– ?Que es tan importante sobre una pobre mujer que vino al hospital hace veinte anos? -pregunto el empleado.
– Alguien cometio un error -contesto Ricky.
– Y ahora alguien tiene que pagar, ?eh? -comento el hombre, que parecio aceptar esa explicacion.
– Eso parece -respondio Ricky mientras se disponia a marcharse.
Ricky salio del hospital sintiendo aun un cosquilleo en las manos, en especial en los dedos que habia hincado en la nuca del empleado. No recordaba ningun momento de su vida en que hubiera usado la fuerza para lograr algo. Pensaba que vivia en un mundo de persuasion y de dialogo; la idea de haber usado la fuerza fisica para amenazar al empleado, aunque fuera de modo tan modesto, le indicaba que estaba cruzando algun tipo de barrera extrana o superando alguna clase de demarcacion tacita. El era un hombre de palabras o, por lo menos, eso habia creido hasta recibir la carta de Rumplestiltskin. En el bolsillo llevaba el nombre de la mujer que habia tratado en un momento de transicion en su propia vida.
Se pregunto si habia llegado a otra demarcacion de ese tipo. Y, al mismo tiempo, si estaria al borde del camino que lo llevaria a convertirse en algo nuevo.
Se dirigio hacia el rio Hudson cruzando el enorme complejo hospitalario. Habia un patio pequeno cerca de la parte delantera del Harkness Pavilion, una rama de las instalaciones que se encargaba de los especialmente ricos y especialmente enfermos. Eran edificios inmensos, de varias plantas, construidos con ladrillo y piedra, lo que reflejaba solidez y resistencia, y se elevaban desafiantes ante las muchas caras de los infinitesimales y enclenques organismos patogenos. Recordaba el patio como un lugar tranquilo, donde uno podia sentarse en un banco y dejar que los ruidos de la ciudad se desvanecieran para quedarse a solas con el odioso problema que lo corroyera por dentro.
Por primera vez en casi dos semanas, la sensacion de ser seguido y observado habia desaparecido. Estaba seguro de estar solo.
No esperaba que esta situacion durara.
No tardo mucho en localizar un banco y en unos momentos estaba sentado, con el expediente y el sobre que le habia dado el empleado en el regazo. Para un transeunte, pareceria solo un medico o un familiar que dedicaba un rato fuera del hospital a reflexionar sobre alguna cuestion o a dar un bocado para almorzar.
Ricky vacilo, un poco inseguro sobre lo que podria desenterrar al leer los documentos, y abrio la carpeta.
El nombre de aquella paciente que habia visitado hacia veinte anos era Claire Tyson.
Contemplo las letras del nombre. No le decian nada.
Ninguna cara le vino a la memoria. Ninguna voz le resono en el oido, recordada tras tanto tiempo. Ningun gesto, expresion ni tono cruzo la barrera de los anos. Los acordes de la memoria permanecieron silenciosos. Solo era un nombre entre los muchos de aquella epoca.
Su incapacidad de recordar un solo detalle lo dejo frio.
Leyo con rapidez el formulario de ingreso. La mujer presentaba un estado de depresion aguda acompanada de ansiedad fobica. Habia llegado a la clinica desde urgencias, donde habia ido por contusiones y laceraciones. Habia indicios de violencia domestica con un hombre que no era el padre de sus tres hijos pequenos, de diez, ocho y cinco anos. Tenia solo veintinueve anos y habia dado la direccion de un piso cerca del hospital; Ricky recordo que era una parte inmunda de la ciudad. No tenia seguro de enfermedad y trabajaba de dependienta a tiempo parcial en una tienda de comestibles. No era originaria de Nueva York, y en la casilla de parientes proximos figuraba su familia en una pequena poblacion al norte de Florida. Sus numeros de la seguridad social y de telefono eran los unicos otros datos incluidos en el formulario de ingreso.
Paso a la segunda hoja, un formulario de diagnostico, y reconocio su letra. Las palabras le llenaron de terror. Eran sucintas, secas, concisas. Carecian de pasion y compasion.
La senorita Tyson afirma tener veintinueve anos y ser madre de tres hijos pequenos. Actualmente mantiene una relacion conflictiva con un hombre que no es el padre de los ninos. Afirma que este la abandono hace unos anos para irse a trabajar a una plataforma petrolifera en el suroeste. No tiene seguro de enfermedad y solo puede trabajar a tiempo parcial, ya que no dispone de medios para contratar una ninera que se ocupe de sus hijos. Recibe prestaciones sociales del estado, del programa federal de ayuda a familias con menores dependientes, vales canjeables por alimentos y vivienda subvencionada. Tambien manifiesta que no puede regresar a su Florida natal porque se distancio de sus padres debido a su relacion con el padre de sus hijos. Afirma, ademas, que no dispone de fondos para ese traslado.
Clinicamente, la senorita Tyson parece una mujer de inteligencia superior a la media, que se preocupa mucho por sus hijos y su bienestar. Posee titulacion secundaria y dos anos de universidad, estudios que dejo al quedarse embarazada. Parece muy desnutrida y presenta un tic persistente en el parpado derecho. Evita el contacto visual al comentar su situacion y solo levanta la cabeza cuando se le pregunta por sus hijos, a quienes afirma querer mucho. Niega oir voces, pero admite llantos espontaneos de desesperacion que no puede controlar. Dice que solo sigue viva por sus hijos, pero niega cualquier tendencia suicida. Niega tener dependencia o adiccion a las drogas y no se han detectado signos visibles de consumo de narcoticos, pero se ha ordenado un estudio toxicologico.
Diagnostico inicial: depresion aguda persistente debida a la pobreza. Trastornos de la personalidad. Posible consumo de drogas.
Recomendacion: tratamiento como paciente externo durante las cinco sesiones que establece el estado.
Y habia firmado al final de la pagina. Mientras observaba su firma se pregunto si en realidad no habria firmado su sentencia de muerte.
En otra hoja se senalaba que Claire Tyson habia vuelto a verlo a la clinica cuatro veces pero que no se habia presentado a la quinta y ultima sesion. Ricky penso que al menos en eso su viejo mentor, el doctor Lewis, estaba equivocado. Pero entonces se le ocurrio otra cosa, asi que desdoblo la copia del certificado de defuncion y comparo su fecha con la inicial del tratamiento en el formulario de la clinica.
Quince dias.
Se retrepo en el banco. La mujer habia ido al hospital, se la habian pasado a el, y medio mes despues estaba muerta.
El certificado de defuncion parecia quemarle la mano. Claire Tyson se habia ahorcado en el cuarto de bano de su casa con un cinturon de hombre pasado por una caneria descubierta. La autopsia revelo que poco antes de su muerte habia recibido una paliza y que estaba embarazada de tres meses. Un informe policial grapado al certificado de defuncion indicaba que se habia interrogado a un hombre llamado Rafael Johnson respecto de la paliza, pero no habia sido detenido. Los tres ninos habian pasado a disposicion del Departamento de Asistencia al Menor.
«Aqui esta», penso Ricky.
Ninguna de las palabras impresas en los formularios conseguia transmitir el horror de la vida y la muerte de Claire Tyson. La palabra «pobreza» no reflejaba un mundo lleno de ratas, suciedad y desesperacion. La palabra «depresion» a duras penas sugeria el peso terrible que debio de sobrellevar. En el remolino de la vida que atrapo a la joven Claire Tyson solo habia habido una cosa que le daba significado: los tres ninos.
«El mayor -penso Ricky-. Debio de contarle al mayor que iba al hospital a verme y recibir ayuda. ?Le diria que era su unica posibilidad? ?Que era la promesa de algo distinto? ?Que dije que le dio alguna esperanza; esperanza que transmitio a sus hijos?
Fuera lo que fuese, resulto insuficiente porque se habia suicidado.
El suicidio de Claire Tyson tuvo que ser el momento fundamental en la vida de esos tres ninos, en particular del mayor. Pero no habia dejado la menor huella en su propia vida. Cuando la mujer no se presento a su ultima cita, el no habia hecho nada. No recordaba haber hecho siquiera una llamada para interesarse por ella. En lugar de eso, habia archivado los documentos en una carpeta y se habia olvidado de ella. Y de los ninos.
Y ahora, uno de ellos queria acabar con el.
«Encuentra a ese nino y encontraras a Rumplestiltskin», penso.
Se levanto del banco pensando que tenia mucho que hacer, extranamente satisfecho de que las presiones de tiempo fueran tan acuciantes porque, de otro modo, se habria visto obligado a reflexionar sobre lo que habia hecho, o no hecho, veinte anos antes.
Ricky paso el resto del dia en el infierno burocratico de Nueva York.
Provisto solo de un nombre y una direccion de hacia veinte anos, lo fueron pasando de una oficina a otra y de un funcionario a otro por todo el Departamento de Asistencia al Menor del centro de Manhattan en su intento de averiguar que les habia ocurrido a los tres hijos de Claire Tyson. Lo mas frustrante de su incursion en el mundo
