decrepitas parecian imitar el aspecto de Ricky y su objetivo.
De pronto el hombre vacilo en mitad de una manzana y se volvio hacia Ricky, que se apretujo contra un edificio para esconderse. Con el rabillo del ojo vio como el hombre se adentraba en un callejon, un angosto pasaje entre dos edificios de ladrillo. Inspiro hondo y lo siguio.
Se acerco a la boca del callejon y se asomo con cuidado. Era un lugar que parecia acoger la noche con bastante antelacion. Ya estaba a oscuras; el tipo de lugar confinado que jamas se caldeaba en invierno ni se refrescaba en verano. Solo pudo distinguir un monton de cajas de carton abandonadas y un contenedor de basuras verde al fondo. El callejon lindaba con un edificio, y Ricky supuso que no tenia salida.
A una manzana de distancia habia pasado por una tienda de ocasion y por otra de bebidas alcoholicas baratas. Se dirigio hacia alli. Saco uno de sus valiosos billetes de veinte dolares del forro del abrigo y lo sujeto en la palma de la mano, donde quedo impregnado de sudor.
Fue primero a la tienda de bebidas. Era un local pequeno, con las ofertas anunciadas con letras rojas en el escaparate, pero estaba cerrado. Por el escaparate vio a un dependiente sentado tras la caja registradora. Intento entrar y la puerta vibro. El dependiente miro en su direccion, se agacho y hablo por un microfono. Una vocecita salio por un altavoz pegado a la puerta.
– Larguese si no tiene dinero, viejo de mierda.
– Tengo dinero -dijo Ricky.
El dependiente era un hombre barrigon de mediana edad, de mas o menos los mismos anos que el. Cuando cambio de postura, vio que llevaba un revolver enfundado a la cintura.
– ?Si? ?Tiene dinero? Ya. Muestremelo.
Ricky levanto el billete de veinte dolares. El hombre le echo un vistazo desde detras de la caja.
– ?De donde lo ha sacado?
– Me lo encontre en la calle -contesto Ricky.
Se oyo el zumbido de la puerta, y Ricky la empujo para entrar.
– Si, seguro -comento el dependiente-. Muy bien, tiene dos minutos. ?Que quiere?
– Una botella de vino.
El hombre alargo la mano hacia un estante que tenia detras y eligio una botella. No era como ninguno de los vinos que Ricky habia bebido hasta entonces. Llevaba tapon de rosca y en la etiqueta ponia Silver Satin. Costaba dos dolares. Ricky asintio y entrego el billete de veinte. El hombre metio la botella en una bolsa de papel, abrio la caja y saco un billete de diez y dos de un dolar. Se los dio a Ricky.
– ?Oiga! -se quejo este-. Falta cambio.
– Creo que el otro dia le vendi a credito -contesto el hombre con una sonrisa torcida y la mano en la culata del revolver-. Solo me estoy cobrando la deuda, viejo.
– Eso es mentira -solto Ricky, enfadado-. Nunca antes he estado aqui.
– ?Cree que voy a discutir, escoria? -El dependiente hizo un amago de lanzarle un punetazo. Ricky retrocedio y lo miro con dureza. El hombre se rio y anadio-: Ya le he dado algo de cambio. Y mas del que se merece. Ahora larguese. Marchese de aqui, si no quiere que lo eche. Y si me hace salir de detras del mostrador, le quitare la botella y el cambio de una buena patada en el culo. ?Que decide?
Ricky se dirigio despacio hacia la puerta. Se volvio mientras intentaba pensar en una replica adecuada, pero solo consiguio que el dependiente dijera:
– ?Que pasa? ?Tiene algun problema?
Ricky salio oyendo la risa del dependiente a su espalda.
Fue hasta la tienda de ocasion, donde lo recibieron con la misma pregunta: «?Tiene dinero?». Mostro el billete de diez dolares.
Dentro, compro un paquete de los cigarrillos mas baratos que encontro, un par de chocolatinas, un par de magdalenas y una linterna pequena. El dependiente de la tienda era un chico joven, que echo las cosas en una bolsa de plastico y dijo con sarcasmo:
– Buena cena.
Ricky regreso a la calle. La noche habia invadido la zona. La tenue luz de las tiendas que seguian abiertas lanzaba cuadraditos de claridad a la penumbra. Ricky cruzo hacia la boca del callejon.
Se metio con el menor ruido posible, se apoyo contra la pared de ladrillo y se deslizo hacia abajo para sentarse y esperar, sin dejar de pensar que hasta esa noche no habia sabido lo facil que es ser odiado en este mundo.
Fue como si la oscuridad lo envolviera POCO a poco del mismo modo que el calor durante el dia. Era una negrura densa que le traspaso el cuerpo. Ricky dejo pasar un par de horas. Estaba en un estado de semisueno, con la cabeza llena de imagenes de quien habia sido, de la gente que habia llegado a su vida para destruirla y del plan que habia elaborado para recuperarla. Le habria reconfortado, al estar ahi apoyado contra la pared de un callejon sombrio de una parte de una ciudad que le era desconocida, haber recordado a su mujer, o quizas a un viejo amigo, o tal vez incluso algun momento feliz de su infancia: una manana de Navidad, una graduacion, el momento de lucir su primer esmoquin en el baile del instituto o el ensayo de la cena la vispera de su boda. Pero todos esos momentos parecian pertenecer a otra existencia y otra persona. Jamas habia creido demasiado en la reencarnacion, pero era casi como si hubiese vuelto al mundo como alguien distinto. Al percibir el hedor creciente de su abrigo de vagabundo levanto la mano en la oscuridad e imagino que tendria las unas llenas de tierra. Antes las tenia asi los dias felices, porque significaba que se habia pasado horas en el jardin de su casa de Cape Cod. Se le hizo un nudo en el estomago y pudo oir el estrepito de la gasolina encendida al propagarse por la casa. Era un recuerdo auditivo que parecia proceder de otra epoca, recuperado de un pasado distante por un arqueologo.
Ricky levanto la vista y vio a Virgil y Merlin sentados en el callejon frente a el. Distinguio sus rostros, cada matiz y expresion del corpulento abogado y de la escultural joven.
«Me dijo que seria mi guia hacia el infierno -penso-. Tenia razon, quiza mas de lo que se imaginaba.»
Sintio la presencia del tercer miembro del triunvirato, pero Rumplestiltskin seguia siendo una sombra que se fundia con la noche e inundaba el callejon como una marea que sube de forma constante.
Se le habian entumecido las piernas. No sabia cuantos kilometros habria caminado desde su llegada a Boston. Tenia el estomago vacio, asi que abrio el paquete de magdalenas y se las comio de dos o tres mordiscos. El chocolate le sento como una vulgar anfetamina y le proporciono cierta energia. Se puso de pie y se volvio hacia el fondo del callejon.
Oyo un leve sonido y miro en esa direccion antes de reconocer lo que era: alguien cantando en voz baja y desentonada.
Avanzo con cuidado hacia la voz. A su lado oyo algun animal, supuso que una rata que se escabullia con un sonido de aranazos.
Sujeto la linterna con la mano, pero intento dejar que los ojos se le adaptaran a la oscuridad del callejon. Eso era dificil, y tropezo una o dos veces cuando los pies se le enredaron con desperdicios indefinidos. Estuvo a punto de caerse en una ocasion, pero conservo el equilibrio y siguio adelante.
Cuando estaba casi sobre el hombre, este dejo de cantar.
Hubo un silencio tenso durante un par de segundos.
– ?Quien anda ahi? -oyo preguntar.
– Soy yo -contesto Ricky.
– No se acerque mas -dijo la voz-. Le hare dano. Puede que le mate. Tengo un cuchillo.
Arrastraba las palabras con la imprecision que confiere la bebida. Ricky habia esperado que el vagabundo hubiese perdido el conocimiento pero, en cambio, seguia bastante alerta, aunque no demasiado agil porque no oyo que se apartara de su camino o procurara esconderse. No creia que tuviera ningun arma, pero no estaba seguro del todo. Permanecio inmovil.
– Este callejon es mio -advirtio el hombre-. Vayase.
– Ahora tambien es mio -replico Ricky.
Inspiro hondo y se concentro en encontrar una manera de comunicarse con el hombre. Era como sumergirse en un lago de agua oscura, sin saber lo que hay bajo la superficie.
«Acepta la locura -se dijo mientras intentaba evocar todos los conocimientos que habia adquirido en su anterior vida y existencia-. Crea el delirio. Establece la duda. Alimenta la paranoia.»
– Me dijo que teniamos que hablar -aventuro-. Eso me dijo:
