– Sigues sin comprenderlo.

Hablar le costaba cada vez mayores esfuerzos. Se diria que cada palabra le causaba un dolor insufrible.

– No he venido a pedirte ayuda. He venido para obligarte a hacer lo que ellos exigen que se haga antes de devolverme a mi hija. ?Te das cuenta? No para pedirte sino para obligarte. ?Como puedes hablarme de creerte y de fiarme de ti si lo unico que tienes en la cabeza son los problemas analiticos, que tanto te gusta resolver, y lo que tengo yo en la mia es una nina indefensa y asustada, mi unica hija, que crece sin una madre a su lado? No somos aliados, Anastasia, somos enemigos, aunque sabe Dios lo doloroso que me resulta esto. Si te atreves a hacer cualquier minucia que pueda perjudicar a Nadia, buscare el modo de pararte. Para siempre.

Con estas palabras, Lartsev saco la pistola y enseno a Nastia el cargador, en el que no faltaba ni una bala. Nastia comprendio que ese era un indicio de que estaba a punto de perder los estribos, porque la amenazaba con un arma a ella, a su companera de trabajo y, ademas, una mujer. «No hay que hacer que se enfade -penso-. Soy una idiota por hablarle de igual a igual, de companero a companero, como si fuera capaz de razonar con coherencia. Cuando no es mas que un padre desgraciado y enloquecido por la pena.»

– Pero que dices, Volodenka, piensalo tu mismo -le dijo con suavidad-. Si me matas, te meteran en la carcel, y entonces puedes dar por seguro que Nadia ira al orfanato. ?Como crees que lo pasara creciendo sin madre y, encima, sabiendo que su padre es un asesino?

Lartsev clavo la mirada en la cara de Nastia, que se sintio incomoda.

– No me meteran en la carcel. Tambien matare a tu Chistiakov, de modo que nunca nadie sabra que he sido yo. No te quepa duda, soy capaz de hacerlo.

La puerta se entorno quedamente y Liosa asomo la cabeza a la habitacion.

– Oye, a lo mejor os apetece un cafe…

Su mirada se deslizo distraida por el cuerpo de Lartsev y se detuvo de golpe, fija en la pistola asida por una mano estirada junto al costado.

– ?Que es esto? -pregunto perplejo pero en absoluto asustado.

Nunca antes habia visto armas en el apartamento de Nastia.

– Esto es, Liosenka, una pistola de marca Makarov, arma reglamentaria del comandante Lartsev -contesto Nastia, apenas disimulando su irritacion a causa de lo absurdo de la situacion y procurando hablar con la maxima tranquilidad.

No queria asustar a Liosa y al mismo tiempo queria darle a Lartsev una oportunidad de recoger la ligereza de su tono, echarlo todo a broma y salir de ese estado de estupefaccion medio vesanica en que se habia sumergido.

– Y… ?que hace esto aqui?

Nastia poso su mirada en Lartsev, esperando que de un momento a otro dijera algo divertido y con esto aflojara la tension. «Venga ya -le insto mentalmente-, dile a Liosa que me estabas ensenando como hay que coger el arma o que me estabas describiendo con todo lujo de detalles una detencion, sonrie, guardate la pistola, fijate, esta situacion espeluznante te da asco a ti mismo, te repele, pues aqui tienes una puerta abierta, puedes salir con la cabeza alta.»

Pero Lartsev continuaba con esa cara que parecia tallada en piedra, mirando a un punto de la pared por encima de Nastia. Comprendio que el no podia volver atras. «Que diablos le pasa, tal como esta es muy capaz de disparar -penso Nastia desesperada-. Y no tengo la menor gana de morir…»

– Lo que hace esto aqui es demostrarnos que el comandante Lartsev nos esta amenazando -contesto con calma-. Si no obedecemos sus ordenes, nos pegara cuatro tiros. ?Se ajusta mi exposicion de los hechos a la verdad, comandante?

Lartsev inclino la cabeza despacio asintiendo. Nastia tuvo la impresion de que algo se habia estremecido en el fondo de sus ojos. ?O fue solo una imaginacion suya?

– ?Y que tenemos que hacer para que no nos pegue los cuatro tiros? -inquirio Liosa, muy serio y atento, como si no se tratara ni del chantaje ni de la muerte sino de instrucciones sobre el modo de usar correctamente el grifo del fregadero para evitar averias.

– Tenemos que permanecer en casa y no tratar con nadie. Podemos usar el telefono pero solo para hablar de asuntos de poca monta.

– ?Que habra en el mundo mas dulce que la celda carcelaria si la compartes con la mujer amada! -se regocijo Liosa-. ?Y sera por mucho tiempo que se nos concede tamana felicidad?

– Por unos cinco dias. Con cinco dias tendran suficiente, ?verdad, comandante? -le dijo a Lartsev-. ?Les alcanzaran cinco dias a tus amigos para borrar todos los rastros?

De nuevo Nastia creyo ver un movimiento en el fondo de los ojos verdes de Volodya pero esta vez la impresion fue mas clara y comprendio que habia dado con el tono justo, un poco mas y Lartsev despertaria, volveria en si y veria la situacion con serenidad. Pero hasta que eso ocurriese era capaz de disparar en cualquier momento, respondiendo a cualquier gesto, incluso a cualquier sonido extrano, al timbre intempestivo del telefono. Lo mas importante era no apartarse de ese tono que habia encontrado. ?Ojala que Lioska no se descolgara con alguna paparruchada!

– Pero ?podre bajar a comprar el pan? -continuo aclarando las cosas Chistiakov, como si no estuviera rondando un peligro de muerte, sino una mera exigencia de alterar los horarios habituales.

– No podras, Liosenka. No se podra salir del apartamento -le explico Nastia con paciencia sin quitarle la vista de encima a Lartsev.

– ?Ni para sacar la basura?

A veces el profesor Chistiakov daba muestras de una capacidad realmente milagrosa de pedanteria. Mientras que el amigo de juventud de Nastia, el Lioska pelirrojo, desgrenado, despistado y lleno de rarezas, su primer hombre y el ser mas proximo, en ocasiones se mostraba asombrosamente perspicaz e ingenioso.

– La basura si se podra sacar -concedio Nastia magnanima, sin quitarle ojo a Volodya.

«Esta cediendo -penso animandose-, esta cediendo.»

– De todos modos, lo que no entiendo es como podremos sobrevivir sin pan -manifesto Lioska con enojo-. Hoy he hecho la compra, he traido un monton de comida para la fiesta de fin de ano, de manera que podremos aguantar cinco dias pero el pan no nos alcanzara para tanto tiempo. Y, por cierto, leche tampoco. Yo no puedo vivir sin pan y sin leche, quien lo sabra mejor que tu, Nastasia. Pideselo a tu comandante, quiza haga una excepcion, ?eh?

«Se ha pasado -penso ella de prisa-. Hasta este momento Liosa iba por buen camino. Hay que llevar la situacion hasta el absurdo, entonces dejara de parecer tan seria. Pero lo de hacernos una excepcion ha sido una burla sin disimulos. Esperemos que Lartsev no lo tome por donde quema.»

Lartsev miraba a la pared. Nastia miraba a Lartsev. Liosa Chistiakov miraba a Nastia. Y noto como temblaron sus labios, a punto de retorcerse en una mueca de disgusto.

– Esta bien, chicos -dijo Liosa en tono reconciliador, como si nada hubiera ocurrido-. No quiero meterme en vuestros asuntos. Si asi debe ser, bueno, vale, no se hable mas. Vuestro trabajo es tan especial que por mas que lo intente jamas llegare a comprenderlo. Lo unico que os pido es que me expliqueis que tiene que ver con todo esto el arma reglamentaria del comandante Lartsev.

– Tiene que ver -contesto en voz baja Nastia- que el comandante Lartsev me cree una descerebrada y una desalmada. Han secuestrado a su hija y el rescate de la nina depende enteramente de mi…, mejor dicho, de nuestra, conducta. El piensa que puedo hacer algo que resulte perjudicial para la pequena. Piensa que para mi un hijo es un sonido vacio porque no tengo hijos propios y no soy capaz de comprender los sentimientos de un padre. Cree que una nina de once anos me da igual.

La mirada de Liosa se desplazo tensa hacia Lartsev.

– ?Es cierto que piensas todo esto?

Lartsev ni se movio. Estaba al lado de Liosa, de modo que la cara de Nastia, que reflejaba el menor gesto de su visita nocturna, era lo unico que le indicaba a Chistiakov que le ocurria a su companero. Al ver estremecerse las aletas de su nariz y hundirse de pronto sus mejillas haciendo resaltar los pomulos, comprendio que habia llegado el momento algido. Faltaba un ultimo empujon para que Lartsev disparara o volviera en si. Ese empujon debia ser leve, imperceptible pero intachablemente preciso. Y era a el, a Chistiakov, a quien correspondia dar ese empujon. Ahora estaba en el centro de la arena. Toda la sala le estaba mirando y tenia que pronunciar la replica que haria que el publico o bien rompiera a aplaudir por el desenlace efectista de la escena o bien le tirara tomates podridos por haber rematado su actuacion de una manera sosa y aburrida.

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