sexuales, que sus finanzas eran un caos y que un accidente habia destruido su casa. Una base fertil para una depresion suicida.

Su suicidio tendria sentido para cualquiera que lo examinara.

Incluidos todos sus colegas de Manhattan. En apariencia, que se hubiera quitado la vida seria un caso tipico de manual. Nadie veria en ello nada raro.

Por un instante, sintio un arrebato de colera contra si mismo:

«Te has convertido en un blanco muy facil». Cerro los punos y golpeo con fuerza el tablero de la mesa.

– ?Quieres vivir? -dijo en voz alta tras inspirar hondo.

La habitacion permanecio en silencio. Escucho, como si esperara alguna respuesta fantasmagorica.

– ?Que hay en tu vida que haga que valga la pena vivirla? -pregunto.

De nuevo, la unica respuesta fue el rumor distante de la noche veraniega.

– ?Podras vivir si eso le cuesta la vida a otra persona?

Inspiro otra vez y se respondio sacudiendo la cabeza.

– ?Tienes eleccion?

El silencio le respondio.

Ricky comprendio algo con una claridad meridiana: en veinticuatro horas, el doctor Frederick Starks tenia que morir.

20

Paso el ultimo dia de su vida efectuando preparaciones febriles. En la tienda de suministros del puerto deportivo compro dos depositos de veinte litros para combustible de motores fuera borda, del tipo pintado en rojo que va al fondo de un esquife, conectado con el motor. Eligio el par mas barato, despues de pedir ayuda a un adolescente que trabajaba en la tienda. El muchacho intento convencerlo de que se llevara unos depositos un poco mas caros que iban provistos de indicador de combustible y de valvula de seguridad, pero Ricky los rechazo con fingido desden. El chico le pregunto para que necesitaba dos y Ricky le indico que uno solo no le bastaba para lo que tenia en mente. Simulo colera e insistencia, y fue todo lo prepotente y desagradable que pudo hasta el momento en que pago en efectivo.

Entonces aparento recordar algo y pidio con brusquedad al adolescente que le mostrara pistolas de bengalas. El muchacho le enseno media docena y Ricky eligio tambien la mas barata, aunque el dependiente le advirtio que era de muy poco alcance, y tal vez no mas de quince metros de altura. Sugirio otros modelos, un poco mas caros, de mayor potencia y que proporcionaban mas seguridad. Pero Ricky siguio desdenoso y comento que solo esperaba usar la bengala una vez. Luego pago en efectivo, tras quejarse del precio total.

Ricky imagino que el adolescente estaria encantado de verlo marchar.

Su siguiente parada fue en una farmacia, donde pidio ver al farmaceutico encargado. El hombre, con una chaqueta blanca y un aire algo oficioso, salio de la trastienda. Ricky se presento.

– Necesito que me suministre una receta -dijo, y le dio su numero de colegiado-. Elavil. Una dosis de pastillas de treinta miligramos para treinta dias. Nueve mil miligramos en total.

El hombre sacudio la cabeza, sorprendido.

– No he suministrado una cantidad asi en mucho tiempo, doctor. Y en el mercado hay algunos farmacos nuevos que son mucho mas efectivos, con menos efectos secundarios y no tan peligrosos como el Elavil. Es casi una antigualla. Hoy en dia apenas se usa.

Vera, tengo algo almacenado que todavia no ha caducado, pero ?esta seguro de que lo quiere?

– Por completo -contesto Ricky.

El farmaceutico se encogio de hombros, sugiriendo que habia hecho todo lo posible por convencerlo de que se llevara un antidepresivo mas eficaz.

– ?Que nombre debo poner en la etiqueta? -pregunto.

– El mio -indico Ricky.

Al salir, Ricky se dirigio a una pequena papeleria. Sin prestar atencion a las hileras de tarjetas de felicitacion para desear una pronta recuperacion, dar el pesame, felicitar por el nacimiento de un bebe, por un cumpleanos o por un aniversario que abarrotaban los pasillos, tomo un bloc barato de papel de carta pautado, doce sobres gruesos y dos boligrafos. En el mostrador, donde pago, tambien consiguio sellos para los sobres. Necesitaba once. La joven cajera ni siquiera le miro a los ojos mientras marcaba los precios.

Lanzo todo al asiento trasero del viejo Honda y condujo deprisa por la carretera 6 hacia Provincetown. Esta poblacion, al final del cabo, tenia una relacion curiosa con los demas centros vacacionales cercanos. Recibia visitantes mucho mas jovenes y modernos, a menudo gays o lesbianas, que parecian el polo opuesto de los medicos, abogados, escritores y academicos que atraian Wellfleet y Truro. Estas dos poblaciones eran para relajarse, tomar cocteles y hablar de libros y de politica, y de quien se divorciaba y quien tenia alguna aventura amorosa y, por lo tanto, estaban rodeadas de una especie de pesadez y monotonia casi constantes. En verano, Provincetown poseia ritmo musical y energia sexual. No se trataba de relajarse y recuperar biorritmos, sino de divertirse y relacionarse. Era un lugar donde las exigencias de la juventud y la energia eran primordiales. Habia pocas oportunidades de que alli lo viera algun conocido. Por consiguiente, era el lugar ideal para su siguiente compra.

En una tienda de deportes se proveyo de una mochila negra como las que usan los estudiantes para llevar los libros. Tambien de la billetera mas barata y de un par de zapatillas de deporte normales. Al hacer estas compras, hablo lo menos posible con el dependiente y evito el contacto visual aunque no actuo de modo furtivo, lo que podria haber atraido su atencion, sino que tomo las decisiones con presteza para que su presencia en la tienda pasara inadvertida.

Luego se dirigio a otra farmacia, donde compro tinte negro para el pelo, unas gafas de sol baratas y unas muletas ajustables de aluminio, no del tipo que llega hasta la axila y que prefieren los atletas lesionados, sino de la clase que utilizan las personas incapacitadas por alguna que otra enfermedad, con un asidero y un soporte semicircular para la mano y el antebrazo.

Hizo otra parada en Provincetown, en la terminal de autobuses Bonanza, una pequena oficina junto a la carretera con un solo mostrador, tres sillas para esperar y un estacionamiento asfaltado con capacidad para varios autobuses. Espero fuera con las gafas de sol puestas hasta que llego un autobus del que bajo un grupo de visitantes de fin de semana y entro a efectuar su compra con rapidez.

En el Honda, de regreso a casa, penso que apenas le quedaba tiempo suficiente ese dia. La luz del sol daba en el parabrisas y el calor circulaba por las ventanillas abiertas. Era ese momento de la tarde veraniega en que las personas se reunen en la orilla del mar, llaman a los ninos para que salgan del agua, recogen las toallas, las neveras portatiles, los cubos y las palas de plastico y emprenden el camino algo incomodo hacia sus vehiculos: un momento de transicion antes de sumergirse en la rutina nocturna de la cena y una pelicula, una fiesta o un rato tranquilo leyendo una vieja novela en rustica. Era el momento en que Ricky, los anos anteriores, habria disfrutado de una ducha caliente y luego habria charlado con su mujer sobre cosas corrientes de su vida: alguna fase especialmente dificil de un paciente en su caso, un cliente que no podia salir de un aprieto en el de ella. Pequenos momentos que llenaban dias, sencillos pero fascinantes, en el esquema de su apacible vida conyugal.

Recordo esos momentos y se pregunto por que no habia pensado en ellos desde que ella habia muerto. Recordar no lo puso triste, como sucede a veces al pensar en el conyuge desaparecido, sino que lo reconforto. Sonrio porque, por primera vez en meses, pudo recordar el sonido de su voz. Se pregunto si ella habia pensado en las mismas cosas, no en los momentos grandes y extraordinarios de la vida sino en los pequenos momentos que rayan en lo corriente, cuando se preparaba para la muerte. Sacudio la cabeza. Supuso que lo habria intentado pero que el dolor del cancer era demasiado intenso y, cuando la morfina lo enmascaraba, esos recuerdos quedaban bloqueados. Ricky lamento haberse dado cuenta de ello.

«Mi muerte parece distinta», se dijo.

Muy distinta.

Entro en una gasolinera Texaco y se detuvo frente a los surtidores. Bajo del Honda y saco el par de bidones del maletero para proceder a llenarlos de gasolina normal. Un empleado joven vio lo que hacia Ricky en la zona de autoservicio y le grito:

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