Su plan era sencillo: se alojaria en un motel barato e iria a la direccion que figuraba en el certificado de defuncion de Claire Tyson. Llamaria a algunas puertas, haria preguntas, averiguaria si alguien que viviera ahi ahora conocia el paradero de su familia.
Luego recorreria los institutos mas cercanos a esa direccion. No era un plan demasiado brillante pero poseia cierta tenacidad periodistica: llamar a puertas y averiguar quien tenia algo que decir.
Encontro un Motel 6 situado en un bulevar lleno de centros comerciales, restaurantes de comida rapida de todas las cadenas y tiendas de saldos. Era una calle banada por el implacable sol del Golfo. Las esporadicas zonas de palmeras y matorrales parecian haber llegado con la corriente hasta aquella costa de comercio barato como restos flotantes tras una tormenta. Podia saborear el mar cercano, cuyo aroma llenaba el aire, pero la vista era la de un terreno urbanizado, casi infinito, como un periodo decimal de edificios de dos plantas y carteles chillones.
Se inscribio con el nombre Frederick Lazarus y pago una estancia de tres dias en efectivo. Dijo al recepcionista que era viajante, aunque el hombre no le presto demasiada atencion. Dejo la bolsa en la modesta habitacion y luego cruzo el estacionamiento hacia la tienda de una gasolinera. Alli compro un plano detallado de la zona de Pensacola.
La extension de viviendas cerca de la base naval poseia una uniformidad que le recordo un poco a uno de los primeros circulos del infierno. Hileras de casas de bloque de hormigon, con manchas de hierba achicharrada al sol y aspersores omnipresentes que salpicaban el cesped. Al recorrer la zona en coche, Ricky penso que cada manzana presentaba caracteristicas que parecian definir las aspiraciones de sus habitantes: las manzanas con la hierba bien cortada en jardines cuidados y las casas recien pintadas de blanco reluciente al sol del Golfo parecian significar esperanza y posibilidades.
Los coches aparcados en los senderos de entrada estaban limpios, pulidos, brillantes y nuevos. En algunos jardines habia columpios y juguetes de plastico, y a pesar del calor de la manana, algunos ninos jugaban bajo la mirada atenta de sus padres. Pero la linea de demarcacion era clara: unas manzanas mas alla las casas tenian un aspecto notoriamente desgastado. La pintura vieja, pelada, y los canalones manchados por el uso. Franjas de tierra, alambradas, un par de coches sobre bloques, sin ruedas, oxidandose. Pocas voces de ninos jugando, cubos de basuras desbordantes de botellas.
Manzanas de suenos limitados.
El Golfo, a lo lejos, con su extension de vibrantes aguas azules, y la base, con enormes barcos grises de la armada alineados, eran el eje sobre el que giraba todo. Pero a medida que se alejaba del mar y se adentraba mas en las carencias, el mundo que veia parecia limitado, sin rumbo y tan inutil como una botella vacia.
Encontro la calle donde vivia la familia de Claire Tyson y se estremecio. No era ni mejor ni peor que las demas, pero su mediocridad impulsaba a huir de alli.
Ricky buscaba el numero trece, que estaba hacia mitad de la calle. Freno y aparco.
La casa en si era similar a las demas de la calle, de una planta con dos o tres dormitorios y aparatos de aire acondicionado colgando de un par de ventanas. En el cochambroso porche habia una oxidada barbacoa negra. La casa estaba pintada de un rosa apagado y lucia un estrafalario trece negro escrito a mano junto a la puerta. El uno era mucho mas grande que el tres, lo que casi indicaba que la persona que habia pintado la direccion en la pared habia cambiado de idea a medio brochazo. Habia un aro de baloncesto clavado sobre la puerta de un garaje que le parecio, a pesar de no ser ningun experto, estar entre quince y treinta centimetros por debajo de lo reglamentario. Ademas estaba doblado. No tenia red. Una pelota vieja y descolorida descansaba junto a un puntal.
El jardin delantero tenia aire de abandono, la hierba invadida de maleza. Un perro grande, encadenado a una pared y limitado por una valla metalica al reducido jardin trasero, empezo a ladrar con furia cuando el subio el sendero de entrada. El periodico del dia habia caido cerca de la calle, y Ricky lo recogio y lo llevo hasta la puerta principal. Pulso el timbre y lo oyo sonar en el interior. Un nino lloraba, pero se callo casi a la vez que una voz contestaba:
– Ya voy, ya voy.
La puerta se abrio y una joven negra con un pequeno a la cadera aparecio frente a el. No abrio la puerta mosquitera.
– ?Que quiere? -le espeto-. ?Ha venido por el televisor? ?Por la lavadora? ?Acaso por los muebles o el biberon del nino? ?Que se llevaran ahora?
Miro hacia la calle, buscando con los ojos un camion y un grupo de hombres.
– No he venido a llevarme nada -contesto Ricky.
– ?Es de la compania de la luz?
– No. No soy cobrador de facturas y tampoco vengo a llevarme nada pendiente de pago.
– ?Quien es entonces? -quiso saber.
Su voz seguia sonando agresiva. Desafiante.
– Alguien que quiere hacer unas preguntas -sonrio Ricky-. Y, si obtengo algunas respuestas, usted podria ganar algun dinero.
La mujer siguio observandolo con recelo, pero ahora tambien con curiosidad.
– ?Que clase de preguntas? -dijo.
– Preguntas sobre alguien que vivio aqui antes, hace tiempo.
– No se demasiado -dijo la mujer.
– Una familia apellidada Tyson.
– Sera el hombre al que desalojaron antes de que nos instalaramos nosotros -asintio la joven.
Ricky saco un billete de veinte dolares de la cartera. Lo levanto y la mujer abrio la puerta mosquitera.
– ?Es usted policia? -pregunto-. ?Una especie de detective?
– No soy policia. Pero podria ser una especie de detective.
Entro en la casa.
Parpadeo un instante ya que tardo unos segundos en adaptarse a la oscuridad. El calor de la entrada era sofocante. Siguio a la mujer y al nino hacia el salon, donde las ventanas estaban abiertas pero el calor acumulado lo asemejaba a la celda de una carcel. Habia una silla, un sofa, un televisor y un corralito rojo y azul, que fue donde la mujer deposito al nino. Las paredes estaban vacias, salvo por un retrato del pequeno y una fotografia de boda que mostraba a la mujer y a un joven negro con uniforme de la Marina en una pose forzada. Ricky le echo diecinueve anos a la pareja.
Veinte como mucho. «Diecinueve -penso tras lanzar una mirada furtiva a la muchacha-. Pero esta envejeciendo deprisa.» Volvio a mirar la fotografia e hizo la pregunta obvia:
– ?Es su marido? ?Donde esta?
– Embarco -contesto la mujer. Su voz, una vez serena, poseia una dulzura cantarina. Hablaba con un acento inconfundible del sureste, y Ricky supuso que seria de Alabama o de Georgia, quiza de Misisipi. Imagino que alistarse habia sido la ruta de escape de alguna zona rural y que ella lo habia seguido sin sospechar que tan solo iba a substituir una clase de pobreza por otra-. Esta en algun sitio del golfo Persico, a bordo del Essex. Es un destructor. Le faltan dos meses para volver a casa.
– ?Como se llama usted?
– Charlene. ?Son estas las preguntas con las que voy a ganar dinero?
– ?Tan mala es su situacion?
– Y que lo diga. -Rio como si fuera una broma-. La paga de la Marina es una miseria si no asciendes un poco. Ya nos quedamos sin coche y debemos dos meses de alquiler. Tambien debemos parte de los muebles. Nos ocurre mas o menos lo mismo a todos los que vivimos en esta parte de la ciudad.
– ?La amenaza el casero? -quiso saber Ricky.
La mujer, para su sorpresa, nego con la cabeza.
– El casero debe de ser un hombre bueno, no lo se. Cuando tengo el dinero, lo ingreso en una cuenta bancaria. Pero un hombre del banco, o tal vez un abogado, me llamo y me dijo que no me preocupara, que pagara cuando pudiera. Dijo que comprendia que las cosas a veces eran dificiles para los militares. Mi marido Reggie no es mas que marinero raso. Tiene que ascender si quiere recibir una buena paga. Pero aunque el casero es legal, nadie mas lo es. Los de la compania de la luz dicen que la van a cortar. Por eso no puedo encender el aire acondicionado ni nada.
Ricky se sento en la unica silla, y Charlene lo hizo en el sofa.
