«Encuentra al hombre del callejon y preguntale como se llama».

– ?Quien se lo dijo? -pregunto el hombre en tono vacilante.

– ?Quien crees? El. Me habla y me dice a quien buscar, y tengo que hacerlo porque el me lo dice, y por eso estoy aqui -contesto con rapidez.

– ?Quien te habla?

Sus preguntas llegaban en medio de la oscuridad con un torpor que luchaba contra la bebida que le nublaba una mente ya de por si entrecruzada.

– No estoy autorizado a decir su nombre, por lo menos no en voz alta o donde alguien pueda oirme. ?Chiton! Pero dice que sabras por que he venido si eres quien debes ser, y que no tendre que explicar nada mas.

El hombre parecio dudar mientras procuraba comprender este galimatias.

– ?A mi? -pregunto.

– Si eres quien debes ser. -Ricky asintio en la oscuridad-. ?Lo eres?

– No lo se -contesto y, tras una pausa, anadio-: Eso creia.

Ricky siguio deprisa para reforzar el delirio.

– El me da los nombres, ?sabes? Y yo tengo que buscarlos y hacerles las preguntas porque tengo que encontrar al que es. Es lo que hago, una y otra vez, y eso es lo que tengo que hacer. ?Eres tu? Tengo que saberlo, ?comprendes? Si no, he perdido el tiempo.

El hombre parecia intentar asimilar todo eso.

– ?Como se que puedo fiarme de ti? -dijo el hombre con lengua estropajosa.

Ricky se puso la linterna bajo el menton, del modo que haria un nino que quisiera asustar a sus amigos. La encendio para iluminarse la cara y luego la dirigio hacia el hombre, dedicando unos segundos a examinar lo que los rodeaba. El vagabundo estaba sentado, apoyado contra la pared de ladrillos, con la botella de vino en la mano. Habia desperdicios, y una caja de carton a su lado, que Ricky supuso seria su casa. Apago la linterna.

– ?Y bien? -solto Ricky, tajante-. ?Necesitas mas pruebas?

El hombre cambio de posicion.

– No puedo pensar -gimio-. Me duele la cabeza.

Ricky estuvo tentado de agacharse y agarrar lo que necesitaba. Las manos le temblaron con la seduccion de la violencia. Estaba solo en un callejon desierto con aquel vagabundo y se le ocurrio que las personas que lo habian puesto en esa situacion no habrian dudado en utilizar la violencia. Para vencer el impulso tuvo que controlarse al maximo. Sabia lo que necesitaba, pero queria que el hombre se lo diera.

– ?Dime quien eres! -exclamo Ricky en un susurro.

– Quiero estar solo -suplico el hombre-. No he hecho nada. Ya no quiero estar aqui.

– No eres el que busco -solto Ricky-. Podria jurarlo. Pero necesito estar seguro. Dime tu nombre.

– ?Que quieres? -gimoteo el hombre.

– Tu nombre. Quiero tu nombre.

Ricky podia oir las lagrimas que se formaban con cada palabra que decia el hombre.

– No lo dire -contesto-. Tengo miedo. ?Vas a matarme?

– No -respondio Ricky-. No te hare dano si me demuestras quien eres.

El hombre vacilo.

– Tengo una cartera -afirmo despacio.

– ?Damela! -ordeno Ricky con brusquedad-. ?Es el unico modo de estar seguro!

El hombre se levanto como pudo y se metio la mano en el abrigo. Con los ojos a duras penas adaptados a la oscuridad, Ricky pudo ver que le tendia algo. Lo agarro y se lo metio en el bolsillo.

El hombre empezo a sollozar. Ricky suavizo la voz.

– Ya puedes dejar de preocuparte -dijo-. Ahora me ire.

– Por favor -suplico el hombre-. Vete.

Ricky se agacho y saco la botella de vino que habia comprado. Tambien tomo un billete de veinte dolares del forro del abrigo. Se los dio al hombre.

– Toma -dijo-. Te lo doy porque no eres el hombre que busco, pero no es culpa tuya, y el quiere que te compense por haberte molestado. ?Te parece bien?

El hombre agarro la botella, sin contestar, pero luego parecio asentir.

– ?Quien eres? -pregunto otra vez con una mezcla de temor y confusion.

Ricky sonrio para si y penso que tener una formacion clasica tenia sus ventajas.

– Me llamo Nadie -anuncio.

– Nadia es nombre de mujer.

– No. Nadie. Asi que, si alguien te pregunta quien te visito esta noche, puedes decir que fue Nadie. -Ricky suponia que el policia de ronda tendria la misma paciencia para esa historia que los hermanos ciclopes de Polifemo para la ficcion que habia creado siglos antes otro hombre perdido en un mundo desconocido y peligroso-. Bebe un poco y duerme. Cuando te despiertes, todo seguira igual.

El hombre gimoteo. Pero acto seguido bebio un largo sorbo de vino.

Ricky se levanto y avanzo con cuidado por el callejon, pensando que no habia robado lo que buscaba y tampoco lo habia comprado. Se dijo que habia hecho lo necesario y que se ajustaba a las reglas del juego. Por supuesto, Rumplestiltskin no sabia que seguia jugando. Pero pronto lo sabria. Se dirigio sin detenerse por la penumbra hacia la luz de la calle que veia delante.

23

Ricky no abrio la cartera del hombre hasta despues de haber llegado a la terminal de autobuses siguiendo una ruta que le obligo a cambiar dos veces de metro y despues de haber recuperado la ropa de la taquilla. En los aseos, logro limpiarse un poco la suciedad de cara y manos y frotarse los sobacos y el cuello con toallas de papel mojadas con agua templada y jabon muy perfumado. No podia hacer gran cosa respecto a la grasa que le cubria el cabello o al olor corporal que solo una ducha lograria eliminar. Tiro las ropas sucias de vagabundo a la papelera y se puso los pantalones caqui y la camisa que llevaba en la mochila. Contemplo su aspecto en el espejo y penso que habia cruzado una linea invisible de regreso hacia donde otra vez parecia un participante en la vida mas que un habitante del infierno. Un peine barato de plastico contribuyo a su imagen, pero penso que seguia situado en un extremo, o cerca de el, y muy alejado del hombre que era antes.

Salio de los aseos y compro un billete de autobus a Durham.

Tenia que esperar casi una hora, asi que se compro un bocadillo y un refresco y se dirigio a un rincon vacio del vestibulo. Echo un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie lo observaba y desenvolvio el bocadillo en el regazo. Despues abrio la cartera, que tapo con la comida.

Lo primero que vio le ilumino la cara y lo lleno de alivio: una tarjeta destrozada y descolorida, pero legible, de la Seguridad Social.

El nombre estaba mecanografiado: Richard S. Lively.

A Ricky le gusto. Lively significa «animado» en ingles y, por primera vez en semanas, era asi como se sentia. Vio que habia tenido una buena suerte adicional: no tendria que aprender a usar un nombre nuevo; la abreviatura corriente de Richard y de Frederick, el suyo, era la misma.

Echo la cabeza atras y contemplo los fluorescentes del techo.

Penso que habia renacido en una terminal de autobuses. Supuso que habia lugares mucho peores para reintegrarse al mundo.

La cartera olia a sudor seco, y Ricky repaso con rapidez su contenido. No habia gran cosa, pero lo que contenia era una especie de mina de oro. Ademas de la tarjeta de la Seguridad Social habia un carne de conducir de Illinois caducado, un carne de biblioteca de un sistema suburbano de las afueras de San Luis, Misouri, y una tarjeta de la cadena de estaciones de servicio Triple A del mismo estado. Ninguna de esas identificaciones requeria foto, salvo el carne de conducir, que aportaba detalles como el color del cabello y los ojos, la estatura y el peso, junto a una fotografia algo desenfocada de Richard Lively. Tambien habia una tarjeta de identificacion de un hospital de Chicago senalada con un asterisco rojo en una esquina.

«Sida -penso Ricky-. Seropositivo.»

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