– ?Que?

– Que la verdad sea incluso mas fuerte que la muerte -le espeto, y colgo.

Se echo de nuevo en la cama y contemplo el techo blanco y la bombilla desnuda. Notaba que le sudaban las axilas como si hubiese hecho un gran esfuerzo para mantener esa conversacion, pero no era un sudor nervioso, sino mas bien el resultado de una justicia satisfactoria. En la habitacion contigua, la pareja habia vuelto a empezar, y por un momento escucho los ritmos inconfundibles del sexo, que le resultaron divertidos y hasta placenteros.

«Mas de uno se lo pasa en grande durante la jornada laboral», penso.

Luego se levanto y busco hasta encontrar un pequeno bloc de papel en el cajon de la mesilla de noche y un boligrafo.

En el papel escribio los nombres y los telefonos de los dos hombres a los que acababa de llamar. Bajo ellos anoto «Dinero.

Reputacion». Puso senales junto a esas palabras y escribio a continuacion el nombre del tercer hotel sordido en el que habia hecho una reserva. Y debajo garabateo la palabra «casa».

Despues arrugo el papel y lo lanzo a una papelera de metal.

Dudaba que limpiaran con demasiada regularidad la habitacion y penso que habia muchas probabilidades de que quien fuera a buscarlo a el encontrara el papel. Ademas, seria lo bastante listo como para comprobar las llamadas telefonicas de esa habitacion, lo que reflejaria los numeros que acababa de marcar. Relacionar esos numeros con las conversaciones no era demasiado dificil.

«El mejor juego es aquel en el que no te das cuenta de que estas jugando», penso.

30

En su recorrido por la ciudad, Ricky encontro una tienda de excedentes del ejercito y la armada en la que compro varias cosas que tal vez le fueran de utilidad para la siguiente fase del juego que tenia en mente: una palanca pequena, un candado para bicicletas, unos guantes de latex, una linterna minuscula, un rollo de cinta adhesiva de fontaneria de color gris y el par mas barato de prismaticos que tenian. Tambien un aerosol de repelente de insectos que contenia cien por cien de DEET, lo que, como penso compungido, era lo mas cercano al veneno que se habia planteado nunca ponerse en el cuerpo.

Era una extrana coleccion de objetos, pero no estaba demasiado seguro de lo que iba a necesitar para la tarea que tenia prevista, asi que con la variedad compenso la incertidumbre.

Esa tarde, temprano, regreso a su habitacion y metio estas cosas, junto con la pistola y dos de los recien adquiridos telefonos moviles, en una mochila pequena. Uso el tercer telefono movil para llamar al siguiente hotel de su lista, el unico en el que todavia no se habia registrado, para dejar un mensaje urgente a Frederick Lazarus con la peticion de que devolviera la llamada en cuanto llegara. Dio el numero del movil a un recepcionista y, acto seguido, metio ese telefono en un bolsillo exterior de la mochila, despues de marcarlo con un boligrafo. Cuando llego al coche, saco el movil y volvio a llamar al hotel para dejarse otro mensaje urgente a si mismo. Lo hizo tres veces mas mientras circulaba por la ciudad en direccion a Nueva Jersey y, en cada ocasion, pedia con mas insistencia que el senor Lazarus le devolviera la llamada enseguida porque tenia que darle una informacion importante.

Tras el tercer mensaje con ese movil, se paro en el area de descanso Joyce Kilmer, en la autopista de Jersey. Fue al aseo, se lavo las manos y dejo el telefono en el borde de la pila. Al salir, varios adolescentes se cruzaron con el en direccion a los lavabos.

Encontrarian el telefono y lo usarian muy deprisa, que era lo que el queria.

Era casi de noche cuando llego a West Windsor. El trafico habia sido denso a lo largo de toda la autopista, con los coches sin demasiada separacion y circulando a excesiva velocidad hasta que todos aminoraron con un estrepito de claxones, en medio de un calor sofocante, debido a un accidente cerca de la salida u. Curiosear aminoraba aun mas la marcha a medida que los coches pasaban junto a dos ambulancias, media docena de coches de policia y las carrocerias retorcidas y destrozadas de dos automoviles.

Un hombre de camisa blanca y corbata se tapaba la cara con las manos, medio en cuclillas, junto a la cuneta. Cuando Ricky pasaba, una ambulancia arranco con un agudo ruido de sirena y un policia de trafico examinaba la marca de un patinazo. Otro estaba apostado junto a unos conos colocados en la carretera haciendo senas a los conductores de que circularan, con una expresion severa y de reproche, como si la curiosidad, la mas humana de todas las emociones, estuviera fuera de lugar en esas circunstancias y solo constituyese una molestia para el. Ricky penso que la perspicacia de un analista, lo que el habia sido antes, era como la mirada que exhibia en ese momento el policia.

Se detuvo en una cafeteria de la carretera i, cerca de Princeton, y para matar el tiempo tomo una hamburguesa con queso y patatas fritas que, por imposible que parezca, eran preparadas por una persona y no por maquinas y temporizadores. La luz de junio alargaba el dia y, cuando salio, todavia faltaba un rato para que reinara la oscuridad. Condujo hasta el cementerio donde habia estado dos semanas atras. El encargado se habia marchado, como el esperaba. Tuvo suerte de que la entrada no estuviera cerrada con llave, de modo que llevo el coche hasta detras del cobertizo de madera blanca y lo dejo ahi, mas o menos escondido de la carretera y, sin duda, con un aspecto bastante anodino para cualquiera que pudiera verlo.

Antes de colgarse la mochila al hombro, dedico un momento a rociarse con el repelente de insectos y ponerse los guantes de latex. sabia que no taparian su olor corporal, pero por lo menos le servirian para protegerse de las garrapatas. La luz del dia empezaba a desvanecerse y el cielo de Nueva Jersey adquiria un anormal color gris amarronado, como si los extremos del mundo se hubiesen quemado con el calor de la tarde. Se puso la mochila al hombro y, con una sola mirada a la desierta carretera rural, echo a correr hacia el criadero de perros donde le esperaba la informacion que necesitaba. Del asfalto oscuro todavia se elevaba mucho calor, que pronto se le metio en los pulmones. Respiraba con dificultad pero sabia que no era debido al esfuerzo fisico.

Dejo la carretera y se escondio entre los arboles para pasar frente al cartel de la entrada con la imagen del enorme rottweiler.

Despues se adentro en la vegetacion que ocultaba el criadero de la carretera, eligiendo con cuidado su ruta hacia la casa. Todavia oculto en el follaje y sumido en las primeras sombras de la noche que se aproximaba, saco los gemelos de la mochila y examino el exterior, cuya distribucion pudo observar mejor que en su primera visita.

Dirigio primero la vista a las jaulas que habia junto a la oficina, donde detecto a Brutus, que se paseaba con nerviosismo.

«Huele el repelente -penso Ricky-. Y por debajo percibe mi olor. Pero aun esta confundido.»

Para el perro aun era una leve senal de alarma. Ricky no se habia acercado todavia lo suficiente para ser considerado una amenaza. Envidio un momento el mundo elemental de ese animal, definido por olores e instintos y libre de los caprichos de las emociones.

Describio un arco con los prismaticos y detecto una luz en el interior de la casa. Observo fijamente durante un par de minutos y vio el inconfundible resplandor de un televisor en una habitacion cercana a la entrada. La oficina, que quedaba un poco a su izquierda, estaba a oscuras, y supuso que cerrada con llave. Hizo un ultimo reconocimiento visual y vio un gran reflector cuadrado mas o menos a la altura del tejado. Imagino que se activaba por movimiento y que su radio de accion se situaba delante de la casa.

Guardo los gemelos en la mochila y avanzo en paralelo al edificio, sin salir del margen de la maleza, hasta llegar al borde de la finca.

Una carrera rapida lo situaria en la entrada de la oficina y quizas evitaria que se encendieran las luces exteriores.

Su presencia no solo habia puesto nervioso a Brutus. Otros perros se movian en sus recintos husmeando el aire. Unos cuantos ladraron una o dos veces, inquietos y recelosos ante un olor desconocido.

Ricky sabia con exactitud que queria hacer y penso que, como plan, tenia sus virtudes. No sabia si lo lograria, pero era consciente de algo: hasta ahora solo habia rozado la ilegalidad. Este paso era de otro tipo. Y era consciente de otro detalle: para ser un hombre al que le gustaba jugar, Rumplestiltskin no tenia normas. Por lo menos, ninguna impuesta por cualquier moralidad conocida.

Вы читаете El psicoanalista
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату