tetera en el fuego y se sento junto al telefono.

– Su Kamenskaya lo tiene muy mal -le comunico a Gordeyev en voz baja.

– ?Que le pasa? -se alarmo el Bunuelo.

– Primero, esta enferma de verdad. Le recomende muy en serio que ingresara en el hospital, me sobraban motivos para hacerlo.

– ?Que le contesto?

– Se nego en redondo.

– ?Razones?

– La estan vigilando y lo hacen sin el menor disimulo, de la forma mas descarada. Esto es lo segundo. Y tercero, me ha encargado decirle que usted tenia la razon. Queria hacer mucho mas pero no puede porque ha empenado su palabra y tiene que mantenerla.

– La ha empenado, ?a quien?

– Victor Alexeyevich, se lo he repetido todo al pie de la letra. No me ha dicho nada mas.

– Tamara Sergueyevna, ?ha podido formarse alguna impresion personal de la situacion?

– Bueno… Mas o menos. Kamenskaya esta deprimida, angustiada, sabe que la estan vigilando. Creo que se niega a ingresar en el hospital porque se le ha prohibido abandonar la casa so amenaza de causar disgustos a un ser proximo.

– ?Esta sola en el apartamento?

– La acompana un tipo pelirrojo y desgrenado.

– Le conozco, es su marido.

– No es su marido -replico Rachkova, acostumbrada a llamar a las cosas por su nombre.

– Bueno, eso es lo de menos -se desentendio Gordeyev-. Companero. ?Quien la vigila?

– Un jovencito de cara serafica. Esta sentado en una ventana de la escalera, en un rellano.

– ?No ha visto a nadie mas?

– A decir verdad, no se me ocurrio mirar. En este me fije solamente porque subio la escalera para ver quien llamaba a la puerta de Kamenskaya.

– Vaya descaro -observo Victor Alexeyevich.

– Ya se lo he dicho, no se oculta. Me parece que lo hacen para coaccionarla.

– Es muy posible -asintio el coronel reflexionando-. Muchas gracias, Tamara Sergueyevna. No se puede imaginar cuanto ha hecho por mi.

– Como que no, claro que puedo -sonrio Rachkova desde el otro lado del hilo.

Al terminar la conversacion, se giro para apagar el fuego bajo la tetera, que habia empezado a hervir, y vio a su marido, que entraba en la cocina.

– No te he oido llegar, mamita mia -dijo este acercandose y dandole a su mujer un beso en la canosa coronilla.

– Como ibas a oirme, si de nuevo tienes alli a la asamblea de los fanaticos del sello. Un dia nos robaran el piso y tampoco lo oiras, con el jaleo que organizais.

– No es cierto, mami -se ofendio el marido-, no ha habido casi nada de jaleo. ?Vas a quedarte en casa?

– No, me tomare el te y volvere a marcharme, Hoy tengo muchas visitas, hay una nueva epidemia de gripe.

– No me diras que todo el mundo esta con la gripe, ?verdad? -pregunto el esposo, que no reconocia mas que dos diagnosticos, el infarto y el coma insulinico, y consideraba todas las demas dolencias una artimana para escaquearse de las obligaciones laborales-. Seguro que la mitad de tus pacientes lo fingen todo. Con ese tiempo tan asqueroso que hace no les apetece ir a trabajar, asi que te tienen a ti, viejecita mia, arriba y abajo todo el santo dia sin ninguna necesidad.

Tamara Sergueyevna se encogio de hombros en silencio, tomo un trago largo del te abrasador y mordio un buen trozo de un bollo generosamente untado de mantequilla y cubierto con una imponente capa de mermelada de naranja. Desde siempre habia sido una gran amante de las pastas y de los dulces.

– ?Como va tu espalda? -pregunto.

– Duele un poquito pero ya esta mucho mejor.

– ?Tampoco esta tarde dejaras de ir a vuestro conclave filatelico?

– Mami, por favor, muestra un poco de respeto hacia mi inocente aficion -dijo el marido de Tamara Sergueyevna con la sonrisa jugandole en los labios-. Es una ocupacion digna e intelectual. No querras que sucumba a la decadencia, que me de a la bebida y pase los dias enteros jugando al domino en el patio, ?verdad?

– Claro que no -convino la mujer apaciguadora, apurando de un trago el te y masticando apresuradamente el ultimo trozo del bollo-. Ya esta, papi, me voy, puedes ofrecer el te a tus invitados. ?Un beso! -le grito desde el recibidor poniendose el abrigo y abriendo la puerta.

«Canallas», repetia para sus adentros Victor Alexeyevich Gordeyev furioso, mientras se dirigia con desidia, a paso lento, desde la estacion de metro a Petrovka. A pesar de la proximidad del ano nuevo, Moscu estaba llena de humedades que calaban hasta los huesos: lloviznaba y las aceras estaban llenas de charcos. De vez en cuando empezaba a nevar pero la nieve se mezclaba en seguida con el agua y el barro. El cielo estaba gris, plomizo, en total consonancia con el estado de animo del coronel Gordeyev. Caminaba encorvado, con las manos metidas hasta lo mas hondo de los bolsillos del abrigo y la mirada fija en el suelo.

«?Que clavija pudieron haberle apretado a Stasenka? Tuvo que ser algo sencillo pero muy eficaz. Como se dice popularmente, un clavo saca otro clavo. Mientras hacian las cosas de tapadillo, mientras buscaban el modo de asestarle la punalada trapera, Nastia los lidio lo mejor que pudo. Pero ahora se han abalanzado sobre ella sin tapujos y sin disimulos. Por cierto, el dicho popular no termina asi sino que dice: un clavo saca otro clavo, si no, quedan los dos dentro. ?Como sacarlos, pues, de ahi? Ay, ojala supiera que clavija le han apretado a Stasenka.»

Habia otra cosa que no dejaba de preocupar a Victor Alexeyevich. ?Por que habia renunciado Nastia a la ayuda que la doctora Rachkova se brindo a prestarle? Pudo haberla utilizado para remitirle a Gordeyev toda la informacion necesaria, fuese de forma oral o por escrito, el se habria encargado de buscar alguna solucion. ?Por que no lo habia hecho? El Bunuelo conocia a su colaboradora demasiado bien para pensar siquiera que no se le hubiera ocurrido simplemente. Por descontado que no era eso. ?Que, entonces? Gordeyev tenia la sensacion de que este hecho encerraba en si el quid de la cuestion. Nastia, al desaprovechar la visita de la doctora para hacerle llegar una informacion nueva, valiosa e interesante, con esta misma omision queria decirle algo. Pero ?que? ?Que?

De repente, el Bunuelo aligero el paso, se precipito como un huracan por los pasillos de Petrovka, 38, irrumpio en su despacho como un rayo, tiro el abrigo, empapado de la humedad de las calles, sobre la silla situada en un rincon y llamo a su ayudante, Zherejov.

– ?Que hay por aqui? -pregunto jadeante.

– Nada superurgente -contesto Zherejov con calma-. La rutina de siempre. Te he sustituido en la reunion de esta manana. Lesnikov ha terminado con la investigacion de la violacion en el parque Bitsev, el juez de instruccion esta muy contento con el. Seluyanov ha vuelto a darle a la botella, tal vez tenga a bien presentarse por la tarde. Resulta que anteayer se las arreglo para coger el avion e ir a ver a sus hijos y despues de esto, como era de esperar, se encuentra profundamente deprimido. Nos han endosado el asesinato del miembro de la junta directiva del banco Unic, se lo di a Korotkov y Lartsev. Kamenskaya esta enferma. Todos los demas permanecen sanos y salvos, continuan con los casos que ya llevaban. ?Que tal tu muela?

– ?Mi muela? -Gordeyev fruncio el entrecejo desconcertado-. Ah, ya, gracias. Me han puesto arsenico, resulta que tenia el nervio al descubierto.

– ?Que cuentos chinos me estas contando, Victor? -le pregunto Zherejov bajando la voz-. No tienes dolor de muela, no has ido a ningun dentista. ?Desde cuando me mientes?

«Vaya, lo que faltaba, ahora tengo que justificarme delante de Pasha. Dios mio, ?pero que habre hecho para merecer estos castigos, por que tengo que andar todo el tiempo ocultando cosas, mintiendo a diestro y siniestro, mordiendome la lengua a cada paso? ?Por que un ingeniero o un juez de instruccion pueden permitirse ser honrados, francos, sinceros, no mentir sin necesidad y dormir por las noches con el sueno de los justos, y yo no? ?Que oficio es este, maldito de Dios, despreciado por la gente, olvidado por la fortuna! Ay, Pasha, Pashenka, llevas

Вы читаете El Sueno Robado
Добавить отзыв
ВСЕ ОТЗЫВЫ О КНИГЕ В ИЗБРАННОЕ

0

Вы можете отметить интересные вам фрагменты текста, которые будут доступны по уникальной ссылке в адресной строке браузера.

Отметить Добавить цитату