Shaeffer tercio:

– No pasa nada, yo me ocupo.

Los dos policias asintieron.

– No es el procedimiento habitual -tercio el mayor. Y mirando a Ferguson-: ?Que vas a hacerme, capullo?

Ferguson permanecio impasible.

Shaeffer hizo un discreto gesto de negacion con la mano. Hubo una pausa tensa, y los dos agentes regresaron al vestibulo.

– Muy bien -dijo el policia negro-. Esperaremos aqui. -Se volvio hacia Ferguson-. Me he quedado con tu cara, gilipollas -murmuro-, y yo nunca olvido una cara.

Ferguson lo miro con indiferencia y repuso:

– Yo tampoco.

Empezo a cerrar la puerta, pero el agente rubio alargo el brazo y la aguanto.

– Se queda abierta, ?vale? Asi todos nos ahorraremos problemas.

Ferguson aparto las manos de la puerta.

– Si es lo que quereis… -Se volvio y acompano a Shaeffer al interior del apartamento. Mientras caminaban, dijo-: Todos van de lo mismo. Como los del corredor de la muerte. Se creen muy duros pero no saben lo que es ser duro de verdad.

– ?Usted si lo sabe, senor Ferguson?

– Si, y consiste en saber el cuando y el como. Duro de verdad es el que sabe que la sociedad le ha contagiado una enfermedad terminal, el que sabe que cada aliento se acerca mas al ultimo suspiro. -Se detuvo en la pequena sala-. ?Y usted, detective? ?Usted tambien va de dura?

– Cuando hace falta.

El la observo con una mezcla de desconfianza y socarroneria.

– Sientese -dijo. El se sento en un extremo de un sofa raido.

– Gracias -contesto ella, pero no se sento. Empezo a pasearse lentamente por el cuarto, examinandolo. Habia aprendido a hacerlo asi, a permanecer en pie cuando el otro se sienta. Es algo que pone nervioso a casi todo el mundo y le confiere el papel dominante al interrogador.

El la siguio con la mirada.

– ?Busca algo?

– No.

– Entonces digame que quiere.

Se acerco a una ventana y miro fuera. Vio el coche color frambuesa y la parte inferior del edificio, en el que no parecia haber vida alguna.

– No se ve gran cosa -dijo-. ?Quien querria vivir aqui? Sobre todo si no tiene necesidad de ello.

El no respondio.

– Putas en una esquina. Un camello de crack a media manzana. ?Que mas? Ladrones, pandilleros, yonquis… -Lo miro con dureza-. Asesinos. Y usted.

– Asi es.

– ?Y usted que es, senor Ferguson?

– Soy estudiante.

– ?Hay muchos por aqui?

– No que yo sepa.

– Entonces, ?por que vive aqui?

– Me siento a gusto.

– ?Encaja en este ambiente?

– No he dicho eso.

– ?Entonces?

– Es seguro. -Rio levemente-. Es el lugar mas seguro de la tierra.

– Eso no es una respuesta.

El se encogio de hombros.

– Aqui uno vive encerrado en si mismo, no en contacto con el exterior. Vida interior. Esa es la primera leccion del corredor de la muerte. La primera de tantas. ?Cree que uno olvida lo que aprende alli en cuanto sale? Y ahora digame que quiere.

Ella siguio dando vueltas por el diminuto apartamento. Echo un vistazo al dormitorio: una estrecha cama individual y un solitario mueble desvencijado con cajones de madera, algunas prendas de ropa colgadas en un exiguo armario empotrado en una pared negra. En la cocina habia una pequena nevera, un horno y un fregadero. Varios enseres de cocina desportillados y algunas tazas se apilaban junto al fregadero.

De vuelta en la salita, le llamo la atencion una mesilla de una esquina, con una maquina de escribir portatil y varias cuartillas encima. Junto a ella habia una estanteria de madera barata de pino sin pintar. Se acerco e inspecciono los libros de los anaqueles; enseguida reconocio algunos titulos: un libro sobre medicina forense de un medico de Nueva York retirado, uno sobre las tecnicas de identificacion del FBI publicado por el gobierno, uno sobre el crimen en los medios de comunicacion escrito por un profesor de Columbia. Ella los habia leido durante la instruccion en la academia de policia. Habia muchos otros, todos sobre crimenes e investigaciones, todos bastante usados, adquiridos de segunda mano, sin duda. Saco uno y lo abrio. Algunos pasajes estaban subrayados con rotulador fluorescente.

– ?El subrayado es suyo?

– No. ?Me va a decir de una vez que quiere?

Ella dejo el libro y se fijo en las cuartillas de la mesita. En una de ellas habia varias direcciones, incluida la de Matthew Cowart. Otras de Pachoula y una de un abogado de Tampa. La cogio e hizo un ademan.

– ?Quien es esta gente? -pregunto.

El parecio titubear, pero contesto:

– Tengo que escribir algunas cartas. Son personas que me ayudaron a salir de la prision.

Ella dejo la cuartilla. En la mesa tambien habia varios recortes de periodico. Se agacho y los hojeo. Eran noticias locales y primeras planas. Algunos periodicos eran de Nueva Jersey, otros de Florida. Vio ejemplares del Miami Journal, el Tampa Tribune, el St. Petersburg Times y otros. Cogio un ejemplar del Newark Star-Ledger y leyo un titular: «La familia de la nina desaparecida ofrece una recompensa.»

– ?Le interesa esta clase de noticias? -pregunto.

– Igual que a usted. ?No es asi, detective? Cuando abre un periodico, ?cual es la primera noticia que lee?

Ella no contesto y volvio la vista a los periodicos. En cada pagina habia un articulo sobre algun crimen. Otros titulares empezaron a llamarle la atencion: «La policia encuentra indicios de agresion» y «La policia no tiene pistas sobre el secuestro».

– ?De donde ha sacado estos periodicos?

El la fulmino con la mirada.

– Voy a Florida con cierta frecuencia. A dar charlas en iglesias y en agrupaciones civicas. -Clavo los ojos en los de ella-. Iglesias de negros, agrupaciones de negros. La clase de gente que comprende como puede ser que un inocente de con sus huesos en el corredor de la muerte. La clase de gente que no considera tan raro que los maderos acosen a un negro. La clase de gente que no ve tan extrano que los cabrones de homicidios trinquen a un negro inocente si se ven incapaces de resolver un caso.

Siguio mirandola; ella dejo el periodico sobre los demas.

– Estudio criminologia. «Medios de comunicacion y crimen.» Los miercoles, de cinco y media a siete y media de la tarde. Es una asignatura optativa. Profesor Morin. Por eso tengo tantos periodicos sobre el tema.

Ella volvio a escrutar la mesa.

– Y me van a poner un sobresaliente -anadio, recuperando el tono socarron-. Ahora digame que quiere - insistio.

– Muy bien -dijo ella. La intensidad de su mirada empezaba a incomodarla. Se aparto de la mesa y se puso frente a el.

– ?Cuando ha estado por ultima vez en los cayos de Florida? Cayo Alto, Islamorada, Marathon, cayo Largo…

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