su mujer antes de morir eran claros, modernos, disenados para reflejar todos los avances de la medicina. Eran sitios que parecian llenos del proposito de sobrevivir. O, como era su caso, de la necesidad de luchar contra lo inevitable. De robar dias a la enfermedad, como un jugador de futbol americano que intenta ganar yardas, por muchos defensas que lo plaquen. Este hospital era todo lo contrario. Era un edificio en el peldano inferior de la asistencia medica, donde los tratamientos eran tan anodinos y poco creativos como el menu diario. La muerte, tan regular y sencilla como el arroz blanco. Ricky sintio frio al adentrarse, porque supo que era un lugar triste al que aquellos ancianos iban a morir.
Vio a una recepcionista tras una mesa y se acerco.
– Buenos dias, padre -le dijo la mujer afablemente-. ?En que puedo servirle?
– Buenos dias, hija mia -contesto Ricky mientras se tocaba el alzacuellos que habia tomado prestado del cuarto de atras-. Que calor para llevar el traje elegido por el Senor -bromeo-. A veces me pregunto por que el Senor no elegiria una de esas bonitas camisas hawaianas de colores tan alegres en lugar del alzacuellos - prosiguio-. Seria mas comodo en dias como este.
La recepcionista solto una carcajada.
– ?En que estaria pensando nuestro Senor? -anadio.
– He venido para ver a un paciente. Se llama Tyson.
– ?Es pariente suyo, padre?
– Pues no, hija mia. Pero su hija me rogo que lo visitara cuando algun asunto de la Iglesia me trajese aqui.
Esta respuesta parecio colar, tal como Ricky habia previsto.
No creia que nadie de aquella zona de Florida fuera a rechazar nunca a un sacerdote. La mujer comprobo unos datos en el ordenador. Sonrio cuando el nombre aparecio en pantalla.
– Que extrano -comento-. Aqui no consta ningun familiar vivo. Ningun pariente proximo. ?Esta seguro de que era su hija?
– Han estado muy distanciados, y ella le volvio la espalda hace tiempo. Ahora, con mi ayuda y la bendicion del Senor, quizas exista la probabilidad de una reconciliacion en su vejez.
– Eso estaria bien, padre. Espero que asi sea. De todos modos, ella deberia figurar en nuestro ordenador.
– Le dire que le envie sus datos -aseguro Ricky.
– Puede que el la necesite…
– Que Dios la bendiga, hija mia -dijo Ricky, disfrutando de la hipocresia de sus palabras y de su relato, del mismo modo que en el escenario un actor disfruta de esos momentos llenos de tension y alguna duda, pero vigorizados por el publico.
Despues de tantos anos pasados tras el divan guardandose sus opiniones sobre la mayoria de las cosas, Ricky estaba ahora radiante por poder salir al mundo y mentir.
– No parece que haya mucho tiempo para una reconciliacion, padre. Me temo que el senor Tyson esta en la unidad de desahuciados -anuncio la recepcionista-. Lo siento, padre.
– ?Esta…?
– Terminal.
– Entonces puede que mi visita sea mas oportuna de lo que esperaba. Tal vez pueda proporcionarle algo de consuelo para sus ultimos dias.
La recepcionista asintio. Senalo un plano esquematico del hospital.
– Tiene que ir aqui. La enfermera de guardia le ayudara.
Ricky recorrio el laberinto de pasillos que parecian descender a mundos cada vez mas frios y anodinos. Todo lo que habia en el hospital le resultaba un poco raido. Le recordaba las distinciones entre las tiendas de ropa cara de Manhattan, que conocia de sus dias de psicoanalista, y el mundo de segunda mano del Ejercito de Salvacion que habia descubierto como empleado de mantenimiento en New Hampshire. En aquel hospital para veteranos del ejercito nada era nuevo, nada era moderno, nada parecia funcionar debidamente, todo tenia aspecto de usado. Hasta la pintura blanca de las paredes estaba descolorida y amarillenta. Le resultaba curioso caminar por un lugar que deberia estar aseado y dedicado a la ciencia y tener la sensacion de necesitar una ducha.
«La clase marginada de la medicina», penso. Y cuando paso por las unidades de cardiologia y pulmonar, y junto a una puerta cerrada que indicaba psiquiatria, el ambiente parecio volverse cada vez mas decrepito y deteriorado, hasta que llego a la fase final, una serie de puertas dobles con el rotulo UNIDAD DE DESAHUCIADOS, con las palabras mal alineadas.
Ricky observo que el alzacuellos y el traje de clerigo cumplian su objetivo de modo impecable. Nadie le pidio ninguna identificacion; nadie parecio preguntarse que hacia alli. Al entrar en la unidad, vio un puesto de enfermeria y se acerco al mostrador. La enfermera de guardia, una corpulenta mujer negra, alzo los ojos hacia el.
– Ah, padre -dijo-, me han avisado de que venia hacia aqui. El senor Tyson esta en la habitacion 300. La primera cama al entrar.
– Gracias -contesto Ricky-. ?Podria decirme que tiene?
La enfermera le entrego con diligencia un historial medico.
Cancer de pulmon. Le quedaba POCO tiempo y, en su mayoria, doloroso. Sintio un poco de compasion. «Bajo la capa de ser serviciales -penso-, los hospitales hacen mucho por degradar.»
Eso era asi, sin duda, en el caso de Calvin Tyson, que estaba conectado a varias maquinas y yacia incomodo en la cama, apuntalado con almohadas para ver el viejo televisor que colgaba entre su cama y la de su vecino. El aparato ofrecia una telenovela, pero el sonido estaba apagado. Ademas, la imagen se veia borrosa.
Tyson estaba escualido, casi esqueletico. Llevaba puesta una mascarilla de oxigeno que le colgaba del cuello y levantaba de vez en cuando para respirar mejor. Su nariz estaba tenida del inconfundible tono azulado del enfisema, y sus descarnadas piernas desnudas se extendian en la cama como ramitas que una tormenta hubiera arrancado de un arbol y desparramado por la calzada. El hombre que ocupaba la cama de al lado estaba en una situacion muy parecida, y ambos resollaban en una agonia a duo. Cuando Ricky entro, Tyson volvio la cabeza para mirarlo.
– No quiero hablar con ningun sacerdote -dijo.
– Pero este sacerdote quiere hablar con usted -sonrio Ricky con frialdad.
– Quiero que me dejen solo -insistio Tyson.
Ricky lo observo.
– Segun parece -dijo con brio-, pronto va estar solo toda la eternidad.
– No necesito ninguna religion, ya no.
Tyson sacudio la cabeza con dificultad.
– Y yo no voy a ofrecerle ninguna -contesto Ricky-. Por lo menos, no como piensa.
Ricky cerro la puerta de la habitacion. Vio que habia unos auriculares para escuchar la television colgados en la pared. Rodeo los pies de la cama y observo al companero de Tyson. El hombre lo miro con una expectacion indiferente. Ricky le senalo los auriculares de su cama.
– ?Quiere ponerselos para que pueda hablar en privado con su vecino? -pregunto, pero en realidad ordeno.
El hombre se encogio de hombros y se los coloco en las orejas con cierta dificultad.
– Bien -dijo Ricky mientras se volvia hacia Tyson para preguntarle-: ?Sabe quien me ha enviado?
– Ni idea -dijo con voz ronca Tyson-. No queda nadie a quien yo le importe.
– En eso se equivoca. -Se acerco y se inclino hacia el hombre agonizante para susurrarle con frialdad-: Digame la verdad, viejo, ?cuantas veces se follo a su hija antes de que ella se marchara para siempre?
26
El anciano, sorprendido, abrio unos ojos como platos. Levanto una mano huesuda que agito en el reducido espacio entre Ricky y su torax hundido, como si pudiera alejar la pregunta, pero estaba demasiado debil para hacerlo. Tosio, se atraganto y trago saliva antes de preguntar:
