– ?A que te refieres?
– Veras, de los cuarenta y tantos asesinatos que tenia en su haber, he averiguado que solo cometio la mitad. Puede que incluso menos.
– Solo veinte… -Se escucho pronunciando esas palabras y se dio cuenta de lo estupidas que sonaban. «Solo veinte.» Como si eso hiciera a Sullivan la mitad de execrable que a quien hubiera cometido cuarenta.
– Eso es. Estoy segura. Por lo menos solo esos veinte parecen convincentes.
– ?Y los demas?
– Bien, parece obvio que no los cometio el porque ya hay gente encerrada por ellos, algunos incluso en el corredor de la muerte. Simplemente los integro en el entramado de su propia historia, ?entiendes? Como aquello que te conte del crimen de la reserva Miccosukkee, por ejemplo. En un momento dado se atribuyo la muerte de una mujer en las afueras de Tampa. Una camarera que conocio en un bar, que pensaba que iban a divertirse un rato y a la que acabo matando, ?te acuerdas?
– Si, claro. Recuerdo que no hablo mucho de ella, aunque parecia haber disfrutado lo suyo matandola.
– Exacto. Esa misma. Pues bien, todos los detalles eran correctos, excepto uno: el verdadero criminal cometio otros dos asesinatos en la misma zona y actualmente esta encerrado en una celda a menos de diez metros de la que ocupaba Sullivan. Anadio esta a las demas. Hasta que investigue esta no sono la alarma. ?Comprendes ahora lo que hacia ese psicopata? Se atribuia crimenes ajenos, crimenes resueltos y con un culpable entre rejas, y los anadia a su computo personal. Lo hizo en un par de ocasiones mas, con crimenes atribuidos a otros inquilinos del corredor. Era como un base que se empena en dar asistencias en los ultimos minutos de un partido que ya esta ganado. Pretendia hinchar la estadistica. -Edna rio.
– Pero ?por que?
Cowart pudo sentir como ella se encogia de hombros al otro lado de la linea.
– Quien sabe. Puede que por eso los del FBI estuvieran tan interesados en hablar con Sully antes de que palmara.
– Pero…
– Bueno, tengo una teoria. Llamala el postulado de McGee o lo que sea, pero que suene cientifico. He estado preguntando por ahi, ?sabes?, y adivina que. A Ted Bundy se le atribuyen treinta y ocho asesinatos. Puede que mas, pero el computo oficial es este, y de eso fue de lo ultimo que hablo Sullivan antes de irse tambien el de cabeza al infierno. Para mi esta claro que el viejo Sully queria ganarle por un par. Se han encontrado al menos tres libros sobre Bundy entre los efectos personales de Sully. Curioso detalle, ?no? La medalla de plata, por decirlo asi, se la lleva Okrent, el polaco de Lauderdale, que aun espera en el corredor; ?te acuerdas de el? El del problema con las prostitutas. El que se las cargaba, quiero decir. Oficialmente se le atribuyen once, pero oficiosamente diecisiete o dieciocho. Tambien estaba en el ala de Sully. ?Vas comprendiendo, Matty? Sully queria ser famoso. De modo que se tomo algunas libertades.
– Ya veo por donde vas. ?Podrias lograr que alguien lo dijera en una declaracion y publicarlo?
– Desde luego. Esos tios del FBI diran lo que yo quiera. Y tambien estan esos sociologos de Boston que investigan a los asesinos en serie. He hablado con ellos hace un rato. Estan entusiasmados con el postulado de McGee. Asi que si me pongo a ello hasta tarde, podria aparecer manana. O pasado, lo mas probable.
– Excelente -dijo Cowart.
– Pero Matty, me seria de gran ayuda si tu tuvieras tambien algo. Un articulo explicando quien mato a los ancianos de los cayos.
– Estoy en ello.
– Pues manos a la obra. Es el unico interrogante por resolver, Matty. Es lo que todo el mundo quiere saber.
– Ya lo se.
– Le estan buscando las cosquillas al jefe de redaccion. Quieren que esto pase a manos de nuestro estupendo, magnifico, archimundialmente famoso y para nada incompetente equipo de investigacion. Y por lo que he oido, le estan presionando mucho.
– Pero esa gente no tiene ni idea de…
– Ya lo se, Matty, pero hay quien dice que este asunto ya te viene grande.
– No es verdad.
– Yo solo te aviso. Me imaginaba que te gustaria enterarte de los politiqueos que se cuecen a tus espaldas. Y la noticia del
– ?Shaeffer?
– Una muy mona con unos ojazos que cuando te mira parece que antes de hablar contigo preferiria guisarte a trocitos.
– La misma.
– Pues vino aqui y se la sacudieron de mala manera, o sea que te lo tendra en cuenta.
– Tomo nota.
– Bueno, zanjemos ya el caso. Ingeniatelas para saber quien se cargo a los ancianos. A ver si te dan otro premio, ?vale?
– Lo dudo.
– Bueno, sonar no cuesta nada, ?no?
– Supongo que no.
Colgo jurando para sus adentros, aunque sin saber exactamente contra quien o contra que blasfemaba. Empezo a marcar el numero del jefe de redaccion, pero se detuvo. ?Que iba a decirle? En ese momento oyo un ruido procedente de la puerta y al levantar la vista se encontro con un Bruce Wilcox demacrado.
– ?Donde esta Tanny? -pregunto.
– Por ahi. Me ha dicho que le espere aqui. Creia que habia ido a buscarle. ?Ha averiguado algo?
Wilcox sacudio la cabeza.
– Aun no puedo creer que todo esto sea por mi culpa -murmuro.
– ?Ha habido suerte en el laboratorio?
– Aun no puedo creer que no mirara en la puta letrina la primera vez. -Wilcox arrojo un par de folios sobre la mesa-. No hace falta que los lea -dijo-. Han encontrado restos que podrian ser de sangre en la camisa, los vaqueros y la alfombrilla. Que podrian ser de sangre, por el amor de Dios. Eso despues de analizarlo con el microscopio. Todo esta tan deteriorado que casi no se aprecia. Tres anos de mierda, basura y tiempo. No ha quedado mucho. He visto como el tecnico del laboratorio extendia la camisa y casi se le desintegra al manipularla con las pinzas. En cualquier caso, no hay nada determinante. Van a mandarlo todo a otro laboratorio mas moderno en Tallahassee, pero quien sabe con que nos saldran. El tecnico no parecia muy optimista. -Hizo una pausa y respiro hondo-. Naturalmente, usted y yo sabemos que hacia todo eso ahi dentro, pero de aqui a poder presentarlo como prueba de algo hay un trecho largo de cojones. ?Joder! Si yo lo hubiese encontrado hace tres anos, cuando todo estaba fresco… Los del laboratorio habrian encontrado la sangre enseguida. -Miro a Cowart-. La sangre de Joanie Shriver. Sin embargo, ahora no son mas que jirones de ropa vieja. Mierda. -El detective echo a caminar por el despacho-. No puedo creer que la haya jodido tan estupidamente -repitio-. La he jodido, la he jodido, la he jodido. Mi primer gran caso de los cojones.
Abria y cerraba los punos. Abrir, cerrar. Abrir, cerrar. Cowart percibio la tension del detective, como un luchador momentos antes del combate.
Tanny Brown, sentado a una mesa libre en un despacho vacio, estaba haciendo llamadas. La puerta a su espalda estaba cerrada y delante tenia una libreta de notas y su agenda de telefonos personal. Tuvo que dejar mensajes en los tres primeros numeros. Marco el cuarto numero y espero a que descolgaran.
– Policia de Eatonville.
– Con el capitan Lucious Harris. Soy el detective teniente Theodore Brown.
Espero hasta que en el aparato resono un vozarron.
– ?Tanny? ?Eres tu?
– Hola, Luke.
– Vaya, vaya… Cuanto tiempo sin oirte. ?Que tal?
