desalentadoramente breve, con solo una o dos sugerencias sobre los motivos de su muerte. La habia leido con irritacion, un poco enfadado y ofendido al ver que todos los logros de su vida parecian poder resumirse a la perfeccion en cuatro parrafos de jerga periodistica sucinta y opaca. Creia haber aportado mas al mundo, pero comprendio que quiza no era asi, lo que le hizo vacilar unos momentos. La necrologica indicaba tambien que no se habia previsto ningun oficio religioso, algo que supuso una consideracion mucho mas importante para Ricky. Sospechaba que la falta de un oficio en su memoria era una consecuencia del trabajo de Rumplestiltskin y Virgil con la acusacion de abusos sexuales. Ninguno de sus colegas de Manhattan querria mancillarse con la asistencia a un acto que recordara la vida y la obra de Ricky cuando una parte tan importante de ella se habia visto cuestionada. Supuso que habria muchos companeros analistas en la ciudad que, al leer la noticia de su muerte, pensarian que era una prueba de la veracidad de la acusacion y que, a la vez, era algo afortunado porque la profesion se ahorraba el mal trago de que la desagradable noticia fuese publicada por el New York Times, como habria sido inevitable que pasara.

Esta idea enfurecio un poco a Ricky con sus colegas y por un momento se dijo que tenia suerte de haber terminado con su vida profesional.

Se pregunto si hasta el primer dia de esas vacaciones habia sido igual de ciego.

Ambos periodicos contaban que, al parecer, habia muerto ahogado y que los guardacostas estaban rastreando las aguas de Cape Cod en busca del cadaver. Sin embargo, el Cape Cod Times, para alivio de Ricky, citaba al comandante local, que afirmaba que era muy poco probable recuperar el cuerpo dadas las fuertes mareas de la zona de Hawthorne Beach.

Cuando reflexiono al respecto, Ricky penso que era la mejor muerte que se le podia haber ocurrido con tan poca antelacion.

Esperaba que encontraran todas las pistas de su suicidio, desde la receta para la sobredosis que al parecer se habia tomado antes de adentrarse en el mar hasta sus malos modos con el joven de la tienda de articulos nauticos. Se dijo que eso bastaria para satisfacer a la policia local, a pesar de no tener ningun cadaver al que practicarle la autopsia. Esperaba que bastara tambien para convencer a Rumplestiltskin de que su plan habia salido bien.

Leer sobre su propio suicidio lo impresiono profundamente. El estres de sus ultimos quince dias de vida, desde el momento en que habia aparecido Rumplestiltskin hasta el momento en que se habia acercado a la orilla del agua con cuidado de dejar huellas en la arena humeda, habia sometido a Ricky a algo que no creia que saliese en ningun texto de psiquiatria.

Lo habia invadido el miedo, la euforia, la confusion, el alivio (toda clase de emociones contradictorias) casi desde el primer paso, cuando, con el agua lamiendole los pies, habia lanzado el punado de pastillas al mar y luego habia caminado por la zona cubierta de agua unos cien metros, lo bastante lejos para que el nuevo grupo de huellas al salir del agua que le rodeaba los tobillos pasara desapercibido a la policia o a cualquier persona que inspeccionara el lugar de su desaparicion.

Solo en la cocina, las horas siguientes le parecian el recuerdo de una pesadilla, como esos detalles de un sueno que permanecen despues de despertarse y confieren una sensacion de inquietud al nuevo dia. Se veia vistiendose en el acantilado con la muda extra, poniendose las zapatillas con prisa frenetica para escapar de la playa sin ser visto. Habia sujetado las muletas a la mochila, que se habia cargado a los hombros. Era una carrera de unos diez kilometros hasta el estacionamiento del Lobster Shanty, y sabia que tenia que estar ahi antes del amanecer, antes de que llegase alguien que tomara el expreso de las seis de la manana a Boston.

El aire le quemaba los pulmones mientras cubria la distancia.

El mundo seguia sumido en la oscura noche, y mientras sus pies tocaban la carretera, penso que era como correr por una mina de carbon. Un unico par de ojos que detectara su presencia habria acabado con la remota probabilidad de supervivencia a que se aferraba, y tuvo que correr con toda esa urgencia impresa en cada zancada que daba en el asfalto oscuro.

Cuando llego, el estacionamiento estaba vacio, y se deslizo hacia las sombras que proyectaba la esquina del restaurante. Alli solto las muletas de la mochila y se las coloco. En unos instantes, oyo el sonido distante de unas sirenas. Le satisfizo un poco cuanto habian tardado en advertir que su casa se quemaba. Unos momentos despues, algunos coches empezaron a dejar personas en el estacionamiento para esperar el autobus. Era un grupo heterogeneo, en su mayoria gente joven de vuelta a su trabajo en Boston y un par de empresarios de mediana edad que parecian molestos por tener que ir en autobus, a pesar de la comodidad que suponia. Ricky se habia mantenido atras pensando que era la unica de esas personas que esa manana fresca y humeda de Cape Cod esperaba banada en sudor debido al miedo y al esfuerzo. Cuando el autobus llego dos minutos tarde, se habia puesto en la cola. Dos jovenes se apartaron para dejarle subir con las muletas. Una vez arriba, entrego al conductor el billete comprado el dia antes. Se sento en el fondo pensando que, incluso aunque Virgil, Merlin o cualquier secuaz que Rumplestiltskin designara para comprobar el suicidio tuviera la idea de preguntar al conductor del autobus o a cualquier pasajero de ese viaje a primera hora de la manana, lo unico que estos recordarian seria a un hombre con el cabello oscuro y muletas, sin saber que habia llegado corriendo a la parada.

Habia tenido que esperar una hora hasta la salida del autobus a Durham. En ese rato, se habia alejado dos manzanas de la terminal de autobuses de South Street hasta encontrar un contenedor de basuras frente a un edificio de oficinas. Habia echado las muletas en el y regresado a la terminal.

Penso que Durham tenia otra ventaja: nunca habia estado en esa ciudad y no conocia a nadie que viviera alli. Lo que le gustaba eran las matriculas de New Hampshire, con el lema del estado:

«Vive en libertad o muere”. Penso que era un sentimiento adecuado para el.

«?He logrado escapar?’›, se pregunto.

Creia que si, pero no estaba seguro.

Se dirigio a la ventana y volvio a observar una penumbra que le resultaba desconocida. «Hay tanto que hacer», se dijo. Sin dejar de contemplar la noche que envolvia la habitacion del motel, Ricky apenas distinguia su reflejo en el cristal. «El doctor Frederick Starks ya no existe -penso-. Es otra persona.»

Inspiro hondo y supo que su primera prioridad era crearse una nueva identidad. Una vez lo lograse, podria encontrar un hogar para el invierno que se acercaba. Necesitaria trabajar para complementar el dinero que le quedaba, asi como consolidar su anonimato y reforzar su desaparicion.

Echo un vistazo a la mesa. Habia conservado el certificado de defuncion de la madre de Rumplestiltskin, el informe policial del asesinato de su antigua pareja y la copia del archivo de sus meses en la clinica del Columbia Presbyterian, donde la mujer habia acudido a pedirle una ayuda que el no habia sabido darle. Penso que habia pagado un precio muy alto por un solo acto de negligencia.

El pago estaba hecho y no habia vuelta atras.

«Pero ahora yo tambien tengo una deuda que cobrar -penso con frialdad-. Le encontrare -se prometio-. Y le hare lo que el me hizo a mi.»

Apago la luz para sumir la habitacion en la penumbra. De vez en cuando, el barrido de unos faros recorria las paredes. Se echo en la cama, que crujio bajo su peso.

«Tiempo atras estudie mucho para salvar vidas -se recordo-.

Ahora debo aprender a acabar con una.»

Ricky se sorprendio de la organizacion que era capaz de imponer a sus pensamientos y sentimientos. El psicoanalisis, la profesion que acababa de abandonar, es quiza la disciplina medica mas creativa, precisamente debido a la naturaleza cambiante de la personalidad humana. Si bien hay enfermedades reconocibles y tratamientos establecidos en el ambito de la terapia, en ultimo extremo todos se individualizan porque no hay dos tristezas exactamente iguales. Ricky habia pasado anos aprendiendo y perfeccionando la flexibilidad del terapeuta, ya que cualquier paciente concreto podia acudir a su consulta cualquier dia con algo identico o algo distinto por completo, y tenia que estar preparado a todas horas para los increibles cambios de los estados de animo. Ahora debia valerse de las capacidades que habia desarrollado durante los anos pasados junto al divan y aplicarlas al unico objetivo que le permitiria recuperar su vida.

No iba a permitirse sonar con volver a ser quien era. No se haria ilusiones de recuperar su hogar en Nueva York y reanudar la rutina de su vida. Ese no era el objetivo. El objetivo era conseguir que el hombre que le habia arruinado la vida pagara por su diversion.

Cuando la deuda estuviera pagada, tendria libertad para convertirse en lo que quisiera. Hasta que el fantasma de Rumplestiltskin no desapareciera de su vida, no tendria un momento de paz ni un segundo de libertad.

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