serpenteando. De repente tuvo miedo de haberse dejado arrastrar por una senda oscura y penso que lo mejor seria tomar el primer avion y regresar a Florida junto a Weiss. Todo se veia muy claro desde el vestibulo del Miami Journal. Ahora, el cielo gris y opaco de Nueva Jersey parecia mofarse de su incertidumbre.

Se pregunto si Ferguson habria aprendido la leccion. Probablemente, ya que, segun se derivaba de las palabras de Cowart, parecia un tipo listo, educado, distinto de la mayoria de convictos. Sin embargo, la detective se temia que era un caso especial.

Todavia recordaba un dia en el barco de su padrastro, seis anos atras. Era hacia ultima hora de la tarde y estaban pescando mientras la marea se retiraba bajo los pilones de uno de los innumerables puentes de los Cayos. El cliente habia atrapado un gran sabalo real de mas de cincuenta kilos. Habia saltado ya dos veces fuera del agua, las branquias le palpitaban, arqueaba la cabeza y parecia ganir cuando su brillante cuerpo plateado rompia contra las oscuras aguas. Escapaba a favor de la corriente, valiendose de la fuerza del agua para luchar contra el sedal. El cliente porfio entre grunidos, con las piernas separadas y la espalda encorvada, y lucho contra la fuerza del pez. El animal iba tirando del sedal en direccion a los pilones del puente.

«Un pez inteligente -penso ahora-. Un pez fuerte. Sabia que si lograba llegar alli, podria desgarrar el sedal contra los percebes, tensandolo y restregandolo contra el pilon.» Aquel pez ya habia picado antes. El dolor del anzuelo clavado en la mandibula y la fuerza del sedal tirando hacia la superficie le eran familiares. El conocimiento le daba fuerzas. No habia miedo en su lucha, solo la astuta y calculada determinacion con que se dirigia hacia el puente y la salvacion.

Lo que habia hecho ella entonces debio de parecer una locura. Se llego de un salto junto al cliente y en un simple pero impulsivo movimiento dejo ir casi todo el sedal. Entonces grito: «?Sueltela! ?Sueltela!» El cliente le lanzo una mirada contrariada, pero ella le arrebato la cana de las manos y la arrojo por la borda. Dejo una estela mientras se hundia rapidamente. «Pero ?que demonios…?», empezo el hombre, pero se interrumpio cuando su padrastro viro en direccion a la parte mas apartada del puente.

Su padrastro, arriba en el puente, escudrino la creciente oscuridad hasta que por fin senalo con el dedo. Se volvieron y vieron la cana, que sobresalia a unos veinte metros. Se acercaron y la recogieron del agua, soltando el carrete casi al mismo tiempo. «Ahora saquelo», le dijo ella al cliente. El hombre tiro de la cana y esbozo una sonrisa en cuanto noto el peso del sabalo. El pez, enganchado todavia, salio a la superficie sobresaltado y asombrado al sentir de nuevo el tiron del anzuelo. Daba saltos en busca de oxigeno, el agua negruzca le resbalaba por las escamas y ella sabia que era su ultima batalla, presentia la derrota en cada encorvamiento de la cabeza y en cada espasmo del cuerpo. Diez minutos mas tarde lo arrastraban pegado a la borda. El cliente levanto el pez por el anzuelo y lo saco del agua. Hubo fotografias a raudales y luego ella devolvio el pez al agua, inclinada sobre la cubierta, sosteniendolo para que volviese a la vida. Antes de soltarlo, sin embargo, le arranco una de aquellas escamas plateadas del tamano de una moneda de medio dolar. Se la guardo en el bolsillo de la camisa y se quedo contemplando al pez mientras se alejaba, despacio removiendo su cola en forma de guadana entre las calidas aguas.

«Un pez inteligente -penso-. Un pez fuerte. Pero yo fui mas inteligente y por eso me hice mas fuerte.» Volvio a pensar en Ferguson. «Ya ha picado antes», penso.

El ruido del avion aumento hasta que por fin ceso. Recogio sus cosas y se encamino a la salida.

El capitan de enlace del departamento de policia de Newark le proporciono un par de agentes de paisano para que la acompanaran al apartamento de Ferguson. Tras una breve presentacion y un poco de charla de cortesia, la llevaron a traves de la ciudad hasta la direccion que ella les dio.

Shaeffer miraba aquellas calles que se le antojaban salidas del infierno. Los edificios eran de ladrillo y hormigon oscuro, con un aire sucio e inseguro. Incluso la luz del sol parecia gris. Habia un sinfin de pequenos negocios, tiendas de ropa, bodegas, casas de empeno, tiendas de electrodomesticos, negocios de alquiler de muebles, todos exhibiendo su decrepitud en las sucias aceras. Habia barrotes de acero por doquier: necesidades de la gran ciudad. En las esquinas se veian grupos de hombres ociosos, pandilleros adolescentes o estridentes busconas. Incluso los locales de comida rapida, pese a sus reglamentos de orden e higiene, tenian un aspecto viejo y descuidado, nada que ver con sus homologos de las zonas residenciales. La ciudad parecia un viejo luchador que ha llegado hasta los ultimos asaltos en demasiadas peleas: se tambaleaba pero, inexplicablemente, se mantenia en pie, tal vez por ser demasiado viejo o estupido o testarudo para desplomarse.

– ?Dice que ese tipo estudia, detective? No lo creo. En esta zona, imposible -dijo uno de los agentes, un negro taciturno y con canas en las sienes.

– Eso me dijo su abogado -contesto ella.

– Aqui solo hay una clase de formacion: la de las putas, los chulos, los camellos y los ladrones. No creo que usted le llame estudiar a eso.

– Bueno -tercio su companero, un hombre mas joven de pelo rubio y bigote descuidado que conducia el coche-. Eso no es del todo cierto. Aqui tambien vive gente decente…

– Si -replico su companero-, los que se protegen detras de rejas y barrotes.

– No le haga caso -dijo el rubio-. Esta muy quemado. Ademas, se le ha olvidado decir que el se crio en esta zona y consiguio terminar la escuela nocturna, de modo que no es algo imposible. Quiza su hombre coge el tren de New Brunswick porque estudia en Rutgers. O tal vez estudia de noche en St. Pete's.

– No tiene sentido. ?Por que iba a vivir en este agujero si tuviera otras opciones? -contesto el negro-. Si tuviera dinero no estaria aqui. La unica razon por la que la gente vive aqui es porque no tiene la posibilidad de irse a otra parte.

– Se me ocurre otra razon -dijo el policia joven.

– ?Que razon es esa? -pregunto Shaeffer.

El policia hizo un gesto con el brazo.

– Para esconderse. Tal vez quiera pasar inadvertido. Para eso no hay mejor sitio que Newark. -Senalo un edificio abandonado-. Algunas partes de esta ciudad son como la jungla o las cienagas. Cuando pasamos por delante de un edificio como ese, abandonado, incendiado o lo que sea, no hay manera de saber que hay en su interior. Hay gente que vive ahi sin electricidad, calefaccion y agua. Los rondan las bandas para esconder armas. Joder, pero si hasta podria haber un centenar de cadaveres en esos edificios y nunca los encontrariamos. Ni siquiera sabriamos que los tienen ahi. -Hizo una pausa-. Un sitio perfecto para perderse. ?Quien demonios iba a venir hasta aqui buscando a alguien a menos que fuera imprescindible? -pregunto.

– Creo que yo lo haria -dijo Schaeffer.

– ?Para que quiere a ese hombre? -pregunto el rubio.

– Puede que sepa algo acerca de un caso de doble homicidio.

– ?Cree que nos causara problemas? Tal vez deberiamos pedir refuerzos. ?Tiene que ver con drogas?

– No. Mas bien con un asesinato por encargo.

– ?Seguro? Me refiero a que no quiero llegar y encontrarme con un tio armado con una Uzi y esnifando medio kilo de crack.

– No. En absoluto.

– ?Es un sospechoso?

Vacilo. «?Lo es?»

– No exactamente. Solo queremos hablar con el. Podria serlo o no serlo.

– Esta bien, nos fiaremos de usted. Aunque la idea no me convence. ?Que tiene contra este tipo?

– No mucho.

– Pero si la esperanza de que diga algo que le sirva ante un tribunal, ?no?

– Esa es la idea -asintio Schaeffer.

– A ver si pica.

La ironia del policia la hizo sonreir.

– A ver.

Los dos hombres resoplaron y siguieron conduciendo. Pasaron por delante de un grupo de hombres delante de una tienda de comestibles. Shaeffer intuia que todos los ojos los vigilaban. «Todos saben quienes somos - penso-. Nos identifican en un segundo.» Trato de distinguir las caras que cruzaban por la calle, pero se confundian las unas con las otras.

– Es ahi -dijo el conductor-. A mitad de la manzana.

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