automaticos con pantalla digital.

Pasaron por delante de la gasolinera.

– Si. ?Que le pasa?

– Hace cinco anos era una pequena Dixie Gas, regentada por un tipo que seguramente habia formado parte del Klan en los anos cincuenta. Un par de viejos surtidores y la bandera de barras y estrellas colgando en la ventana. El negocio estaba situado en un lugar privilegiado, asi que lo vendio por una pequena fortuna. Se retiro a una de esas casitas que construyen por aqui en urbanizaciones con nombres como Fox Run, Bass Creek o Campos Eliseos, supongo. -El detective rio levemente-. Eso me gusta. Cuando me jubile, el lugar al que me vaya a vivir se llamara Campos Eliseos. O tal vez Valhalla, mas apropiado para un poli, ?eh? Los guerreros de la sociedad moderna. Claro que probablemente morire con las botas puestas.

– Cierto -respondio Cowart.

Estaba tenso. El detective parecia ocupar todo el espacio del habitaculo, como si fuera mas grande de lo que Cowart abarcaba con la mirada.

– ?Tanto ha cambiado?

– Mire alrededor. La carretera es buena, eso supone dolares en impuestos. Se acabaron los negocios familiares. Ahora todo son Seven-Eleven y Winn-Dixie y Southland Corporation. Si quiere tener el coche a punto, vaya a una empresa. Si quiere ver a un dentista, vaya a una asociacion profesional. Si quiere comprar algo, vaya a un centro comercial. Por Dios, el quarterback del instituto es hijo de un profesor negro, y el mejor receptor es hijo de un mecanico blanco. ?Que le parece?

– Las cosas no parecen haber cambiado mucho donde vive la abuela de Ferguson.

– No, eso es verdad. El viejo Sur, pobre y sucio. Caluroso en verano y frio en invierno. Estufas de lena, tuberias exteriores y pies descalzos que patean el polvo. No todo ha cambiado, y esa es la clase de lugar que existe para recordarnos lo mucho que nos queda por hacer.

– Las gasolineras son una cosa -dijo Cowart-, pero ?que hay de la actitud?

Brown solto una carcajada.

– Eso cambia mas lentamente. Todo el mundo aplaude cuando el hijo del profesor pasa el balon y el hijo del mecanico lo recibe y marca un tanto. Ahora bien, si uno de esos muchachos quisiera salir con la hermana del otro, en fin, me parece que los aplausos cesarian de inmediato. Pero bueno, usted ya estara al tanto de todo esto en su trabajo, ?no?

El periodista asintio, sin saber si le tomaba el pelo, lo insultaba o le hacia un cumplido. Pasaron ante una parcela amplia en la que se construian viviendas. Una excavadora amarilla trabajaba en un prado verde, dejando una cicatriz de tierra rojiza; sus chirridos resonaban al escarbar. No lejos de alli, un grupo de operarios con cascos y camisas empapadas en sudor apilaba madera y bloques de hormigon ligero. Ambos hombres permanecieron en silencio hasta que dejaron atras la obra. Luego Cowart pregunto:

– Por cierto, ?donde esta Wilcox hoy?

– ?Bruce? Bueno, tuvimos un par de muertes en accidente de trafico la pasada madrugada. Lo envie para que hiciera el atestado de la autopsia. Eso nos ensena a respetar los cinturones de seguridad y a no conducir borrachos, y lo que ocurre cuando a los operarios como los que acabamos de pasar se les paga el jueves.

– ?Necesita lecciones como esa?

– Todos las necesitamos. Forma parte del trabajo.

– ?Como su genio?

– Eso es algo que tendra que aprender a controlar. A pesar de todo, es un observador muy prudente y astuto. Le sorprenderia lo bueno que es con las pruebas y las personas. No suele perder los estribos de esa manera.

– Deberia haberse controlado con Ferguson.

– Creo que no acaba de entender lo desquiciados que estabamos todos.

– Eso no viene al caso, y usted lo sabe.

– No, ese es precisamente el caso. Pero usted no quiere escucharme.

La advertencia acallo a Cowart. Sin embargo, al cabo dijo:

– ?Sabe lo que sucedera cuando escriba que su amigo golpeo a Ferguson?

– Se lo que usted cree que sucedera.

– Que habra un nuevo juicio.

– Tal vez.

– Diria que usted sabe algo y me lo oculta.

– No, senor Cowart, lo que se es como funciona el sistema.

– Bueno, el sistema dice que no se puede obtener la confesion de un acusado a mamporros.

– ?Y eso hicimos nosotros? Recuerdo haberle dicho que Wilcox solo lo abofeteo un par de veces. Con la mano abierta. No es mas que una manera de captar la atencion. ?Le parece que obtener la confesion de un asesino es como servir un te con maneras agradables y correctas? ?No me joda, Cowart! Y necesitamos casi veinticuatro horas para que confesara. ?Donde estan la causa y el efecto?

– Esa no es la version de Ferguson.

– Supongo que dice que no dejamos de torturarlo.

– Exacto.

– Que no le dimos comida ni bebida, que no lo dejamos dormir, que lo sometimos a un maltrato constante, ademas de privarlo de sus derechos e intimidarlo. Es el viejo cuento, y por lo visto obtiene resultados satisfactorios. Se viene usando desde la Edad de Piedra. ?Es eso lo que el alega?

– Mas o menos. ?Lo niega usted?

Brown sonrio y asintio.

– Por supuesto. No ocurrio de esa manera. De haber sido asi, le habriamos sacado una rapida confesion a ese negro hijoputa. Habriamos averiguado como camelo a Joanie para que subiera al coche, donde escondio su ropa y ese pedazo de alfombrilla y toda la mierda que no nos dijo.

Cowart volvio a sentir un ramalazo de indecision. Lo que decia el policia era cierto.

– Ahi lo tiene, eso le ayudara a escribir su articulo, ?no? -anadio Brown-. Un desmentido oficial.

– Ya.

– Pero no le hara desistir, ?verdad?

– No.

– Ya. Supongo que a usted le compensa mas creerle a el.

– Yo no he dicho eso.

– ?Ah no? ?Y que hace que su version sea mas convincente que la mia, si puede saberse?

– Tampoco he dicho eso.

– Y una mierda. -Brown se volvio en su asiento y lo fulmino con la mirada-. No me venga con la tipica excusa de periodista. El discursito del «?Eh!, yo me limito a publicar las versiones y dejar que los lectores decidan a quien creer», ?no?

Cowart, inquieto, asintio con la cabeza. El detective tambien asintio y desvio la mirada hacia la ventanilla.

Cowart se sumio en el mutismo mientras seguia conduciendo despacio carretera abajo. Vio que dejaban atras la interseccion descrita por Sullivan. Escudrino la calzada, buscando el grupo de sauces.

– ?Que busca? -pregunto Brown.

– Sauces y una alcantarilla que pasa por debajo de la carretera.

El detective fruncio el entrecejo y se tomo un segundo antes de responder.

– Carretera abajo. Vaya mas despacio, se lo ensenare.

Senalo adelante y Cowart vio los arboles y un pequeno espacio de tierra donde podia parar. Aparco y bajo.

– Vale -dijo el detective-, aqui estan los sauces. ?Y ahora que buscamos?

– No estoy seguro.

– Senor Cowart, a lo mejor si fuera usted un poco mas comunicativo…

– Me dijeron que buscara bajo la alcantarilla.

– ?Quien le dijo eso? ?Y buscar que?

El periodista meneo la cabeza.

– Primero echemos un vistazo.

El detective resoplo, pero lo siguio.

Вы читаете Juicio Final
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату