en aquella noche humeda y fria. Shaeffer se acerco con cautela, ensenandole la placa desde unos tres metros de distancia.
– Senorita. Policia. Quiero preguntarle algo.
La mujer la miro y comenzo a alejarse.
– Eh, solo quiero hacerle una pregunta.
La mujer siguio andando, a paso cada vez mas ligero. Shaeffer fue tras ella.
– ?Maldita sea, detengase! ?Policia!
La mujer paro y se volvio con una mirada de absoluta desconfianza.
– ?Me esta hablando a mi? ?Que quiere? Yo no he hecho nada.
– Solo una pregunta. ?Ha visto pasar a dos hombres corriendo por aqui hace unos quince o veinte o quiza treinta minutos? Uno es blanco, un policia. El otro negro, con una gabardina oscura. El poli perseguia al otro. ?Los ha visto pasar por aqui?
– No. No he visto nada. ?Ya esta?
La mujer retrocedio, tratando de ganar distancias.
– No me ha escuchado -le dijo Shaeffer-. Dos hombres corriendo. Uno blanco y otro negro. El blanco perseguia al negro.
– No he visto nada, ya se lo he dicho.
Andrea sintio una oleada de rabia a punto de desbordarla.
– Oiga, senorita, ya basta de jueguecitos. Conmigo se puede meter en un buen lio. Ahora digame si los ha visto. Digame la verdad o la detengo ahora mismo.
– No he visto a ningun hombre corriendo. No he visto a ningun hombre en toda la noche.
– Tuvo que verlos -insistio Andrea-. Han tenido que pasar por aqui.
– Por aqui no ha pasado nadie. Ahora dejeme en paz. -La mujer se volvio, negando con la cabeza.
Shaeffer se dispuso a seguirla, pero la detuvo una voz a su espalda.
– ?Por que va por ahi molestando a la gente, senorita?
Andrea se volvio nerviosa. La pregunta la habia hecho un hombreton que llevaba un largo abrigo negro y una gorra de beisbol de los Yankees. Las gotas de lluvia se le habian acumulado en el borde de la visera. Se encontraba a unos tres metros de distancia, y avanzaba hacia ella. Todo en el resultaba amenazador.
– Policia -dijo ella-. Mantengase alejado.
– Me da igual quien sea usted. Ha venido aqui a molestar a mi chica. ?Por que?
Shaeffer saco la pistola y apunto al hombre.
– No se mueva -dijo friamente.
El hombre se detuvo.
– ?Va a dispararme? No lo creo. -Abrio ligeramente las manos y esbozo una sonrisa socarrona-. Creo que esta en el lugar equivocado, senorita policia. Creo que no tiene refuerzos, que esta sola y se ha metido en un buen lio.
El hombre dio un paso adelante.
Shaeffer amartillo el arma.
– Estoy buscando a mi companero -mascullo-. El iba persiguiendo a un sospechoso. Se lo preguntare una sola vez: ?ha visto a un policia blanco siguiendo a un hombre negro por aqui, hace unos treinta minutos? Conteste y no le volare los huevos.
Bajo el angulo del arma hasta apuntar a la entrepierna.
El giganton titubeo.
– No -dijo tras una pausa-. Por aqui no ha pasado nadie.
– ?Esta seguro?
– Si, estoy seguro.
– Esta bien -respondio Shaeffer, y comenzo a moverse hacia el hombre-. Ahora me ire. ?Lo ve? Ha sido muy sencillo.
Paso junto a el, regresando por donde habia venido. El se dio la vuelta lentamente, observandola.
– Vayase de aqui, senorita policia. Antes de que le ocurra algo malo.
Aquello era una amenaza y a la vez una promesa. A medida que se alejaba, Shaeffer lo oyo mascullar improperios, alargando la pronunciacion para que ella lo oyera. Ella seguia con el arma en la mano y se encamino hacia donde habia dejado el coche, sin saber ya que hacer y asustada hasta la medula.
La mano le temblaba ligeramente cuando encendio el contacto. Con el coche en marcha y las puertas bloqueadas, se sintio segura por un momento.
– Ese capullo estupido -se desahogo-. ?Donde cono se ha metido?
La voz se le quebraba y eso le dio rabia. Sacudio la cabeza y luego miro por la ventanilla, permitiendose fantasear con que Bruce Wilcox surgiria en cualquier momento de alguna de aquellas sombras, sin aliento, sudando, mojado y hecho una calamidad. Recorrio la calle arriba y abajo con la mirada, pero no lo vio.
– ?Mierda! -exclamo.
Se resistia a encender el coche y marcharse, pensando que, probablemente un minuto despues de arrancar el apareceria y luego ella tendria que disculparse por haberlo abandonado.
– Pero no lo he hecho, joder -se argumento a si misma-. El me dejo a mi.
No sabia que hacer. La noche se habia abatido definitivamente sobre aquel barrio marginal, y la llovizna ya era lluvia en toda regla, un manto gris que cubria la calle. Aunque el coche le proporcionaba calor y seguridad, no hacia mas que aumentar su sensacion de soledad. Ponerlo en marcha le supuso un esfuerzo atroz; conducir una sola manzana, agotador.
Avanzo lentamente, escudrinando en detalle la zona, hasta que llego al apartamento de Ferguson. Se detuvo y alzo la vista hacia el edificio, pero no vio luces. Aparco sobre el bordillo y espero cinco minutos. Luego otros cinco. Luego volvio al lugar donde habia visto a Wilcox por ultima vez. Despues recorrio las calles adyacentes arriba y abajo. «Seguro que ha cogido un taxi -intentaba convencerse-. O habra parado un coche patrulla. Estara esperando en el motel con Cowart y Brown; o en la comisaria del distrito tomandole declaracion a Ferguson, preguntandose donde demonios estoy. Si, seguramente. Ha conseguido hacer cantar a Ferguson y ahora esta tomandole declaracion, y no va a interrumpirse para preocuparse por mi. Ademas, el da por supuesto que se arreglarmelas sola.»
Se dirigio hasta un amplio bulevar por el que se salia de aquel lugubre barrio. Al cabo de poco encontro la salida a la autopista y unos minutos despues ya estaba de camino al motel. Se sentia como una nina inexperta. No habia sabido seguir el procedimiento, la rutina; habia fallado siguiendo su propio criterio y al final lo habia fastidiado todo.
No dudaba que Wilcox le recriminaria a gritos que le hubiera perdido la pista y no le hubiese dado apoyo. «Imbecil de mi, si eso es lo primero que te ensenan en la academia», se reprocho con dureza.
Con la autoestima por los suelos, entro en el aparcamiento del motel, se apeo y cruzo el asfalto mojado hacia la habitacion donde creia que los tres hombres estarian esperandola impacientes.
Cowart sentia que la muerte lo acechaba. Habia huido del apartamento de Ferguson abatido por el miedo y la ansiedad, intentando contener sus emociones. Brown lo habia presionado en un primer momento para sonsacarle detalles de la conversacion con Ferguson, pero renuncio al comprobar que el periodista se negaba a responder y lo dejo sumirse en un mutismo absoluto. En su fuero interno, el teniente tenia claro que algo habia ocurrido, que Cowart estaba muerto de miedo, y penso que habria disfrutado con malicia viendolo tan desazonado si el motivo hubiera sido otro.
Habia acabado conduciendo hasta New Brunswick y Rutgers sin mas objetivo que el de ver donde asistia Ferguson a clase. Despues de caminar bajo la lluvia, encogidos y abriendose paso entre una riada de estudiantes, Cowart le habia contado al fin la conversacion. Los desmentidos y las interpretaciones de Ferguson, los dialogos y los detalles, todo lo ocurrido hasta llegar al momento en que Ferguson los habia amenazado a su hija y a el. Entonces se callo. El teniente espero a que siguiese, pero Cowart no se lo conto.
– ?Que mas?
– Nada.
– Vamos, Cowart. Salio de alli temblando como una vara. ?Que le dijo ese capullo?
– Nada. Es solo que todo lo que ocurrio alli me asusto mucho.
