– Hemos oido que paso una temporada entre rejas. Pero nada mas.

– Pero eso no es nada raro aqui, senora mia. Casi todo el mundo pasa una temporada entre rejas -comento la mujer. Miro a su marido-. Y el Senor sabe que quien aun no la ha pasado acabara pasandola. Asi son las cosas por aqui, senora mia.

– ?Como paga el alquiler? -pregunto Shaeffer.

– En metalico. El primero de cada mes. Nunca se ha retrasado.

Tomo nota de ello.

– No tiene nada de extrano. Este no es un bloque de lujo precisamente, por si no se habia dado cuenta.

– ?Lo han visto alguna vez con un cuchillo? Uno de caza. ?Alguna vez han visto alguno en su apartamento?

– No, senora.

– ?Alguna pistola?

– No, senora, yo diria que no. Pero la mayoria de la gente de por aqui tiene un arma escondida en alguna parte.

– ?No recuerda nada de el? ?Nada fuera de lo normal?

– Bueno, aqui no es muy normal perder el tiempo con libros.

Shaeffer asintio y les tendio a marido y mujer sendas tarjetas ornadas con el escudo de la policia del condado de Monroe.

– Si recuerdan algo, por favor llamenme. Estare en este numero el proximo par de dias. -Anoto el numero del motel cercano al aeropuerto donde se alojaba.

Ambos miraron las tarjetas con atencion mientras se marchaba. Ya en el vestibulo, el policia negro se quedo mirandola.

– ?Ha sacado algo en limpio? A mi no me ha parecido que dijeran gran cosa. Ademas, la vieja mintio al decir que no recordaba nada.

– Esa ha recordado algo, puede estar segura -dijo el rubio.

– ?Tambien ustedes lo han notado?

– Por supuesto. Pero no se por que demonios lo ha hecho. Seguramente por nada en especial. ?Usted que cree, detective?

– Ya me gustaria saberlo -contesto-. Ha llegado la hora de ver si nuestro hombre esta en casa.

18

CABEZA DE TURCO

Inspiro aire profunda y lentamente, tratando de controlar su corazon acelerado, y luego llamo a la puerta. El vestibulo estaba a oscuras, a excepcion de una ventana al fondo que dejaba entrar una luz mortecina a traves de la mugre grisacea. No sabia que podia encontrarse. «Un asesino atipico -penso-. Uno de los lados del triangulo. Alguien que estudia pero que de tanto en tanto hace las maletas y se marcha unos dias a alguna parte.» Llamo de nuevo y al poco llego la previsible respuesta:

– ?Quien es?

– Policia.

La palabra revoloteo en el aire ante ella, resonando en el minusculo espacio. Transcurrieron unos segundos.

– ?Que quiere?

– Hacerle unas preguntas. Abra.

– ?Que clase de preguntas?

Podia sentir la presencia del hombre a solo unos centimetros, tras la oscura puerta de madera.

– Abra.

Detras de ella, los dos agentes se pusieron en guardia y retrocedieron un paso, apartandose de la linea de fuego. Ella volvio a llamar a la puerta.

– Policia -repitio. No sabia que hacer si se negaba a abrir.

– Un momento.

No le dio tiempo ni a sentir alivio. Creyo percibir cierto temblor en su voz, cierta reticencia, como un nino pillado con las manos en la masa. «Tal vez esta echando un vistazo al apartamento para asegurarse de que no hay nada incriminatorio a la vista -penso-. ?Pruebas? ?Pruebas de que?»

Se oyeron varios cerrojos y cadenas de seguridad, luego la puerta se abrio lentamente. Andrea Shaeffer quedo cara a cara con Robert Earl Ferguson. Llevaba vaqueros, zapatillas de deporte y una holgada sudadera granate arremangada hasta los codos, le quedaba varias tallas grande y deformaba su silueta. Llevaba la cabeza rapada y la barba bien afeitada. Ella casi retrocedio de estupefaccion; la rabia de aquel hombre casi la habia noqueado. Tenia unos ojos fieros, penetrantes. Dio un paso al frente, asomandose al umbral.

– ?Que quiere? -pregunto-. No he hecho nada.

– Quiero hablar con usted.

– ?Tiene placa?

Se la enseno.

– ?Condado de Monroe? ?Florida?

– Exacto. Me llamo Shaeffer. Investigo un homicidio.

Por un momento creyo apreciar incertidumbre en los ojos de Ferguson, como si se esforzara por recordar algo que le rehuia.

– Eso queda al sur de Miami, ?no? Mas abajo de los Glades.

– Asi es.

– ?Que quiere de mi?

– ?Puedo pasar?

– No hasta que me diga a que ha venido.

Se hizo el silencio y Ferguson parecio aprovechar para observarla bien. Shaeffer advirtio que eran casi de la misma estatura y que el era apenas un poco mas corpulento que ella. Pero tambien le parecio la clase de hombre en quien tamano y fuerza resultan irrelevantes.

– Esta usted muy lejos de casa. -Echo un vistazo a los dos agentes-. ?Y ellos?

– Policia de Nueva Jersey.

– ?Le daba miedo venir sola? -Entorno los ojos de manera desagradable. Los dos policias dieron un paso adelante, amenazadores. Ferguson permanecio en el umbral, con los brazos cruzados.

– Claro que no -contesto Shaeffer, pero su respuesta solo provoco una leve sonrisa.

– Yo no he hecho nada -repitio, esta vez en tono neutro, como un abogado que hablara para dejar constancia.

– Nadie ha dicho lo contrario.

Ferguson sonrio.

– Pero no habria venido desde Monroe hasta este entranable lugar solo para ver mi bonita cara, ?verdad? - Retrocedio un paso-. De acuerdo, pase. Pregunte lo que quiera. No tengo nada que ocultar.

La ultima frase iba dirigida a los dos hombres y fue pronunciada en voz mas alta.

Shaeffer entro en el apartamento. En cuanto paso por delante de el, Ferguson se interpuso entre ella y los dos policias, cerrandoles el paso.

– Eh, maderos, a vosotros no os he invitado -dijo con brusquedad-. Solo ella. A no ser que traigais una orden.

Shaeffer se volvio sobresaltada. Vio como los dos agentes se enervaban. Como todos los policias, no estaban acostumbrados a recibir ordenes de un civil.

– Quitate de en medio -dijo el negro.

– Es ella la que tiene preguntas, o sea que es ella la que entra. Vosotros esperais fuera.

El policia rubio se adelanto, como dispuesto a apartarlo de un empellon, pero luego parecio reconsiderarlo.

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