Brown insistio en escuchar la cinta.

– Imposible -respondio Cowart-. Se la quedo el.

El teniente pidio ver las notas, pero el otro sabia que, despues de la primera pagina, sus notas no eran mas que garabatos ilegibles. Tanto Brown como Cowart intuyeron que les habian tendido una trampa, pero se abstuvieron de comentarlo.

Era media tarde cuando regresaron al motel, enfurrunados por el trafico de la hora punta y su mutua falta de cooperacion. Brown dejo a Cowart en su habitacion y se marcho a la suya para realizar unas llamadas, tras prometer que volveria con algo de comida. El teniente sabia que habia ocurrido algo mas, pero tambien era consciente de que al final acabaria sabiendolo. No creia que Cowart fuese capaz de mantener su miedo y su silencio demasiado tiempo. Casi nadie lo era. Despues de un susto como aquel, era solo cuestion de esperar a que necesitara desahogarse.

No tenia muy claro cual debia ser el paso siguiente, pero supuso que iria en funcion de lo que hiciera Ferguson. Barajo la posibilidad de detener sin mas a Ferguson y acusarlo de la muerte de Joanie Shriver. Legalmente era inutil, pero al menos Ferguson se veria obligado a regresar a Florida. La alternativa era encarar lo que habia iniciado cuando hablo con su amigo de Eatonville: investigar todos los casos pendientes en el estado hasta hallar algo con que llevarlo de nuevo ante los tribunales.

Suspiro. Tardaria semanas, meses, quiza mas. «?Tendrias paciencia?», se pregunto. Por un instante intento imaginarse a la nina desaparecida en Eatonville. «Como mis propias hijas -penso-. ?Cuantas mas moriran mientras tu trabajas como una mula en homicidios?»

Pero no tenia eleccion. Comenzo a realizar llamadas en busca de respuestas a los varios mensajes que habia enviado unos dias antes a varios policias locales de Florida. «Se metodico -se ordeno-. Investiga todas las ciudades pequenas, todos los pueblos apacibles que Ferguson ha visitado en el ultimo ano. Encuentra a la nina desaparecida en cada uno, luego encuentra la prueba que te llevara hasta el. Tiene que haber un caso, en alguna parte, donde las pruebas no hayan quedado contaminadas o destruidas.» Resultaria una labor lenta y minuciosa, y sabia que con cada hora que pasara, alguna nina en algun lugar se iria acercando a la muerte. Maldijo cada segundo que se le escurria entre los dedos.

Cowart se sento en su habitacion para tratar de tomar una decision, la que fuera. Examino sus notas: la caligrafia temblorosa lo ponia en evidencia. Solo logro descifrar la lista de visitas que Ferguson habia realizado a Florida desde su salida del corredor de la muerte hasta su regreso a Newark para retomar sus estudios. Siete viajes.

«?Habran muerto siete ninas? -se pregunto-. ?Una en cada viaje? ?O espero y volvio en alguna otra ocasion?»

Joanie Shriver y Dawn Perry. Tenia que haber mas. Por su cabeza comenzaron a desfilar ninas pequenas, todas empezando a caminar por la vida, ninas en pantalones cortos y camiseta, o en vaqueros y con coletas, solas e inocentes, todas presas potenciales de Ferguson. Lo visualizo dirigiendose a ellas, con los brazos abiertos y expresion sonriente, irradiando confianza y engano y muerte calculada. Sacudio la cabeza para borrar aquella imagen, y en su lugar aparecieron las palabras de Sullivan: «?Es usted un asesino, Cowart?»

«?Lo soy?», se pregunto.

Bajo la mirada hacia la lista de visitas a Florida y un escalofrio le recorrio los brazos hasta la punta de los dedos. «Han muerto ninas que de no ser por ti, Matthew Cowart, seguirian vivas», se dijo.

Sullivan habia encontrado seguridad en la aleatoriedad de sus crimenes. Habia matado a personas que no conocia, a personas que habian tenido la mala fortuna de cruzarse en su camino. Al minimizar el contexto del asesinato, lograba frustrar la capacidad investigadora de la policia. Cowart sospechaba que Ferguson estaba haciendo lo mismo. Al fin y al cabo, habia aprendido de la mano de un experto. Sullivan le habia ensenado algo fundamental: a convertirse en un estudioso de sus repugnantes impulsos.

Recordo su visita a la hemeroteca del Journal y le vino a la cabeza el titular de aquel pequeno articulo: «La policia admite no tener indicios de la nina desaparecida.» Por supuesto que no los habia, penso. No habia indicios ni pruebas solidas. Lo unico que habia era un hombre declarado inocente llevandose a ninas de este mundo.

Respiro hondo y dejo que discurrieran por su mente todos los elementos acumulados de crimenes reales, supuestos e imaginarios, torrentes de maldad que al final desembocaron en el nucleo de su miedo mas pavoroso: una imagen de su hija volviendo a casa tranquilamente. Tuvo la sensacion de que hasta ese momento habia deambulado en una especie de ceguera moral, dado que todas las muertes relacionadas con Sullivan y Ferguson no le habian afectado directamente. Pero eso habia cambiado.

Se sujeto la cabeza entre las manos y penso: «?Estara matando a alguien ahora? ?Hoy? ?Esta noche? ?Cuando? ?La semana que viene?» Alzo la vista hacia el espejo colgado encima del aparador. «Y tu, pedazo de cretino, preocupado por tu reputacion.»

Sacudio la cabeza, viendo como su propio reflejo se lo reprochaba. «No tendras ninguna reputacion a no ser que hagas algo y rapido -se dijo-. Pero ?que?»

Se acordo de un articulo de su amiga Edna. En una ocasion habia averiguado que la policia de un barrio de Miami estaba investigando seis casos de violacion ocurridos en un mismo tramo de autopista. Cuando entrevisto a los detectives que llevaban el caso, estos insistieron en que no escribiera una sola palabra al respecto, alegando que un articulo en el periodico alertaria al violador en serie de que estaban tras su pista y entonces el modificaria su modus operandi, alteraria su reconocible estilo, se trasladaria a otra zona y eludiria los senuelos y las operaciones de vigilancia que habian disenado. Edna habia ignorado la peticion, convencida de que era imprescindible alertar a las mujeres que, ajenas al peligro, atravesaban de noche la ruta del violador.

Los articulos se anunciaron en portada en la edicion dominical del Journal, como primicia, junto con un retrato robot del sospechoso. Los detectives se indignaron, como cabia esperar, convencidos de que aquello espantaria a su presa.

Sin embargo, no sucedio asi. El violador no habia cometido seis agresiones, sino mas de cuarenta. Mas de cuarenta mujeres habian sido atacadas, pero el sufrimiento y la humillacion habian determinado que la mayoria no lo denunciara a la policia. Tras la agresion se iban a casa dando gracias al cielo por estar vivas e intentaban recomponer su cuerpo desgarrado y su maltrecha autoestima. Una por una habian llamado a Edna, recordaba Cowart. Voces que sollozaban, entrecortadas por las lagrimas y las dudas, capaces a duras penas de superar la desdicha que habia traido consigo el horror de lo sucedido, pero ansiosas por contar su historia a la periodista, por si asi podia evitarse que otras mujeres cayeran en las garras de aquel sadico. Al cabo de unos dias habian llamado todas. De forma anonima y aterrorizadas, pero habian llamado. Todas pensaban que estaban solas, que habian sido la unica victima. Al final de la semana, Edna tenia el numero de matricula del coche del violador, una descripcion detallada del vehiculo y el agresor y decenas de elementos mas que llevaron a la policia hasta la casa del violador una noche, quince dias despues de que se publicaran los articulos, justo cuando se disponia a salir.

Cowart se recosto y sopeso la amenaza de Ferguson. Era muy seria.

«Hazlo -se dijo entonces-. Reunelo todo, todas las mentiras, las pruebas obtenidas ilegalmente, todo, y elabora un articulo y publicalo. No esperes mas, hazlo antes de que Ferguson tenga la oportunidad de actuar. Atacalo con palabras y luego corre, llevate a tu hija y escondela. Es tu unica arma. Eso si, tus colegas de trabajo te arrancaran la piel a tiras por ese articulo. Acabaras pisoteado, denostado y con la cabeza ensartada en una estaca. Y despues todo sera muy duro porque tu mujer te odiara y su marido te odiara y tu hija no lo entendera, aunque, con un poco de suerte, ella no te odiara.»

Pero era la unica manera.

Se incorporo de nuevo en la cama y penso: «Vas a conseguir que todo el mundo os senale con el dedo, a ti y a el. Y despues, tal vez cada cual recibira su merecido. Hasta Ferguson.

«Titulares de dos y medio, fotos a todo color. Asegurate de que sale en los teletipos, y en los semanales. Acude a programas de entrevistas. Difunde a los cuatro vientos la verdad sobre Ferguson hasta que el escandalo resuene mas alto que todos sus desmentidos. Entonces nadie ignorara el asunto. Lo acuciaran alla donde vaya con libretas, flashes y focos. Describelo con todo lujo de detalles para que, se esconda donde se esconda, levante sospechas. No permitas que pase inadvertido y pueda continuar haciendo lo que le plazca. Si, eso, arrebatale su invisibilidad: eso lo matara.»

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