxista-. Pero me dijo que tenia que preguntarselo de todos modos, para ver si lo adivinaba.
– Al hospital Columbia Presbyterian -asintio Ricky-. La clinica para pacientes externos de la Ciento cincuenta y dos con West End.
– ?Bingo! -exclamo el conductor, que puso en marcha el taximetro y acelero para unirse al trafico de media manana.
Ricky tomo el periodico que yacia en el asiento. Al hacerlo, se le ocurrio una pregunta y se inclino hacia la mampara de plastico entre conductor y pasajero.
– Oiga -dijo-. ?Esa mujer le dijo que hacer si yo le daba otra direccion? ?Un sitio distinto del hospital?
El taxista sonrio.
– ?Que es esto, alguna clase de juego?
– Podria decirse asi -contesto Ricky-. Pero no creo que le gustara jugarlo.
– No me importaria jugar a una o dos cosas con ella, ya me entiende.
– Si le importaria -le contradijo Ricky-. Puede pensar que no, pero yo le aseguro que si.
– Ya -asintio el hombre-. Algunas mujeres con el aspecto de esa causan mas problemas de lo que valen. Podria decirse que no valen lo que cuesta la entrada.
– Exactamente -aseguro Ricky.
– En cualquier caso, tenia que llevarle al hospital dijera lo que dijera. Me explico que usted lo entenderia cuando llegaramos. Me dio cincuenta dolares para que lo llevara.
– Tiene dinero -dijo Ricky, y se reclino en el asiento.
Respiraba con dificultad y el sudor le seguia nublando los ojos y manchandole la camisa. Abrio el periodico.
Encontro lo que buscaba en la pagina 113, escrito con el mismo boligrafo rojo y en mayusculas sobre un anuncio de lenceria de los almacenes Lord amp; Taylor, de modo que las palabras cubrian la figura esbelta de la modelo y tapaban la ropa interior que lucia.
Ricky se acerca cada vez mas, en su busqueda hacia atras.
La ambicion la mente le nublo, y lo que decia la mujer ignoro.
La dejo confusa, a la deriva, tan perdida que le costo la vida.
